viernes, 16 de junio de 2017

Borrador Sobre la Estética Latinoamericana de R Kusch


Borrador Sobre la Estética Latinoamericana de R Kusch



“La ecuación hombre-espacio como generadora de una cultura típica de lo americano, por cuanto registra lo geográficamente dado” (2012:35)

“… la perturbación de la forma

adquiere la categoría de lo monstruoso

como cosa” (2012:30)



La Estética de Kusch comienza con el antagonismo entre lo formal y lo “tenebroso”. Mientras la forma pertenece al orden de lo intelectual, de lo estable, lo mensurable, su polo opuesto, lo informal o la no-forma se asocia al sustrato vital, atávico, inestable y por ende comunitario[1].

Dos modelos, el agrario y el urbano, se enfrentan en el arte en esta lucha entre lo formal y lo no formal. La forma, que es un término negativo y secundario en sentido lógico, es una respuesta al miedo originario frente a lo amorfo que se presenta también como lo monstruoso. Es la manera de enfrentar o conjurar este miedo lo que separa a las civilizaciones europea y americana y sus respectivas características estéticas.

“Para ello hay que volver al antiguo terror o, mejor, confesar que sólo el terror nos lleva a vivir en el mundo falso de nuestras ciudades” (2012:17)

El miedo a lo amorfo lleva en occidente a crear una espacialidad donde todo lo informe es excluido, una espacialidad centrada en la idea de vacío, un espacio “sin objetos”, euclidiano y abstracto. Lo informe es lo aberrante, lo que debe quedar afuera o someterse a la intelectualización que le permitirá habitar ese espacio artificial.  Mientras que la espacialidad americana responde a un orden topológico, de un espacio poblado por una desmesurada naturaleza geográfica o por una igualmente desmesurada cantidad de dioses y demonios que fundan la espacialidad misma. La manera de representar ese espacio es el arte prehispánico, en el que predomina una “relación funcional” del arte que lo liga a la comunidad y a la naturaleza geográfica. El monumentalismo y la geometrización actúan como pantalla mágica y escritura de conjuro. Lo monstruoso es así conjurado, alejado, pero nunca excluido ya que su acecho es permanente.

La huella que dejó este modo de ser en América y en su arte nunca pudo ser borrada en los 500 años que siguieron a la conquista. Ella repercute en lo político, en lo social, y en lo estético.  Así como en los dos primeros, lo amorfo y lo monstruoso emergen como movimientos sociales y populares, en el arte emerge como expresión, como ritual y como confesión.

El arte se emparenta con la religión y con la verdad. Con la verdad porque “un arte sin verdad es sólo juego” y con la religión, porque para hallar esa verdad, requiere de una confesión, de una descarga del miedo original mediante una reiterada narración de la lucha entre la forma y lo no formado donde lo amorfo, lo tenebroso y lo monstruoso son los vencedores. 

 “Un arte verdadero no puede andar lejos de la verdad si no, no sería arte sino juego. El juego tiende a ser falso, mientras que el arte no puede serlo” (2012:15)

 “Arte y religión tienen entonces en común la confesión de la verdad. Por menos en lo que se refiere al gran arte. Aquel que surge como un compromiso y una necesidad… (2012:16)

Esto es lo que separa al “gran arte” del “arte medio”. El primero es testigo y encarnación del drama originario y de sus miedos primitivos, mientras el segundo se agota en una formalidad abstracta que acaba siendo su propio tema[2]. En América falta un “gran arte” porque falta reconocer el fundamento del arte, su drama de origen y la naturaleza de su desenvolvimiento. Lo mismo ocurre en política cuyos planes se traman a espaldas del auténtico sentir de las clases populares convertidas en “residuo” del programa modernizador.

El doble fracaso, político y estético, del proyecto moderno en América se encuentra en este olvido del “estar” comprometido, por el “querer ser alguien” que imponen las formas urbanas europeas.  Pero en tanto la ciudad americana está entretejida por la migración interna, en su base también anida lo tenebroso. Y anida precisamente en las expresiones populares como el tango y el sainete y en la pintura y escultura de un Libero Badii[3].



Forma, no forma y miedo original

Desde el principio el arte está emparentado con el miedo. Un miedo original ante lo amorfo cuya reacción inmediata es la fuga. El lugar hacia donde se fuga es un refugio artificial llamado forma. La forma es un sistema autorreferencial, que puede tener como significado secundario alguna referencia alegórica a un contenido determinado. La forma es una “predisposición colectiva”. Por tratarse de un fenómeno de la cultura es también un fenómeno de lo social. El miedo es un bien (o un mal) colectivo y la respuesta al mismo también lo será. Ello se expresa en la fuga hacia el reino de lo estable. La forma es una respuesta. Tiene el sello de la negatividad, algo que viene en segundo lugar.

