viernes, 16 de junio de 2017

Reflexion 29-01-2015


Sobre el sentido histórico.

La historia es el relato de la conflictividad humana a lo largo del tiempo. Tal vez sea uno de últimos conceptos que nos quedan para poder operativizar una interpretación minimamente coherente de nosotros mismos como especie y como modo de existencia. La historia es un fenómeno intersubjetivo, de carácter social y comunitario, que corresponde a la gestión colectiva de las memorias y de los sentidos.

La crisis de la noción de historia, la falta de referencia, la afasia mental y consecuente confusión de toda autovaloración tiene como uno de sus protagonistas, si no exclusivo, al menos relevante, a la organización socioeconómica que imponen las economías consumistas a gran escala. David Harvey ha señalado en Marx la necesidad de una aceleración de los ciclos de rotación del capital, que, con el fin de incrementar la tasa de ganancia, promueve ciertas modificiaciones en el uso y concepto que se hace del tiempo y del espacio.

En efecto, la llamada “revolución electrónica” que incluye en parte el progresivo dominio del espacio extra planetario, ha modificado la relación material del ser humano con el espacio y con tiempo, “comprimiendo”, como dice Harvey, tanto las distancias espaciales como las diferencias temporales, en movimientos instantáneos de realización inmediata. Piensese tan solo la realización de una transferencia bancaria on line.   El dinero, entendido como valor abstracto, desplaza sus potencialidades de efectivización en el tiempo y en el espacio sin la mediación de ambos. El valor puede así preservarse en su transporte, sin costes de flete, acentuando el incremento del mismo a través de sus rotaciones exponenciales. La expresión “esta a un clic de distancia” resume esta nueva experiencia de lo posible.

Completan este panorama las telecomunicaciones y la cada vez mas eficiente logisitica de transportes. Esta “compresión espacio temporal” facilitada por la revolución digital (tercera etapa de la revolución industrial originada en China en el siglo XI), es una categoría importante, no solo a nivel metodológico, sino porque influye de manera directa en las formas en las que las diferentes culturas van modelando su relación con ambas dimensiones.

Pero lo es también porque se trata de un fenómeno lo suficientemente extendido como para producir planteos en aquellas zonas demográficas donde la tecnología funciona como un muro simbólico, como una exterioridad. Por poner un ejemplo, un habitante que vive según costumbres ancestrales en el fondo de una selva, sabe que la policía militar que patrulla la zona puede localizarlo mediante artilugios tecnológicos. Porque, aunque ausente en la formas de vida actuantes, la tecnología es un dato de la realidad, más cercana o más lejana, y por lo tanto un elemento que problematiza cualquier categoría heredada.





Se puede pensar mucho sobre como repercute la tecnologizacion planetaria en las culturas periféricas o excluidas de dicha tecnologizacion. Pero, de una manera directa o mediada, esta repercute en todas partes. De ahí a que deba ser aceptada sin mas como un modelo o como una necesidad, hay cierta distancia.

Dentro de la cultura infocapitalista, la  digitalización de los intercambios (económicos, simbólicos, afectivos) acompaña una persistente negación de la historia y por lo tanto de la critica genética de las condiciones de vida imperantes. La deshistorización de nuestra cultura es un reclamo que se escucha desde las primeras criticas a la  filosofía hegeliana. El providencialismo racionalista de dicha filosofía de la historia, acompañada por un inocultable plan político cultural que incluia una división geopolítica del trabajo y la producción fue rápidamente detectado en diferentes niveles y aspectos del pensamiento.

Sobre el problema específico de la racionalidad de la historia, Nietzsche se pronunció por una historia sin razón ni programa, donde los grandes acontecimientos eran resueltos bajo la figura de personalidades dotadas de una carga vital tan fuerte que los hacía capaces de modelar la historia a  fuerza de creación e imposición de sentido. Julio Cesar, Napoleon, Dante, Goethe, Schopenhauer, el panteón de la cultura europea entera. Sobre estas personalidades recae, según Nietzsche, cualquier juicio moral e histórico y de la sucesión a lo largo de milenios de estas figuras que forman “una cadena de solidaridades” dependen las esperanzas de empoderamiento de toda la humanidad.

Es irónico y hasta triste comprobar cómo esta temprana formulación antihistoricista, que en la pluma de Nietzsche sugería una critica a las instituciones políticas, jurídicas y especialmente educativas del capitalismo industrialista centroeruropeo del siglo XIX, se avino al poco tiempo a servir de base ideologica al modelo estadounidense de diseño cultural.

