miércoles, 15 de febrero de 2017

Horizontes intencionales (2016)


Horizontes intencionales


I (Horizontes)


La mirada selecciona sectores del espacio-tiempo y explora lo que aparece allí. Las cosas emergen dentro de un horizonte sugerido por los límites de la imagen, pero no se detienen ahí. Por más que veamos una línea de horizonte, sabemos que ese horizonte es circular.

Lo que expande ese horizonte es siempre una anticipación de aquello que no vemos (pero sí suponemos): la circularidad infinita y el retorno de todas las cosas. Hay algunos lugares que tienen un horizonte completo. Uno es el mar, otro es el desierto.

En el desierto estepario las mesetas no se terminan de erosionar. Las barren los vientos y las borra la niebla. El horizonte es continuo. El horizonte no encierra, no indica un adentro o un afuera porque siempre se está alejando. Indica un círculo mágico en el que cualquier lugar es el centro.

Entre tanto el círculo horizontal, el círculo mágico que no se cierra nunca, que no tiene centro y que parece emitido por la sustancia concreta de una luz invernal, esparce rocas. Los pedregales son una señalización del no-centro.  Por eso la gente reubica piedras bajo el amanecer. Sin la piedra, el círculo ya no se expande, se cierra. Comprime en su interior todo el universo estepario y lo transforma en un producto concretamente humano.



II (Piedras)


Las petrificaciones señalan esa centralidad imposible. Una piedra vertical y dos piedras caídas: antigua fogata congelada en el aire azul. Alguien que camina juntando rocas en el desierto. Alguien que encuentra huesos y cuarzo. Alguien que habita sobre  universos superpuestos.

Las piedras y los arboles petrificados indican además un portal en el tiempo. Emergen en (y por el) cruce de temporalidades divergentes. Un presente que se estrella en el pasado y un pasado milenario que se lleva por delante al ahora y al porvenir.

Mirar el rostro de la prehistoria y pisar un submundo calcificado bajo las matas grises.

Pocos reparan sin embargo en que los pedregales insisten en trabajar sobre (o partir del) tiempo. Las piedras son ciudades de líquenes e insectos, el polvo y las hojas las frecuentan, pero en un incesante tránsito. Transitar es otra manera de activar el tiempo.  La superficie mineral es una compacta textura sin poros, difícil pensar que las rocas expresen algún espacio interior. Pero sí. La interioridad mineral no puede sentirse desde el espacio, pero si, otra vez, desde el tiempo. El interior de cada piedra es la historia natural de la tierra, pero también de un grupo de planetas que se mueven desde hace tiempo cerca del sol. Esa historia, larga y peligrosa, por cierto, impide a la cámara del fotógrafo atravesar el rostro de una piedra, retratarla como una presencia activa.



III (Niebla)


...


IV Arboles


Los árboles son entidades individuales y severas. Integran (y producen) un microcosmos activo, una urbanización populosa de insectos, hongos y hojas que nunca cesan de actuar. Los árboles no mencionan el silencio porque no lo necesitan. Son un enjambre de murmullos que no tienen noche, ni sueño ni amanecer.  Viven y activan durante siglos y no se cansan nunca.

Hay una conexión superficial con el árbol cuando se lo usa para frenar el viento.  Así como es superficial cualquier intento de frenar. Árboles, postes y tranqueras no componen un buen paisaje.  Se excluyen mutuamente y la convivencia no es suave.  Árboles y rocas, en cambio, inventan una geografía sobrenatural.

Una columna vegetal comunica dos elementos: tierra y aire, suelo y cielo. Comunican y transforman. Ni aire ni suelo serán los mismos luego de su reconducción a través del árbol. Las raíces transmutan la roca en arena, las hojas deconstruyen la composición del aire, crean agua a partir del oxígeno, diseñan destellos en las gotas de rocío y hacen raras operaciones con las sombras, la luz, el sonido y el color. Una reconversión general del entorno físico, una criatura dinámica que produce arte sin siquiera preguntar. Y la reconversión fundamental, otra vez y siempre: el tiempo de los árboles no es un tiempo normal.  El árbol te precede y reverdecerá sobre cualquier tumba. Pero: cuántas temporalidades diversas anidan en un árbol. El tiempo molecular de los líquenes, el tiempo sideral de las cortezas, el tiempo estacional de las hojas, el tiempo devocional de los insectos que no dejan de trabajar y, en fin, la fugacidad frenética de las aves, que trinan ya incluso antes de aparecer.

Si esto es posible en un árbol individual, consideremos lo que puede hacer un pequeño bosque. Aunque sólo esté compuesto por dos árboles. El poder de reconfigurar el espacio y el tiempo, la luz, la tierra y el aire, es superior al poder del horizonte y tal vez (solo tal vez) equiparable al poder celestial de las nubes.

Retratar un árbol no es como retratar un conjunto de árboles. Cada personalidad, cada adusta presencia arbórea se reproduce abismándose en una espacialidad cavernosa. El campo focal se ve siempre comprometido en toda asamblea de árboles. No hay planos estables, todo se enrosca y fuga hacia el fondo, lo que está adelante preconcibe lo que se escapa hacia atrás. Y a la inversa: el fondo carece de sentido a no ser porque algo emerge en una complicada sucesión de planos.

Por eso: cuando se levanta la noche y solo queda una niebla espesa y difícil de respirar, nubes con olor a quemado desdibujan su profundidad a la vez que emanan desde una sorprende explosión de luz. Entonces, y a partir del movimiento oscilante de la luz, el tiempo vuelve a crear al espacio, resuelto ahora como multitudinaria convivencia de claridad, nube, niebla, movimiento y profundidades sin fin.



V (Nubes)


Muchas temporalidades posibles pero ninguna definitiva es lo que trazan las nubes en su lento deambular. Desplazamiento vaporoso de grandes barcos en el cielo. No se puede fotografiar una nube, no se puede detener un paisaje.

Gracias a las nubes (y no al sol) los paisajes son configuraciones temporales y dinámicas de la luz; un movimiento perpetuo de formas, de colores y de aire tonalizado. Efectos especiales hechos de juegos de aire y de luz. Las nubes, como elementos fundantes del paisaje-luz (paisaje-tiempo) exigen abandonar el tiempo habitual humano, dividido en horas, minutos y segundos. Si se intenta percibir una nube de esta manera, el aburrimiento será infinito y la experiencia perdida será abismal. La respiración exigida es otra, la temporalidad del cielo es contraria a la arritmia agitada del trabajo y del capital. Hay una nueva forma de vida pasando encima del mundo: pero nadie parece capaz de entender.


No se puede fotografiar un paisaje porque no se puede congelarlo en una postal. Las fotos de paisaje mienten. Los paisajes inmóviles son solo una mercantilización de la imagen. Todo se mueve. Hasta lo más lento se mueve. Esa piedra ya no está donde estaba antes, no tiene el mismo color y la está modificando el viento.  Esa sombra ya no está, la otra apareció recién.

La cámara de fotos queda perpleja ante la sutil complejidad del afuera. No bien entró la luz al lente, lo que estaba ya no es y lo que fue ya no será.  Será otra cosa: otro mundo, bajo nuevos soles.


Todo esto asumiendo que incluso la cámara de fotos es un instrumento para operar con el tiempo.  Un tiempo, que, sin embargo, es incapaz de capturar.