“El arte surge así de un miedo original que cuestiona a lo amorfo su falta de forma. La visión que un artista corriente tiene de lo americano, contiene esa irritación por la ausencia de equilibrio formal. Se refugia de inmediato en esa predisposición colectiva al estrato, a lo formal, a lo estable, llevado por una especie de pánico de que lo que está abajo pudiera destruir lo de arriba” (2012; 20-21)

Otro aspecto de ese miedo primordial a la no forma es el miedo ante la falta de sentido. Lo amorfo en su manifestación ontológica es aquello que preexiste a todas cosas y en su modo antropológico es el signo de la propia finitud del hombre. La vacuidad y sinsentido de las actividades superiores humanas, como el arte, se pone de manifiesto ante el efecto disolutorio de la no forma:

“Se produce por miedo, para conjurar la negra posibilidad de que el arte pudiera no tener ningún sentido como actividad” (2012:21)

Si el origen del arte es el miedo a lo amorfo y a la falta de sentido, su función es configurar y dar sentido a la cultura. Modelar formas que fijen una imagen y un sentido al acontecer imparable del fondo vital que todo lo comprende y todo lo destruye.

El arte tiene su origen no en una dualidad antagónica, como en la unión y lucha de lo finito y lo infinito del romanticismo alemán, sino en una tríada en la que se dibuja desde el comienzo el contorno del hombre: forma, no forma, miedo. Una antropologización de los principios fundamentales que mueven a la naturaleza y al ser humano en su condición de inseparable parte de una totalidad cósmica. La no forma, lo tenebroso y lo monstruoso son el elemento afirmativo, pero también lo es el miedo. Ambos dan lugar a la “respuesta”, ya sea la “fuga” en los formalismos occidentales o la “confesión” mágico-ritual de la respuesta americana.

Esta tríada a su vez tiene su propia estructura interna. Porque la forma no es un elemento primordial sino un segundo momento dentro de la tríada. A la no forma y al miedo, en tensión inicial, le sigue como respuesta la forma y su universo de figuras artificiales y sintéticas: la ciudad. Es el lugar de fuga que la cultura construye para su refugio y que en occidente se manifiesta como un espacio-signo.



El artista y el acto artístico

En la creación artística se pone en juego mucho más que una forma. Se pone en juego la relación misma con el movimiento profundo e incesante del origen. La creación es un acto[4].  Las estéticas “del placer y de la forma” están organizadas en torno a un sujeto especular que “contempla” pasivamente una obra de arte. El sujeto cartesiano se impone como punto cero y referencia obligada de la experiencia artística, reducida a espectáculo de la percepción.

El artista es el protagonista de un proceso que va de la vivencia a la obra. Lo artístico reside en la huella de ese proceso. La transformación de la vida tomada como algo absoluto, en un evento individual que solo cobra sentido en un universo social. Kusch lo compara con el proceso de sacar algo a la luz. En llevar el conocimiento desde lo tenebroso, la vida y la no forma, hasta lo delimitado, visible e identificable. Pero en este proceso de hacerse obra, hay una degradación.

Existe una polaridad, propia del acto artístico, que mantiene juntos y operando al mismo tiempo “la vida como absoluto” y la “obra como cosa incrustada en la sociedad”. El artista reaparece como el actor que, por medio de sus vivencias, actúa sobre lo tenebroso y lo sublime para traerlo al universo de lo social.

El artista, por su parte, forma parte de la sociedad con un rol bien definido: cuestionar a la sociedad en cuanto se ha alejado del sustento que le da sentido, esto es, la percepción de la vida como totalidad. Hay un aspecto subversivo en la acción del artista, una militancia existencial que lo pone en la obligación de hacer estallar las formas impuestas, y de revelar el modo como la tierra se comporta a través de su raigambre con la sociedad.



Gran arte y arte medio

El arte medio comporta de esta manera una fijación del mundo vital por parte del mundo intelectual. Hay una manifiesta violencia por parte del mundo intelectual, una violencia de algún modo ilegítima que se vuelve contra lo tenebroso, una superestructura que oprime el sentido inicial del universo. En un sentido geográfico, esta opresión se ejerce desde occidente, que es el lugar donde las formas han cantado su victoria. Pero en América la resistencia a esa opresión es algo irreductible, algo que hace estallar las formas delimitadas y precisas del arte. Lo tenebroso está siempre operante en América, en las soledades rurales o en los huecos de la ciudad. 

La ilegitima existencia de un arte “medio” genera a su alrededor todo un circuito de circulación dentro del cual la relación del arte con la vida queda reducida a fragmentos. Esto es lo que ocurre con el arte académico, pero también con cualquier forma artística que sujete lo vital a una forma y pretenda hacer de esta última el fundamento de la vida.