En efecto, para las teorías económicas mercantilistas basadas en la idea de intercambio (Adam Smith, v.g.) el principio de una igualdad abstracta entre individuos que intercambian mercancías en un mercado regulado por leyes “naturales”, la historia es una carga tan perjudicial como lo era para Nietzsche. En este caso, se trata de una construcción artificial de mitologías que podrían obstaculizar o desvirtuar la lógica pura de los intercambios comerciales. La historización puede tener usos diversos, pero uno de ellos es el cuestionamiento del presente a través del pasado. En términos nietzscheanos, una “genealogía”.

Para neutralizar lo que, volviendo a una expresión de Nietzsche, podría convertirse en una “historia critica”,  el complejo cultural estadounidense se valió, para la construcción de sus propios mitos, de lo que Nietzsche, otra vez, llamaba “historia monumental”. La historia monumental consiste en considerar el archivo de las memorias sociales y culturales como una biblioteca de ejemplos inspiradores, recursos con los cuales interpretar y tomar decisiones sobre el presente. Esto excluye, en principio, el pensar el pasado como manifestación de un motor oculto, de una razón escondida detrás de las manifestaciones históricas. Un pueblo sin historia debe crear sus mitos, sus modelos, sus héroes, como la imagen del espejo en el que las generaciones pueden mirarse para entenderse a si mismas y construir una subjetividad. El culto a la personalidad, reflejo del culto al individualismo, convierte al pasado en “monumento”, en ejemplo cinematográfico, lo personifica en figuras excepcionales.  Estas figuras expresan la “salud”  o la “enfermedad” de determinado proceso histórico, metáfora biologicista usada por Nietzsche para referirse a la capacidad de creación o destrucción de una persona o de toda una cultura. La historia será una descripción del contexto en el que ciertas fuerzas vitales podrán irrumpir para acentuarlo, promoverlo a un nivel superior, o para debilitarlo mediante minimización de los elementos diferenciales. En este esquema, la igualdad sería un disvalor, algo a evitar mediante la construcción de una cultura definida a partir de sus emergen excepcionales.

Este procedimiento acorta las distancias temporales y espaciales. Evita “el trabajo de la razón”: procura establecer una relación directa, antiintelectualista, anti dialéctica, como diría Deleuze al presentar a Nietzsche, ya que para el pensador alemán la dialectiva es un “síntoma” del debilitamiento de las fuerzas culturales. Una sustitución del valor de creación por el valor de “reproducción”. El elemento creativo del ser humano queda reprimido por el peso dialectico del pensamiento científico, que impone el establecimiento de reglas para casos reiterativos, pero que queda ciego a las excepciones, y por la religión que excluye de manera igualmente normativa aquellos elementos instintivos que no pueden ser reprimidos por una moral de la culpa y que equivalen a las “excepciones” que la ciencia no puede explicar.

De esta forma, la historia tiene diferentes usos pero ninguna necesidad. Buscarle una necesidad es despreciar las capacidades creativas humanas. Quitarle al individuo humano su responsabilidad hermenéutica y desplazarla hacia una voluntad ajena, divina o mecánica, que lo libere del “peligro” que implica hacerse responable de su propia condición. La historia hegeliana, la “enfermedad histórica” instaura una distancia entre la responsabilidad y el hecho. 

Por el contrario y vilviendo al ejemplo de los Estados Unidos, estamos más cerca de un Jefferson, que del contexto histórico de la ilustración y de su recepción en Inglaterra a mediados del siglo XVII. Estamos más cerca de Lincoln que de la guerra civil. Las mediaciones históricas son asi relativizadas. En el contexto contractualista, encubren los procesos históricos y los reformulan en dirección de una discusión sobre valores morales (en el sentido formalista del termino) y sobre cualidades personales que deben remarcar siempre la prioridad del derecho individual por sobre las presiones sociales que surgen de las desigualdades que pudieran producir.

Naturalización de las relaciones de intercambio y deshistorización de la narrativa de la conflictividad se acentúan en el fenómeno de la compresión espacio-temporal. El ejemplo hollywoodense de la representación histórica, siempre inexacta, siempre tendenciosa, siempre falaz, siempre irrespetuosa, ha ofendido inteligencias en diversos continentes y contextos durante todo el siglo XX. Haciendo abuso de aquella frase de Marx donde identificaba la historia burguesa como una “farsa”,  el principio de deshistorización hace del pasado una juguetería inocua, indiferenciada y banal.

