miércoles, 15 de febrero de 2017

Narrativas fotográficas del paisaje-luz como temporalidad procesual localizada






El espacio se vuelve más complejo cuando la línea de horizonte desaparece y el universo se repliega sobre sí mismo. Lo mismo ocurre con el tiempo cuando se lo desvincula del reloj. Esto acontece en múltiples escalas que el trabajo de reflexión busca captar, (re)vivir y compartir (exponer).

Por eso el plan de trabajo presupone una importante actividad de fotografiar, videar, grabar e incluso recolectar cosas. A esto se suma el seleccionar, ordenar y bautizar (editar) las huellas de esa actividad para luego hacer algo “mostrable” con ellas. Lo que se pretende mostrar es el proceso de realización del paisaje según se lo vive: como algo que siempre estará más allá de los medios y los dispositivos. Sólo se vivencian ciertas “regiones” de un paisaje. Trabajaré reflexivamente sobre tres de ellas.

La escala panorámica está presente en tanto observación del cielo, fuente primera y última de luz y primer organizador general de la escena. El cielo está transitado por nubes, viento, pájaros, polvo y luz residual. También por gotas de agua, escarcha o vapor. La luz del sol se desplaza sobre ese conglomerado de gas y materia refractante; captar esta voluminosidad requiere: a) lente angular y b) filtros específicos. En ocasiones, el trípode.

Las tomas son en esta escenificación horizontales, y buscan sus áreas siguiendo movimientos panorámicos del fotógrafo y del dispositivo, ambos fijos. Pero la visión desde un punto fijo destruye el paisaje. Las tomas en exposición lenta y los efectos de barrido son en este caso bienvenidos, y deseables. El fuera de foco también es un recurso planificado.

En una escala intermedia adquieren protagonismo plantas, piedras y animales. Los encuadres son medios; la lente, fija, busca captar la profundidad y la definición de los elementos, individualizados como actores en un escenario. Ellos son el paisaje. Es importante fijar al sujeto en su punto de vista, porque es lo que impone el teatro. Esta situación destruye el paisaje nuevamente: lo convierte en un escenario, que es la versión cosificada de la escena, una entidad ficcional en su mutismo inerte. Aun si se movieran todos elementos fotografiados a escala media, la monumentalización del fondo inmóvil destruiría cualquier percepción transformativa.

Las fotografías de escala pequeña, o topologías, (que por lo general aplico a superficies de piedra, nieve, hielo, musgos o agua), requieren nuevamente de un punto observacional muerto, fijo, ficcional; pero el sacrificio de toda vitalidad en el sujeto puede ser recuperado en el vertiginoso abismarse de lo pequeño, que reproduce los grandes panoramas, pero expresados en un espacio barroco, resultado de una inagotable actividad erosiva. La historia de estas erosiones es “mostrable” mediante lentes de aproximación y aciertos en la manera de mantener iluminada la escena. Premisa de la fotografía fenomenológica de paisaje: no usar flash -a menos que se lo pueda mimetizar con un elemento (lumínico) propio del entorno. Una luz fija artificial, como un farol o una vela, son un paisaje humano. Pero el flash es solo un paisaje del fotógrafo –el fotógrafo en su función de dispositivo técnico-  y pertenece a la narración sobre la ejecución de la foto. Sea como sea, la micro topología debe encontrar su “cielo”, su fuente de tiempo-luz.

Todos los lenguajes se presuponen mutuamente. Las muestras de video y de audio, incluso las que registran entes individualmente vivos, son apenas esquemas. Las muestras transitan a través de las fotos, y estas a su vez atraviesan los otros discursos. Un registro pretendidamente neutro de video y audio simultáneos, destruye el paisaje, porque lo somete a las reglas de un solo dispositivo. Se obtiene, si, un paisaje digital. Pero nada más que eso. Cuanto más “sincero” se presenta el dispositivo, más mentiroso se vuelve su resultado. Y viceversa, cuanto más lejana esta la referencia, más precisa se vuelve la vivencia. Por eso el habla sigue protagonizando el contexto de los lenguajes, sin perder ninguna de sus regiones sensibles (sensible, entendido como aquello que “produce” o “tiene” sentido).

A su vez la materialidad, en su presencia desafiante, anula el habla, contradice la referencialidad y se impone como un sentido mudo pero elocuente. No deja de ser un testimonio singular de sí misma, cuya vida en realidad continúa circulando en el conjunto de lo transformativo. La presencia de la piedra, la apacheta, el apilamiento o la topología, reconduce (re-impulsa) la circulación de sentido que atraviesa los demás canales, como lo hace el paisaje con todos elementos a los que transforma.







Macro-angular

Micro –closeup

Plano abierto (panorama)

Plano cerrado (narrativa topológica)

Composición vertical (piedra-montaña)

Composición horizontal (horizontes intencionales): hiperpotencia de las espacialidades posibles.

Exposición (narrativa del tiempo-luz)

Exposición larga (fenomenología  reflexiva de la temporalidad inmanente) - REFLEXION

Exposición corta: materialidad de lo profundo y velocidad del microconflicto bacteriano) – ACCION

Recuperación de la materialidad viviente en la fenomenología-luz: PAISAJE como repliegue de espacios múltiples.