Una de las preguntas más difíciles que se hicieron los
pensadores de todos los tiempos es qué es
el arte. Su dificultad tiene que ver con que cada respuesta posible refleja
uno o varios aspectos del arte, pero ninguna lo define en su totalidad.
Eso ocurre porque lo que se trata de definir no se deja, en
el fondo, definir. Porque su propia característica es burlar las definiciones,
desplazarse de los limites que se le quieran fijar. Las definiciones, como las
definiciones científicas, son como cuchillos que cortan aquello que se quiere
definir. De esa manera eliminan partes importantes de lo definido, que irán en
busca de una nueva definición, muchas veces contrapuesta a la primera.
Si esto pasa con las definiciones en las ciencias exactas,
cuyos objetos son definibles con precisión, imaginemos lo que puede pasar con
el arte. Al arte no lo podemos definir, como se define una figura geométrica o
un concepto de física. Pero lo podemos caracterizar, es decir, describir lo que
es más propio, aquello que no comparte con otros fenómenos o, al menos, aquello
a través de lo cual lo podemos identificar.
La palabra “arte” es un sustantivo común; esto quiere decir
que se refiere a un conjunto de cosas, no a una cosa en particular. La palabra
“arte” significa una serie o conjunto de cosas y no algo singular. Más
precisamente, “arte” refiere a una propiedad que es común y compartida por todo
aquello que llamamos “artístico”.
Esta propiedad, o grupo de propiedades nos darían una
caracterización aproximada del universo del arte. Pero a menos que hayamos
experimentado el arte y sus efectos sobre nosotros, no podríamos definir de
manera abstracta, ni caracterizar con sentido, el significado de la palabra
“arte”.
De todas maneras, hay siempre una diferencia entre la
palabra y el objeto que esta nombra. Si fueran una misma cosa, el lenguaje
consistiría en una serie de fórmulas vacías. El lenguaje, y las palabras,
siempre refieren a algo que está fuera de ellas mismas. Por eso, no es lo mismo
hablar de la palabra arte, que hablar del arte, real y concreto. Este ultimo
solo lo entendemos al experimentarlo. Si alguien viene a describirnos un cuadro
que vio en un museo, por mas perfecta que sea su descripción, no vamos a sentir
lo mismo que al mirar el cuadro, lo más probable es que no sintamos nada.
Podemos ahora recapitular algunas características del arte:
no lo podemos definir y no podemos comprenderlo sin experimentarlo. Nos
acercamos, por esta vía negativa, a una característica propia del arte que es
su orientación a la emotividad, a la sensibilidad. Incluso cuando los artistas
recurren a las matemáticas y a la lógica formal, lo hacen de manera diferente
del científico. Utilizan las fórmulas y los algoritmos con el fin de provocar
una respuesta emocional en su público.
La orientación a las emociones (psíquicas) y a la
sensibilidad (físicas) son propias del arte, pero no exclusivas. Tanto la publicidad
como los discursos políticos suelen apelar a las emociones y a la sensibilidad.
Y otro tanto ocurre con los deportes, con las pasiones que encienden y que
buscan encender, ya que también los deportes están orientados a lo emocional y
lo sensible.
La palabra que los antiguos griegos usaban para referirse a
las sensaciones es aisthesis. La
misma palabra que aparece en el título de este curso. Aisthesis significa
literalmente, sensación. Y se usaba con frecuencia al referirse a los cinco
sentidos, y en especial a la vista y al oído, ya que en estos se basaban las
artes visuales, la música y la poesía. De esta característica sensorial del
arte (que no le es exclusiva) deriva la palabra “estética”.
Desde los primeros tiempos de la filosofía griega, el lugar
del mundo físico, corporal y sensible fue siempre desvalorado. Siguiendo la
matriz cultural egipcia, que separaba tajantemente cuerpo y alma, los filósofos
griegos -no asi el pueblo griego- consideraban al cuerpo como una cárcel del
alma y a los sentidos un estorbo para el conocimiento verdadero. El cuerpo y
las sensaciones estaban vinculados con lo corruptible, lo pasajero, lo que se
desgasta y muere. Mientras que el conocimiento, como atributo del alma
inmortal, permitía al ser humano trascender su finitud. De ahí proviene la
actitud siempre ambivalente de los filósofos antiguos frente al arte,
ambigüedad que llega a su punto limite en la filosofía de Platón, como
comentaremos en seguida.