En esta misma construcción ideologica  (en el peor de los sentidos de la palabra ideología, aquel que acentua el aspecto de ocultación de realidades mediante la creación de artificios simbólicos) de la no-historia, se entiende que finalmente se desheche el concepto mismo de historia. Lo que se censura con ello no es el final de la historia como juguetería, como recurso comercial de mitos a ser vendidos, sino, tal como explican los presentadores de tal tesis, la historia como “gran relato”. Esto era algo que el contractualismo ingles había dejado en claro desde el comienzo. El gran relato es un mecanismo caro, ineficiente y, en el peor de los casos, da lugar a una crítica… histórica.

El pensamiento europeo que mejor calza con esta interpretación, el llamado “pensamiento posmoderno” señala la complicidad entre el historicismo y los totalitarismos, como si los segundos fuesen consecuencias necesarias del primero. El mismo error lo cometió el maestro de todos estos pensadores, una vez más Nietzsche, cuando postuló, en el mismo trabajo sobre la historia, que aceptar el hecho de que exista una lógica histórica, implica la aceptación sumisa de cualquier forma de poder, ya que todo lo real, como enseñaba Hegel, es a fin de cuentas una exigencia de la razón. La experiencia del “socialismo real” colaboró definitivamente para la entronización de este punto de vista.

Pero ni Hegel ni Marx ni, leído con atención, el propio Nietzsche, era ajenos a las problemáticas que surgían de sus propias investigaciones. Nietzsche veía en la nocion de historia, en sus tres versiones (historia monumental, historia anticuaria e historia critica) usos positivos y usos negativas de ambas. Pero la historia como problema era el hecho de fondo. En el caso de Marx, uno de los filósofos peor leidos de la historia, como enseña Dussel en sus “16 tesis sobre economía política”, basta con recordar que el socialismo era visto como una posibilidad abierta entre otras muchas y no siempre como una “necesidad” histórica. Esta ultima era solo una de sus hipótesis, como se fue descubriendo a medida que salían a luz los textos nunca publicados por el autor, que por otra parte constituyen el 72 por ciento de su obra.

Para una subjetividad formada y aplicada dentro del espacio consumista, llamémoslo “occidental” (lo que dejaría afuera a Japón, paroxismo terminal de esta sociedad consumista), la historia se ha replegado sobre el presente, ha perdido su dimensión, su ritmo y su significación. Esta subjetividad, conectada de manera permanente a los circuitos de transmisión y explotación del capital material y simbolico, no necesita tener una historia, solo necesita un presente, soluciones concretas al capricho del momento. La instantaneidad digital de ese presente, por otra parte, tiene su correlato en la indiferencia con respecto al espacio.  Anulacion de espacio y tiempo son un mismo ideal. Ideal a la medida de un ente abstracto, como el valor financiero, para el cual espacio y tiempo son recursos para generar valor, pero obstáculos para su reproducción.

Esta contradicción inmanente se refleja en el concepto mismo de “globalización”, concepto hermano del “final de la historia”. Siempre que se habla de “globalización” se señala la oposición entre lo global y lo local, y se formula la pregunta en el espejo de los fenómenos de re-territorialización: fundamentalismos, balcanización, resurgimiento de las identidades y reivindicaciones varias de diversidad. En el nivel geopolítico, la confrontación entre el estado nación y el capital transnacional es el origen de la ola de violencia belica que va dando forma al siglo XXI. Los fundamentos islámicos son consecuencia de la destrucción intencional y programada de los estados laicos, en su momento socialistas de medio oriente y su reemplazo por sucursales de las empresas contratistas transnacionales. La dinámica de este reemplazo, guiada por un economicismo absolutista que ni la peor lectura de Lenin podría imaginar, capturó como negocio adicional la venta de material bélico a las insurgencias más irracionales, usándolas como ariete contra los estados islámicos laicos ya mencionados. El ejemplo de Irak es paradigmático.

Ahora bien, también se ha señalado muchas veces que la globalización del capital financiero exige como contraparte la territorialización de las fuentes de valor. Globalizacion del capital, circulatorio, pero localización, forzada, de los cuerpos. La reedicion del concepto medieval de Muralla (Mexico, Israel, España) por no hablar del Muro de Berlin, constituye la determinación material y física de este nuevo encierro de los cuerpos, antes en una fabrica, ahora en un territorio.

La división del trabajo y la gestión del desempleo endémico en un modo de producción económica donde la creación de valor se traslada desde el “trabajo vivo” (Marx) a  la autorreproducción financiera mediante el mecanismo de la deuda, deben lidiar al mismo tiempo con toda forma de violencia, que también se autorreproduce siguiendo una formula inflacionaria.

