domingo, 17 de junio de 2018

Prologo para una introduccion a la Filosofia del Arte.


Una de las preguntas más difíciles que se hicieron los pensadores de todos los tiempos es qué es el arte. Su dificultad tiene que ver con que cada respuesta posible refleja uno o varios aspectos del arte, pero ninguna lo define en su totalidad.
Eso ocurre porque lo que se trata de definir no se deja, en el fondo, definir. Porque su propia característica es burlar las definiciones, desplazarse de los limites que se le quieran fijar. Las definiciones, como las definiciones científicas, son como cuchillos que cortan aquello que se quiere definir. De esa manera eliminan partes importantes de lo definido, que irán en busca de una nueva definición, muchas veces contrapuesta a la primera.
Si esto pasa con las definiciones en las ciencias exactas, cuyos objetos son definibles con precisión, imaginemos lo que puede pasar con el arte. Al arte no lo podemos definir, como se define una figura geométrica o un concepto de física. Pero lo podemos caracterizar, es decir, describir lo que es más propio, aquello que no comparte con otros fenómenos o, al menos, aquello a través de lo cual lo podemos identificar.
La palabra “arte” es un sustantivo común; esto quiere decir que se refiere a un conjunto de cosas, no a una cosa en particular. La palabra “arte” significa una serie o conjunto de cosas y no algo singular. Más precisamente, “arte” refiere a una propiedad que es común y compartida por todo aquello que llamamos “artístico”.
Esta propiedad, o grupo de propiedades nos darían una caracterización aproximada del universo del arte. Pero a menos que hayamos experimentado el arte y sus efectos sobre nosotros, no podríamos definir de manera abstracta, ni caracterizar con sentido, el significado de la palabra “arte”.
De todas maneras, hay siempre una diferencia entre la palabra y el objeto que esta nombra. Si fueran una misma cosa, el lenguaje consistiría en una serie de fórmulas vacías. El lenguaje, y las palabras, siempre refieren a algo que está fuera de ellas mismas. Por eso, no es lo mismo hablar de la palabra arte, que hablar del arte, real y concreto. Este ultimo solo lo entendemos al experimentarlo. Si alguien viene a describirnos un cuadro que vio en un museo, por mas perfecta que sea su descripción, no vamos a sentir lo mismo que al mirar el cuadro, lo más probable es que no sintamos nada.
Podemos ahora recapitular algunas características del arte: no lo podemos definir y no podemos comprenderlo sin experimentarlo. Nos acercamos, por esta vía negativa, a una característica propia del arte que es su orientación a la emotividad, a la sensibilidad. Incluso cuando los artistas recurren a las matemáticas y a la lógica formal, lo hacen de manera diferente del científico. Utilizan las fórmulas y los algoritmos con el fin de provocar una respuesta emocional en su público.
La orientación a las emociones (psíquicas) y a la sensibilidad (físicas) son propias del arte, pero no exclusivas. Tanto la publicidad como los discursos políticos suelen apelar a las emociones y a la sensibilidad. Y otro tanto ocurre con los deportes, con las pasiones que encienden y que buscan encender, ya que también los deportes están orientados a lo emocional y lo sensible.
La palabra que los antiguos griegos usaban para referirse a las sensaciones es aisthesis. La misma palabra que aparece en el título de este curso. Aisthesis significa literalmente, sensación. Y se usaba con frecuencia al referirse a los cinco sentidos, y en especial a la vista y al oído, ya que en estos se basaban las artes visuales, la música y la poesía. De esta característica sensorial del arte (que no le es exclusiva) deriva la palabra “estética”.
Desde los primeros tiempos de la filosofía griega, el lugar del mundo físico, corporal y sensible fue siempre desvalorado. Siguiendo la matriz cultural egipcia, que separaba tajantemente cuerpo y alma, los filósofos griegos -no asi el pueblo griego- consideraban al cuerpo como una cárcel del alma y a los sentidos un estorbo para el conocimiento verdadero. El cuerpo y las sensaciones estaban vinculados con lo corruptible, lo pasajero, lo que se desgasta y muere. Mientras que el conocimiento, como atributo del alma inmortal, permitía al ser humano trascender su finitud. De ahí proviene la actitud siempre ambivalente de los filósofos antiguos frente al arte, ambigüedad que llega a su punto limite en la filosofía de Platón, como comentaremos en seguida.