En la antigüedad existían otras dos palabras, además de
aisthesis, para referirse a lo que hoy llamamos “arte”: techne y poiesis. Los
romanos unieron estas dos palabras en una, “ars” de donde viene nuestra palabra
“arte”. Pero no significaba lo mismo que ahora. Nuestro lenguaje tiene una
historia, y cada palabra que usamos fue variando su significado a lo largo de
milenios, según los usos y los contextos.
Entre los griegos, Techne refería a las actividades
manuales, desde la alfarería hasta la construcción de barcos. Refería a cierto
tipo de saberes prácticos, de orden productivo, pero que exigían al mismo
tiempo el conocimiento de los materiales, y las reglas de su combinación. El
termino contienen tanto a la habilidad ejecutora como al conocimiento práctico
de su articulación. Para los filósofos griegos, la techne era un conocimiento
de grado inferior, generalmente aplicado por los esclavos. Del mismo modo, los
sentidos, la aisthesis, era para ellos una actividad humana inferior, ligado a
lo corporal, y por tanto, a lo degenerativo. En los talleres de arte, la techne
era practicada y dominada por los esclavos y maestros de obra. El artista, en
cambio, era poseedor del saber teórico, intelectual, de orden superior. El poeta practicaba la poiesis, que es una
actividad creativa, muchas veces vinculada con la presencia de una
divinidad. Las imágenes que surgían en
el publico cuando un poeta (rapsoda) recitaba su versión de los poemas de
Homero, eran resultado de la poiesis, del “hacer ver” las figuras imaginarias
de los dioses y los héroes.
Este hacer ver, relacionado a la poiesis, nos señala dos
direcciones: el hacer, relacionado con las acciones humanas, específicamente
actividades productivas, entre ellas, el arte. Y el “ver”, que es una capacidad
muy valorado en la cultura griega. A tal
punto, que de ella derivan tanto el eidolón, que significaba “imagen” en el
sentido de ficción o phantasma, como el Eidos, que es la presencia clara y
precisa de un conocimiento intelectual.
Un tercer elemento propio de la estética clásica es el de
mimesis, o imitación. El origen de la palabra es el mismo que pervive hoy en la
idea de mimo. Actividad dramática, performativa, que se realiza a través del
cuerpo. Para Platón la imitación podía ser positiva o negativa. Positiva cuando
relata que las cosas bellas imitan a la Idea, abstracta y general, de belleza.
Pero la imitación es también lo que hacen los artistas con la realidad. La
falsifican al intentar reproducirla y la rebajan al rango de una fábula. Estos
dos sentidos de imitación, positivo y negativo, equivalen al doble sentido del
Eidos: como idea abstracta y por tanto clara y verdadera, y el sentido de eidolon (de donde proviene ídolo), que
es una representación confusa o una falsificación. En la filosofía de Platón aparecen ambas
interpretaciones. En el Ion y en Fedro, prima la apreciación positiva del arte,
como vía ascensional de la formación del alma. Pero en la Republica (libros VII
y X) se analizan las funciones políticas y pedagógicas del arte en un sentido
negativo. Se debe a Aristóteles, sin embargo, el primer tratado completo que enfoca
al arte como un tema independiente. La Poética -obra que estuvo “perdida” para
occidente durante mas de mil años, estudia la tragedia griega, sus reglas de
construcción y los efectos que tiene o debe tener en el público. Por primera
vez en la tradición literaria occidental, el arte es mostrado en comparación
con otras actividades, tanto practicas -en el sentido ya mencionado de techne-
como teóricas, por ejemplo, cuando compara las obras teatrales que representan
hechos históricos, con la historia considerada como ciencia de los hechos del
pasado. La mimesis es tomada en su sentido positivo por Aristóteles. Y renueva
el planteo de que el arte es una forma de conocimiento válida. En efecto, al
basarse en un uso metafórico del lenguaje, el arte permite asociar
características de diferentes cosas, permitiendo establecer relaciones
desconocidas entre los entes que pueblan el mundo.