Se ha dicho que con el  evento de las Torres Gemelas, se ha vuelto a introducir la historia, esto es la conflictividad, en el centro de mismo de la supuesta “globalización”. Aparece el “otro” con sus peores inhumanidades, a cuestionar lo que se creía era el orden natural de la ley de los mercados, el efecto de la tecnología –otra mano invisible operada por la ley natural- y  el desmantelamiento del espacio y del tiempo.

Pero lo que hace crisis con esta situación, no es la nocion de historia, sino la de historia “universal”. La deshistorización propia de la subjetividad consumista, que evalua fines y medios en función de la única categoría temporal cuya existencia no se puede probar, el “presente”, la realización de una configuración actual de poder, es una ilusión óptica, un fenómeno ideologico. Como se dijo al comienzo de esta reflexión: el pasado y el futuro son mas reales que el presente, sin ellos, el presente queda sin explicación y la vida, entendida como economía biológica de la temporalidad (Bergson) se anula a sí misma. En el presente, en el “aquí y ahora” se resuelve en conflicto entre el pasado y el futuro; el pasado “emerge” en el horizonte como algo que ha recibido una interpretación y lo mismo ocurre con el futuro. El “aquí y ahora”, el “estar” del hombre americano originario, son la resolución, la negociación y el resultado de las tres instancias del tiempo. La memoria es la resolución del pasado en el presente. La utopia es la resolución del pasado y el presente en el porvenir. EL presente, aunque lógicamente imposible, es existencialmente ineludible, en cuanto forma de habitar un pasado y un futuro.

La consideración de las complicadas relaciones del tiempo tomadas en su conflictivdad son el contenido de la filosofía de la historia, la cual excede la identificación de la historia como “gran relato”.  Quienes se despiden de la historia de esta manera ignoran que la historia solo fue un “gran relato” a partir de Hegel y hasta Nietzsche. Prolongada por las malas lecturas del marxismo. Fuera de este breve periodo, la historia siguió y seguirá su marcha. No ya como una substancia única dotada de una necesidad divina, sino como entorno de pensamiento y acción.

Se ha dicho por otra parte que la historia fue introducida en occidente por el cristianismo, al reemplazar la visión antigua de una temporalidad circular y cerrada, por la idea de un tiempo progresivo, cuya lógica es la preparación para la llegada del reino de Dios a la tierra. Relato que da sentido a un origen (la creación desde la nada), una caída, un castigo (el trabajo de represión de los instintos) y un final (la llegada del reino de dios). La idea de que la historia tiene un fina (en este mundo o en el otro) se puede vincular con el cristianismo, eximiendo de culpas a Hegel y a Marx, que no habrían sino desarrollado este esquema teológico desde posiciones seculares.

Lo que rompería este circulo, para finalizar, no seria la critica neoliberal-posmoderna de la historia, critica consistente en declarar cancelado el concepto de historia, a fin de instaurar como definitivo el orden actual del mundo (otra manera de formular la fe de Hegel en la necesidad de lo real, aunque de manera axiomática, sin siquiera tomarse el trabajo hegeliano de someterla a una critica racional).

En cambio, tanto la teleología cristiana como las demás, incluida la deportiva y liviana critica posmoderna es dejar de pensar en que la historia tiene una sola lógica universal. La historia siempre fue la “historia de alguien”. Cualquier historia “universal” es una hipostación de una historia particular. Las sociedades y las personas tienen una historia, que por otra parte es un fenómeno social. Gran parte de su energía y su motor tiene que ver con la gestión de las desigualdades, lo cual implica una idea de justicia y por tanto convierte a la historia es una institución normativa. A cada humano, a cada sociedad le toca una historia en suerte. Le toca interpretar los hechos sociales y relacionarlos entre sí, gestionar las memorias, construir categorías a partir de ellas y convertirlas en programas para la acción. Aun cuando el problema crucial ya no sean las desigualdades, en un “pluritiempo” utópico donde el conflicto pase por otro lado o tenga otras urgencias, el carácter plural de las historias deberá encarar el conflicto con su propia pluralidad. La guerra entre diferentes historias suplantará a la guerra actual por la igualdad, que es una guerra por el usufructo de los recursos materiales y por la distribución del valor. Si algún día el ser humano alcanza un nivel aceptable de igualdad, es decir, justicia, es decir, moralidad y de ética en este sentido, se hará en el contexto de la pluralidad de historias y de ordenes temporales. Y será un  conflicto hermenéutico mucho más interesante que el actual, que es un conflicto de origen prehistórico, incluso pre-humano (pensando en las guerras territoriales de gorilas y otros monos que ya peleaban entre si por el acceso a los recursos).