En la antigüedad existían otras dos palabras, además de aisthesis, para referirse a lo que hoy llamamos “arte”: techne y poiesis. Los romanos unieron estas dos palabras en una, “ars” de donde viene nuestra palabra “arte”. Pero no significaba lo mismo que ahora. Nuestro lenguaje tiene una historia, y cada palabra que usamos fue variando su significado a lo largo de milenios, según los usos y los contextos.
Entre los griegos, Techne refería a las actividades manuales, desde la alfarería hasta la construcción de barcos. Refería a cierto tipo de saberes prácticos, de orden productivo, pero que exigían al mismo tiempo el conocimiento de los materiales, y las reglas de su combinación. El termino contienen tanto a la habilidad ejecutora como al conocimiento práctico de su articulación. Para los filósofos griegos, la techne era un conocimiento de grado inferior, generalmente aplicado por los esclavos. Del mismo modo, los sentidos, la aisthesis, era para ellos una actividad humana inferior, ligado a lo corporal, y por tanto, a lo degenerativo. En los talleres de arte, la techne era practicada y dominada por los esclavos y maestros de obra. El artista, en cambio, era poseedor del saber teórico, intelectual, de orden superior.  El poeta practicaba la poiesis, que es una actividad creativa, muchas veces vinculada con la presencia de una divinidad.  Las imágenes que surgían en el publico cuando un poeta (rapsoda) recitaba su versión de los poemas de Homero, eran resultado de la poiesis, del “hacer ver” las figuras imaginarias de los dioses y los héroes.
Este hacer ver, relacionado a la poiesis, nos señala dos direcciones: el hacer, relacionado con las acciones humanas, específicamente actividades productivas, entre ellas, el arte. Y el “ver”, que es una capacidad muy valorado en la cultura griega.  A tal punto, que de ella derivan tanto el eidolón, que significaba “imagen” en el sentido de ficción o phantasma, como el Eidos, que es la presencia clara y precisa de un conocimiento intelectual.
Un tercer elemento propio de la estética clásica es el de mimesis, o imitación. El origen de la palabra es el mismo que pervive hoy en la idea de mimo. Actividad dramática, performativa, que se realiza a través del cuerpo. Para Platón la imitación podía ser positiva o negativa. Positiva cuando relata que las cosas bellas imitan a la Idea, abstracta y general, de belleza. Pero la imitación es también lo que hacen los artistas con la realidad. La falsifican al intentar reproducirla y la rebajan al rango de una fábula. Estos dos sentidos de imitación, positivo y negativo, equivalen al doble sentido del Eidos: como idea abstracta y por tanto clara y verdadera, y el sentido de eidolon (de donde proviene ídolo), que es una representación confusa o una falsificación.  En la filosofía de Platón aparecen ambas interpretaciones. En el Ion y en Fedro, prima la apreciación positiva del arte, como vía ascensional de la formación del alma. Pero en la Republica (libros VII y X) se analizan las funciones políticas y pedagógicas del arte en un sentido negativo. Se debe a Aristóteles, sin embargo, el primer tratado completo que enfoca al arte como un tema independiente. La Poética -obra que estuvo “perdida” para occidente durante mas de mil años, estudia la tragedia griega, sus reglas de construcción y los efectos que tiene o debe tener en el público. Por primera vez en la tradición literaria occidental, el arte es mostrado en comparación con otras actividades, tanto practicas -en el sentido ya mencionado de techne- como teóricas, por ejemplo, cuando compara las obras teatrales que representan hechos históricos, con la historia considerada como ciencia de los hechos del pasado. La mimesis es tomada en su sentido positivo por Aristóteles. Y renueva el planteo de que el arte es una forma de conocimiento válida. En efecto, al basarse en un uso metafórico del lenguaje, el arte permite asociar características de diferentes cosas, permitiendo establecer relaciones desconocidas entre los entes que pueblan el mundo.