El arte genuino, el “gran arte” queda entonces excluido de los círculos donde prima una mirada formalista. Y no encontrando espacio dentro de los límites establecidos por una hegemonía cultural, se repliega sobre formas inmediatas que le son consustanciales. Espacios alternativos donde el gran arte se funde con la expresión popular folclórica y arremete desde allí con su accionar liberador. Kusch señala al tango y al teatro popular como los géneros donde esta supervivencia de lo tenebroso -como lo propio de la vida y lo que representa todo lo indio en nuestra cultura- se expresan en la ciudad



Formalismo

La particularización de lo viviente originario bajo formas definidas parece congelar el movimiento incesante del devenir cósmico. Congelamiento que supone una voluntad de estatismo, de quietud y estabilidad frente a lo inseguro e inestable del momento de la no forma. Puesto como cosa, como objeto, en un espacio exterior que a la vez queda delimitado por la forma y la función de dicho objeto, el movimiento se detiene y el terror se aplaca. 

Encontraremos una reificación del gesto artístico en el concepto de “obra”, que señala en el arte en su papel de artificio, ornamento o adorno de la vida. La obra podrá ser entendida como producto, mercancía u objeto estético. Pero una vez convertida en ello, el fondo del que proviene, el del drama entre la forma, la no forma y el miedo quedarán ocultos y la significación profunda del arte se habrá perdido.

En el arte medio el artista queda desvalorizado frente a la obra, aislado como residuo de un proceso preliminar y transitorio que sólo adquiere sentido en el producto final. La objetivación del miedo a través de la forma ha llegado al punto de anular el elemento humano previsto para su creación. Porque la lucha entre el elemento formal y el informal y el miedo que ella produce anidan en la comunidad.

Pero el hecho es que los artistas se han dedicado al desarrollo de la forma, a la cosificación de los procesos y al área de la producción. La veneración de las formas características del llamado arte moderno, con su pretensión de autonomía política y de vanguardismo social se revela frente a este fondo de lo tenebroso y de lo informe como algo ilegítimo. Ha prevalecido el  miedo y una “estética de fuga” que dejó de lado la vivencia del problema fundamental.

Kusch distingue dos etapas en la falsificación de las estéticas hegemónicas. Primero una etapa en la que hay una vivencia por parte del artista. Pero esta vivencia es algo “prefabricado”, es una vivencia falsa que ha sido inspirada por modelos vistos en otro lugar. De modo que al momento de una apropiación le sigue un momento de (falsa) “inspiración”; la dialéctica de ambos momentos da por resultado el tercer momento, el momento de la producción. Ninguno de los términos de esta operación es legítimo y no puede dar por resultado sino un arte sin vida y sin justificación.



Espacio y monstruosidad

Si se lo piensa al margen y como contestación de la filosofía occidental, el binomio vida/monstruosidad en América podría sugerir no solamente un pesimismo cercano al nihilismo como en el caso del  “espíritu trágico” en Nietzsche, sino una concepción del ser como estar siendo, y un pensamiento germinativo que se separan de cualquier respuesta occidental.

En este y en otros escritos Kusch plantea el problema en términos de estrategias frente al temor. Mientras el europeo enfrenta al espacio natural abstrayendo sus rasgos locales y construyendo coordenadas abstractas y objetivadas dentro de las cuales desarrolla su cultura, la espacialidad indígena se construye sobre una relación de sujeto a sujeto con la naturaleza, sin mediar ese universo de palabras-signo que en occidente sustituye la gravidez de lo fundamental.

Se trata del antagonismo entre el espacio vacío, propio de lo occidental, y el espacio lleno, propio de lo americano. Occidente ha intentado y sigue intentado, “vaciar” el continente americano. Desde las despoblaciones iniciales en la Conqista, hasta la idea de “desierto”, la concepción europea pensó a América como un espacio vacío sobre el que proyectar su futuro.

Con agudeza G. Scheines investigó este tema del espacio americano como "espacio utópico", vacío en primera instancia y, por consiguiente, disponible para ese tipo de experimentos (Scheines, 1991: 31-43). 


Pero el espacio americano es un espacio lleno. Desde su naturaleza desmesurada y cargada de demonios hasta su abigarrada y densa existencia cultural. El vínculo con el suelo, expresado en la relación con la geografía repercutió en las estéticas americanas, primero como conjuración ritual y luego como conflicto cultural. Así, en el mundo antiguo, el monstruosismo constituía una legalidad. No una legalidad formal, que pudiera ser separada de sus manifestaciones naturales, sino una legalidad viviente, con la cual se podría interactuar y a la cual incluso se podría apaciguar.

En América la concepción del espacio es topológica.  Hay un centro, hay 4 direcciones, el plano-mundo se divide en cuatro regiones. Luego hay cielo arriba y tierra abajo. En el medio se hallan el hombre y la mujer, el sol, la luna y el maíz.

