La
historia: la historia interna de cada relato; la historia que organiza los
relatos; la historia que organiza a aquella otra, y así sucesivamente: no suena
verosímil.
Los
relatos que hablamos y que a la vez nos hablan.
Las
voces que nos constituyen, que nos hacen sentir una identidad.
Somos
hablados por nuestro lenguaje. Los términos en los cuales nos pensamos y
creemos conocernos son expresiones ya tan usadas como un baño público.
Construimos
nuestros egos con chatarra lingüística. Somos lo que encontramos.
Horizontes
cada vez mas distantes, más amplios, más borrosos, infinitamente hacia lo no
fundado.
Los
horizontes más amplios acumulan nubes de horizontes hibridados.
Se despliegan
en todas las direcciones, continuamente, en el infinito.
La
interpretación va más allá de la percepción. Tiene mayor alcance. Precede a las
percepciones, las hace posibles.
Las
percepciones, si no fueran ya interpretadas, no serían percepciones: siempre
hay algo más atrás.
Qué es,
en el fondo, aquello que interpreta, en una interpretación. Alguien es el
agente de la acción de interpretar. Alguien es el responsable por la
interpretación del universo que estamos padeciendo. Hay algo que siempre queda
a nuestras espaldas, no importa lo rápido que queramos girar.
Algo o
alguien que nos facilita una interpretación del universo es investido como un
Gran Principio. Estamos hablando de algo muy amplio y expansivo, de un
horizonte cultural.
La
multipicación infinita de horizontes de interpretación se extiende más allá de
las fronteras del pensar: se perpetúa en los reinos de la sinrazón, (que es
ella misma interpretación de interpretaciones).
Donde
hay un hecho interpretativo, se desencadena un abismo de universos que le dan
sentido. Lo humano habita (o está hecho de) esa región del universo que se
llama interpretación.
La
historia tiene un arco de sentidos pasando todo el tiempo sobre sí. Un zodiaco
de figuras infinitas.
La
historia es creadora de sus propios sentidos, de sus propios significados.
No hay
una historia, hay infinitas: cada punto del universo tiene muchas historias.
Como
cualquier forma simbólica, la idea de historia difiere de la historia real:
aquella ve a los hechos como detenidos en el tiempo y por tanto, analizables.
Establece relaciones que pudieron haber sido muy contingentes, apenas casuales
o levemente laterales como hilos conductores de sus metarrelatos históricos. La
historia real es un agrupamiento de micro y
macro relatos infinitos, donde los hechos tienen idéntica cantidad de
interconexiones, unas pocas de las cuales son luego usadas para trazar los
llamados hilos de la historia.
La
multiplicidad histórica se desenvuelve de manera azarosa, sin destino ni
finalidad.
La
historia es múltiple y no tiene singular.
No hay
causas, no hay efectos. Son espejismos en un ínfimo sector.
El
hombre dentro de la historia es puro azar.
Nada
está fijo. Todo se mueve. Y hay muchas cosas.
La
historia no está nunca detenida. Su versión literaria agrupa eventos dispersos
y los pone juntos, como si unos fueran origen de otros y se ordenaran para
perseguir un fin. Su versión filosófica apunta a los mecanismos que promueven
dicho orden u otro alternativo, el funcionamiento de las interpretaciones que
han dado origen a las distintas versiones que tenemos del mundo, de nosotros
mismos y también de nuestro pasado.
El
universo no está en reposo.
Los
universos son infinitos, son simultáneos, yuxtapuestos y reversibles.
El
universo no es universal; no es unívoco, ni volcado en ninguna dirección; todo
lo contrario a lo Uno, desde que está en permanente movimiento de expansión o
contracción, es decir, en permanente cambio. A gran escala ese cambio se
amplifica en verdadera transformación.
La
transformación es tránsito incesante.
La
historia, al igual que la vida, es una forma de administración del tiempo.
La vida
es un estado de la materia en la que el tiempo se vuelve el elemento central.
La
libertad es una parte de la historia: es la parte del relato acerca de un sentimiento humano de enorme y raro
valor.
En el sentimiento de libertad funda un estado
de existencia. Pero es sólo un sentimiento; no hay nada libre ni siquiera en el
más caótico azar.
El
hombre se siente libre cuando experimenta que tiene disponibles varios cursos
de acción, que puede elegir entre ellos, ejercerlos en su vida diaria y volver
atrás si se fallara en la elección.
La
relación entre existencia, historia y libertad es que se pone en juego la
primera a partir de poner en juego a las otras dos.
La
condición de existencia de la libertad está basada en un sentimiento y éste a
su vez en un instinto. Como todos los instintos, la libertad se arroga a sí
misma una interpretación del universo que juegue a su favor. Y como todos los
instintos también se ramificará infinitamente en millones de instintos menores;
instintos que generan capas y más capas de invenciones culturales.
Los
relatos sobre la libertad hablan de una condición de la existencia, la ponen a
prueba y la sacrifican como trofeo ante otros relatos.
Hay
relatos que se relacionan con la existencia a partir del poder y otros que se
relacionan de otras maneras. Hasta hoy han prevalecido los primeros.
Violencia
es el predominio de una interpretación sobre otra.
En un
universo en movimiento toda escultura en el poder es efímera.
Todos
están en la mira de alguien. Todos los discursos son el objetivo de algún otro.
El
universo es esencialmente violento y se agita coextensivamente a la energía que
lo anima.
Todos
los discursos son criticables.
Todo es
mejorable.
No
existe la justicia: en el universo nada es justo o injusto. En el mundo humano
todo es injusto.
La
justicia es un microrrelato dentro de la retórica de la libertad.
Una
convención del comportamiento humano, un manual de instrucciones para la moral.
Es
imposible ser justo: en un universo dinámico no existen puntos de equilibrio,
sectores donde una balanza pueda quedar equilibrada durante dos instantes
sucesivos o simultáneos. Las formas del tiempo se desplazan sin cesar unas
sobre otras.
La
existencia tiene infinitas coordenadas.
La
praxis, ligada a la existencia, es un punto ciego donde las teorias no pueden
ver, no pueden controlar.
Praxis
orientada hacia si misma se vuelve teoria, se vuelve ciencia.
Arte como praxis orientada hacia ...
(¿espejo cóncavo enfocado a la cultura?)
La acción en el arte y la acción en
la filosofía son inaccesibles.
No podemos definir lo que es una acción.
La acción trasmuta el trabajo en
resultado, traslada el orden simbólico al orden de la existencia; conecta (al
menos) dos universos.
El trabajo es el eje de la cultura,
las configuraciones del tema del trabajo son centrales en el universo humano.
No se lo puede despegar de una antropología. El hombre es ante todo trabajo
sobre sí mismo. No existe si no trabaja, como todo animal.
La acción: simbólica y al mismo
tiempo real. Fuerza hermenutica que se expande sobre las cosas. Lugar
impenetrable al pensamiento por donde se filtra lo no pensado. Acto y potencia.
Metáfora de las fuerzas elementales (activas y reactivas). Materialización de
lo simbólico.
La división del trabajo funda las
disciplinas sociales; genera a su alrededor una episteme capaz de conseguir
explicaciones creíbles para muchas cosas.
El trabajo es un punto de acceso
privilegiado a la filosofía; también un punto privilegiado de egreso.