Tanto en la antigüedad como en la llamada Edad Media, el arte estaba determinado por una doble pertenencia: al mundo de la inteligencia y al mundo de la sensibilidad. Por eso, llamar estética a la reflexión filosófica sobre el arte es atender solo a una de sus dimensiones. Porque tanto la techne, como la poiesis y la mimesis, están regidas por una armonía superior. Esta armonía, derivada de la proporción matemática, daba la regla a la techne y a la poiesis. Los números daban forma al caos de las sensaciones físicas, cuyo orden era extrínseco y provenía del mundo inmaterial de la inteligencia (Nous) región del conocimiento verdadero (episteme).
Nietzsche, en su primer libro, El Origen de la Tragedia en el espíritu de la música (1876) reconstruyó el origen de este dualismo griego a partir de los estilos artísticos de la Grecia Clásica. Según Nietzsche, la cultura griega -y no solo ella- es producto de dos corrientes culturales contrapuestas, cuya articulación ha dado lugar a dos estilos de arte opuestos que conviven en lo que él consideraba el arte griego por excelencia: la tragedia.
Sabemos que las tragedias griegas no eran solamente una exhibición teatral. Sus orígenes estaban en los rituales religiosos y dentro de la sociedad, durante siglos, fue manifestación de los problemas políticos, sociales, históricos culturales y estéticos.  La tragedia era una actividad pública, un evento que convocaba multitudes y cuyas reglas variaban según los partidos políticos que tomaban el poder en cada momento. Nietzsche la estudiaba desde el lado religioso, antropológico y filosófico. No le interesaban tanto los aspectos históricos o políticos, porque para él estos últimos derivaban de los primeros.
Así, señala Nietzsche en este primer libro, el estilo dionisiaco, provenía de los rituales religiosos mas primitivos. Rituales que incluían fiestas, excesos y sacrificios humanos y animales. Representaba la disolución, la falta de forma, el caos original del universo. Sus artes eran la música, la danza, la comedia y pantomima. En las primeras tragedias, el baile y la música tenían más importancia que el argumento. Porque representaban un caos anterior a la aparición de los dioses olímpicos, dioses civilizadores que dan orden a dicho caos primordial. Dionisos, antiguo dios de la tierra, del vino y de la fertilidad, enfrenta a su complemento en el dios de la visión, de la norma, el orden y la inteligencia (Nous), Apolo. El estilo Apolíneo, representa la irrupción del cosmos en el caos mediante la acción de la ley (Nomos, Moira). El estilo apolíneo tendrá su manifestación filosófica en Pitágoras, fundador de una escuela que perdularia milenios y cuyas especialidades serían la matemática, la geometría y la música, como medios de acceso a la divinidad. Apolíneo y dionisiaco son dos tendencias culturales que se unen en el pensamiento griego, pero nunca consiguen fundirse por completo.  Del caos informe original, y del reino normativo de la luz, de la inteligencia y de la ley política, surge la dualidad permanente de la cultura griega y su proyección sobre el lugar del arte en la civilización humana.
Este veloz pasaje por la antigüedad griega nos sirve para identificar viejas ideas sobre el arte que se repiten en todas las épocas, en el contexto de la cultura occidental. En las clases que siguen veremos cómo entendieron al arte el resto de las culturas y cómo lo entendemos -o tratamos de entenderlo-hoy.
Techne, poieisis, mimesis, Eidos, forma, aisthesis, fueron nombrados por los antiguos griegos como características del arte. Todavía hoy las usamos como propias. No son definiciones del arte, son solamente aspectos que tienen que ver con el arte y que desde la antigüedad se piensan junto a él.
No son sin embargo los únicos aspectos. Nos hemos limitado a señalar ciertas características que tienen que ver con la forma de producir arte, de hacer, arte. Orientan sobre sus aspectos manuales, sus aspectos sensitivos, sus aspectos intelectuales y su intención de imitar algo. Aspectos relativos a la producción y a la creación. A estos hay que agregar aspectos que tienen que ver con la recepción, con el publico y con la función del arte en el conjunto de la sociedad.