El europeo no vive sino una versión muy empobrecida del espacio; no porque no contenga demonios, sino porque ya casi no constituye una amenaza. El arte occidental, en especial a partir de la modernidad, no está construido sobre un espacio real sino sobre una abstracción. Los puntos de contacto que permitieron el surgimiento y desarrollo del arte barroco americano provienen en alguna manera de la intersección de la cultura visual medieval (donde la escala no depende del punto de vista) con la visión indígena de un espacio plano o un espacio-pantalla dentro del que se abigarraban los símbolos conjuratorios siguiendo la lógica barroca del horror vacui.



Sentidos de la estética americana

Un espacio vacío es una abstracción filosófico-matemática. El espacio tridimensional supone una relación mediatizada con el espacio, un espacio que no se toca y que depende de un punto fijo personificado en un sujeto estético, (pero también epistemológico, ético e histórico) que le da sentido a dicho espacio. El arte tiene un origen básicamente ritual. Se ha tomado el arte indígena como hilo conductor para develar qué le falta al arte latinoamericano para descargar el potencial que su relación específica con el existir le confiere.

La vinculación entre lo humano y lo natural, es uno de los aspectos fundamentales de una estética de la monstruosidad indígena. El otro aspecto es la “fuerza expresiva contenida en la monstruosidad”. Hay que preguntarse en qué consiste esta “expresividad”. Expresar significa sacar afuera algo, exteriorizarlo, arrancarlo de la tierra. El desgarramiento de la tierra es algo monstruoso: en ese acontecimiento se exponen sus entrañas para despertar en los humanos la conciencia de su finitud. La expresión de la correlación entre la tierra y lo humano es entonces el sentido de lo monstruoso en el arte indígena[5].

Esta geografía forma parte del “contenido” del arte; pantalla para refractar, mediante conjuros, la monstruosidad amenazante de la naturaleza. 

Hay un esbozo de historia del arte a partir de todo lo anterior: el arte antiguo, comprometido con la tierra y con sus funciones mágicas, inseparable tanto de su espacio geográfico como de su entorno comunitario, fue desplazado al punto que de él sólo se admira lo formal. Su posible valor estético se confunde en un oscuro relato histórico-antropológico que la ciencia occidental inventó para poder comprenderlo sin éxito.

El desplazamiento tuvo lugar por parte de las “formas” occidentales, donde el espacio es una proyección cartesiana y los objetos en él aparecen ubicados en una retícula homogénea y regular. Más allá de la sustitución de los aspectos visuales, lo que se reemplazó fue su funcionalidad. La defensiva pantalla de piedra contra lo tenebroso dejó lugar a las formas occidentales. De mito se transformó en historia, ingresando así a la modernidad.



[1][1] Hay un doble sentido de lo social en Kusch. Por un lado, alude a las formas que la urbanidad occidental para conjurar el miedo a la naturaleza, pero en otro sentido alude a lo subalterno, a las masas populares que actúan como sustrato de ese mundo de formas ciudadanas heredadas de occidente. En este segundo sentido lo social se identifica con lo “comunitario”.
[2] “En general cuando el arte no confiesa, miente, y, por lo tanto, entra en el plano de la diversión. Y la confesión ha de ser de las cosas que vienen desde muy adentro, más allá de la conciencia, de aquel mundo que se halla cerca del germen vital o de que arranca la vida misma” (2012:15)
 
[3]  ¿Una estética expresionista? Si lo importante en el arte es cuestionar las formas y dejar ver el fondo vital, irracional y tenebroso de la naturaleza desgarrada, la propuesta de Kusch se acerca o bien al expresionismo europeo o bien al informalismo americano. Sin embargo, Kusch nombra una sola vez al expresionismo, sugiriendo que lo en él se expresa es la necesidad de reconocimiento del individuo frente a una sociedad cada vez más estructurada. La mediación por parte de la comunidad es lo que falta al expresionismo para ser un “gran arte”.
 
[4]  Kusch sustituye la moderna “experiencia estética”, que fuera el centro de las problemáticas en relación al arte a partir de Kant, por el  “acto artístico”, que lo pone en contacto con el arte de acción de la década del 60. Aquí se combina con un primitivismo mágico-religioso originado en la excepcionalidad de la naturaleza geográfica americana.
[5] Kusch describe, con ejemplos tomados de la literatura, ciertos deslizamientos en el modo como es presentada la naturaleza en autores como Humboldt o Hudson y como aparece en M.A. Asturias. Según esta historia, lo natural americano va emergiendo y reemplazando la forma por el contenido, mientras vemos aparecer en la literatura una naturaleza cada vez más salvaje e impredecible. La realidad espacial, o la naturaleza en su aspecto monstruoso, avanzan sobre la forma en camino a disolverla.