Tanto en la antigüedad como en la llamada Edad Media, el
arte estaba determinado por una doble pertenencia: al mundo de la inteligencia
y al mundo de la sensibilidad. Por eso, llamar estética a la reflexión
filosófica sobre el arte es atender solo a una de sus dimensiones. Porque tanto
la techne, como la poiesis y la mimesis, están regidas por una armonía
superior. Esta armonía, derivada de la proporción matemática, daba la regla a
la techne y a la poiesis. Los números daban forma al caos de las sensaciones
físicas, cuyo orden era extrínseco y provenía del mundo inmaterial de la
inteligencia (Nous) región del conocimiento verdadero (episteme).
Nietzsche, en su primer libro, El Origen de la Tragedia en
el espíritu de la música (1876) reconstruyó el origen de este dualismo
griego a partir de los estilos artísticos de la Grecia Clásica. Según
Nietzsche, la cultura griega -y no solo ella- es producto de dos corrientes
culturales contrapuestas, cuya articulación ha dado lugar a dos estilos de arte
opuestos que conviven en lo que él consideraba el arte griego por excelencia:
la tragedia.
Sabemos que las tragedias griegas no eran solamente una
exhibición teatral. Sus orígenes estaban en los rituales religiosos y dentro de
la sociedad, durante siglos, fue manifestación de los problemas políticos,
sociales, históricos culturales y estéticos.
La tragedia era una actividad pública, un evento que convocaba
multitudes y cuyas reglas variaban según los partidos políticos que tomaban el
poder en cada momento. Nietzsche la estudiaba desde el lado religioso,
antropológico y filosófico. No le interesaban tanto los aspectos históricos o
políticos, porque para él estos últimos derivaban de los primeros.
Así, señala Nietzsche en este primer libro, el estilo
dionisiaco, provenía de los rituales religiosos mas primitivos. Rituales que incluían
fiestas, excesos y sacrificios humanos y animales. Representaba la disolución,
la falta de forma, el caos original del universo. Sus artes eran la música, la
danza, la comedia y pantomima. En las primeras tragedias, el baile y la música
tenían más importancia que el argumento. Porque representaban un caos anterior
a la aparición de los dioses olímpicos, dioses civilizadores que dan orden a
dicho caos primordial. Dionisos, antiguo dios de la tierra, del vino y de la fertilidad,
enfrenta a su complemento en el dios de la visión, de la norma, el orden y la
inteligencia (Nous), Apolo. El estilo Apolíneo, representa la irrupción del
cosmos en el caos mediante la acción de la ley (Nomos, Moira). El estilo
apolíneo tendrá su manifestación filosófica en Pitágoras, fundador de una
escuela que perdularia milenios y cuyas especialidades serían la matemática, la
geometría y la música, como medios de acceso a la divinidad. Apolíneo y dionisiaco son dos tendencias culturales que se unen en el
pensamiento griego, pero nunca consiguen fundirse por completo. Del caos informe original, y del reino
normativo de la luz, de la inteligencia y de la ley política, surge la dualidad
permanente de la cultura griega y su proyección sobre el lugar del arte en la
civilización humana.
Este veloz pasaje por la antigüedad griega nos sirve para
identificar viejas ideas sobre el arte que se repiten en todas las épocas, en
el contexto de la cultura occidental. En las clases que siguen veremos cómo
entendieron al arte el resto de las culturas y cómo lo entendemos -o tratamos
de entenderlo-hoy.
Techne, poieisis, mimesis, Eidos, forma, aisthesis, fueron nombrados por los
antiguos griegos como características del arte. Todavía hoy las usamos como
propias. No son definiciones del arte, son solamente aspectos que tienen que
ver con el arte y que desde la antigüedad se piensan junto a él.
No son sin embargo los únicos aspectos. Nos hemos limitado a
señalar ciertas características que tienen que ver con la forma de producir
arte, de hacer, arte. Orientan sobre sus aspectos manuales, sus aspectos
sensitivos, sus aspectos intelectuales y su intención de imitar algo. Aspectos
relativos a la producción y a la creación. A estos hay que agregar aspectos que
tienen que ver con la recepción, con el publico y con la función del arte en el
conjunto de la sociedad.