Con esto queremos decir que hay aspectos internos a la obra y otros que son externos a ella, pero sin los cuales la obra se volvería incomprensible. Las obras de arte no son entidades cerradas, sino el resultado de la combinación consciente de infinidad de significados, que en conjunto conforman lo que llamamos arte. Los aspectos “externos” pueden ser: su importancia pedagógica, como transmisión de la cultura en la formación de los ciudadanos, su carácter de descarga (catarsis) de las tensiones sociales o individuales (como señala Aristóteles en su Poética), y su eficacia política como símbolo del carácter y valores de la sociedad que lo produce (como las colosales estatuas que cada ciudad griega erigía en honor a su dios o diosa tutelar).
Finalmente, desde la antigüedad griega, el arte es pensado junto a la noción de Belleza, como la máxima aspiración. La Belleza era, en la antigüedad, inseparable del Bien y de la Verdad. Esta triada se asociaba, a su vez, a la divinidad. Por lo cual no nos extraña que el arte forme parte de una dinámica ascensional, que conecta el mundo humano con el mundo del más allá.
Así es como ciertas exterioridades del arte limitan y conectan con áreas vecinas que se integran en la riqueza de su pervivencia cultural. El Bien, que es objeto de estudio de la Ética y finalidad de la política, la Verdad, que es objeto de estudio de la filosofía y aspiración inicial de las ciencias, y la divinidad, que es la suma y síntesis de la triada, conecta al arte con la religión.
De hecho, durante toda la Edad Media, el Bien, la Verdad y la Belleza formaban parte de los trascendentales, o atributos constitutivos de Dios. De modo que el arte es así inseparable de la ética, de la política, de la ciencia y de la religión.
La filosofía del arte, incluso cuando no podamos definir estrictamente al arte, tiene como centro de interés este fenómeno complejo que involucra la totalidad de horizontes simbólicos del ser humano.
El filósofo alemán Hans Georg Gadamer, en su libro La actualidad de lo bello (1970), caracteriza al arte como una actividad simbólica, propiedad exclusiva del ser humano, y lo relaciona con el juego y con la fiesta, en un sentido que a los griegos antiguos les resultaría familiar.
Para Gadamer, un símbolo es una imagen (visual, sonora, táctil, etc.) que remite a otra u otras para completar su sentido. Para ello requieren de la mediación de la cultura, que asigna significados convencionales y transmitidos por tradición, a cualquier cosa que se tome como símbolo de otra. El arte procede mediante operaciones simbólicas complejas, (porque cada elemento de la obra actúa como símbolo), en las que la parte individual (el símbolo) debe encontrar su sentido en referencia al horizonte de significados a los que esta refiere. Ese horizonte es referido como una potencial totalidad, a la que la obra de arte apunta, pero nunca consuma. Por eso siempre está abierta a nuevas interpretaciones. Mediante su acción simbólica, el arte establece un campo de significados que exceden la mera descripción del mundo. Este exceso es el que abre el reino de lo posible, amplia la realidad y ubica al artista y al publico por fuera de la vida cotidiana y la rutina diaria. Por eso, dice Gadamer, el arte es juego y es fiesta. Juego, porque se desprende de las obligaciones impuestas por la necesidad de la existencia material. Y fiesta, porque en ese poner en suspenso la realidad ordinaria inaugura un espacio de celebración de las posibilidades de lo imaginario.
Los símbolos son también característicos del pensamiento religioso, y, durante mucho tiempo, también lo fueron del pensamiento científico; sólo se separan de este último a partir del siglo XVI, con el racionalismo moderno. Es la misma época en la que el arte, según los pensadores y los estetas, se separa también de la religión y de las ciencias y se convierte en lo que durante los siglos XVIII, XIX y parte del XX llamábamos arte.  En la actualidad, estos limites han vuelto a fusionarse otra vez.