Con esto queremos decir que hay aspectos internos a la obra
y otros que son externos a ella, pero sin los cuales la obra se volvería
incomprensible. Las obras de arte no son entidades cerradas, sino el resultado
de la combinación consciente de infinidad de significados, que en conjunto
conforman lo que llamamos arte. Los aspectos “externos” pueden ser: su
importancia pedagógica, como transmisión de la cultura en la formación de los
ciudadanos, su carácter de descarga (catarsis) de las tensiones sociales o
individuales (como señala Aristóteles en su Poética),
y su eficacia política como símbolo del carácter y valores de la sociedad que
lo produce (como las colosales estatuas que cada ciudad griega erigía en honor
a su dios o diosa tutelar).
Finalmente, desde la antigüedad griega, el arte es pensado
junto a la noción de Belleza, como la máxima aspiración. La Belleza era, en la
antigüedad, inseparable del Bien y de la Verdad. Esta triada se asociaba, a su
vez, a la divinidad. Por lo cual no nos extraña que el arte forme parte de una
dinámica ascensional, que conecta el mundo humano con el mundo del más allá.
Así es como ciertas exterioridades del arte limitan y
conectan con áreas vecinas que se integran en la riqueza de su pervivencia
cultural. El Bien, que es objeto de estudio de la Ética y finalidad de la
política, la Verdad, que es objeto de estudio de la filosofía y aspiración
inicial de las ciencias, y la divinidad, que es la suma y síntesis de la triada,
conecta al arte con la religión.
De hecho, durante toda la Edad Media, el Bien, la Verdad y
la Belleza formaban parte de los trascendentales,
o atributos constitutivos de Dios. De modo que el arte es así inseparable de la
ética, de la política, de la ciencia y de la religión.
La filosofía del arte, incluso cuando no podamos definir
estrictamente al arte, tiene como centro de interés este fenómeno complejo que
involucra la totalidad de horizontes simbólicos del ser humano.
El filósofo alemán Hans Georg Gadamer, en su libro La actualidad de lo bello (1970),
caracteriza al arte como una actividad simbólica, propiedad exclusiva del ser
humano, y lo relaciona con el juego y con la fiesta, en un sentido que a los
griegos antiguos les resultaría familiar.
Para Gadamer, un símbolo es una imagen (visual, sonora,
táctil, etc.) que remite a otra u otras para completar su sentido. Para ello
requieren de la mediación de la cultura, que asigna significados convencionales
y transmitidos por tradición, a cualquier cosa que se tome como símbolo de
otra. El arte procede mediante operaciones simbólicas complejas, (porque cada
elemento de la obra actúa como símbolo), en las que la parte individual (el
símbolo) debe encontrar su sentido en referencia al horizonte de significados a
los que esta refiere. Ese horizonte es referido como una potencial totalidad, a
la que la obra de arte apunta, pero nunca consuma. Por eso siempre está abierta
a nuevas interpretaciones. Mediante su acción simbólica, el arte establece un
campo de significados que exceden la mera descripción del mundo. Este exceso es
el que abre el reino de lo posible, amplia la realidad y ubica al artista y al
publico por fuera de la vida cotidiana y la rutina diaria. Por eso, dice
Gadamer, el arte es juego y es fiesta. Juego, porque se desprende de las
obligaciones impuestas por la necesidad de la existencia material. Y fiesta,
porque en ese poner en suspenso la realidad ordinaria inaugura un espacio de
celebración de las posibilidades de lo imaginario.
Los símbolos son también característicos del pensamiento
religioso, y, durante mucho tiempo, también lo fueron del pensamiento
científico; sólo se separan de este último a partir del siglo XVI, con el
racionalismo moderno. Es la misma época en la que el arte, según los pensadores
y los estetas, se separa también de la religión y de las ciencias y se
convierte en lo que durante los siglos XVIII, XIX y parte del XX llamábamos
arte. En la actualidad, estos limites
han vuelto a fusionarse otra vez.