viernes, 16 de junio de 2017

Estetica y decolonialidad -Ponencia


Estetica y decolonialidad -Ponencia



Resumen

De las muchas formas de colonialidad que existen, una de ellas es la colonialidad de la sensibilidad. Así llama Walter Mignolo al proceso que opera durante la modernidad, y que culmina con la doble idea de autonomía del arte y autonomía de la reflexión estética.

La construcción de esta disciplina no sólo es eurocéntrica sino que además se reduce al arte de tres países Francia, Inglaterra y Alemania.  La colonialidad filtra en el arte latinoamericano, que adquiere características racistas por ejemplo en la pintura, mediante el proceso de “blanqueamiento” cromático de la paleta pictórica que comenta Alban Achinte.

En la actualidad, la herencia de esa colonialidad del arte se manifiesta en el modo en que se manejan las instituciones internacionales con respecto al lugar que se le asigna al arte periférico dentro del sistema  global y sus intereses aliados. En este sentido se asignan roles prefijados que impiden la visibilización internacional de operaciones estéticas que no coinciden necesariamente con el modelo impuesto.

Palabras clave:   estética, decolonialidad, arte, bienales, globalización.



Abstract

Into the many forms of coloniality that exists, one of them is the coloniality of sensibility. Thus calls Walter Mignolo the process, operating during the modernity, that ends in the double autonomy of art and aesthetics.

The construction of this discipline is not only eurocentric, also limited to  the art of only three countries: France, England and Germany. The coloniality permeates latin american art in form of racist characteristics as, in painting, the whitening of the color range that comments Alban Achinte.

Today, the legacy of such coloniality in arts is manifested in the way the international institutions manage the place assinged to periferical art in the context of global system. Thus, certain specific roles prefixed attrempt against the visibilisation of aesthetic operations that not fit in the model impossed.



Keywords: aesthetics, decoloniality, art, exhibitions, globalization.




Dentro de la colonización epistémica o colonización de los saberes, se registra una colonización estética[1]. Dicha colonización tiene como objeto no solo a las formas artísticas históricas sino al discurso que desde la filosofía se ha construido sobre ellas.

Ernst Cassirer[2] reconstruye la evolución de las teorías estéticas del siglo XVIII en lo que puede leerse como una celebración eurocéntrica del arte y de las ideas filosóficas que le son afines. En efecto, mientras la modernidad se consolida en el siglo XVIII, la estética busca ocupar un sitio entre el resto de las disciplinas filosoficas y lo hace constituyéndose como filosofía sistemática en las obras de Lessing, Baumgarten y finalmente Kant.  Como disciplina, debe proceder a resolver la tensión entre la multiplicidad de los estilos y los juicios de gusto, y el principio unificador de la razón única, que, al igual que en las ciencias, legisla esa multiplicidad. Las variaciones de lo que abarca ese principio (que en realidad es un sistema de principios) permite hacer una periodización.  De un clasicismo cartesiano que, fijado en la obra poética o pictórica, postulaba una jerarquía muy estricta de los géneros y de lo que era por naturaleza (racional) apropiado a cada uno, se pasó, al finalizar el siglo, a una estética que se preguntaba por lo ilimitado y lo sublime y al acto creador como un más allá de la razón misma (Shaftesbury).  Este movimiento tenía que ver con el enfrentamiento entre los partidarios de estéticas que agrupaban y valoraban obras construídas según “principios” y quienes adherían a estéticas que valoraban la experiencia, la sensación y la variabilidad (lo cual incluía el arte popular y sus múltiples estilos) . Así se repartieron las opiniones geográficamente entre Francia (clásica primero, sensualista después), Inglaterra (empirista) y Alemania (sistemática).

Ni España ni Portugal ni Italia, actores fundamentales en la edificación de la modernidad europea, participan, según Cassirer, de la estética de la Ilustración y mucho menos el resto del mundo. Lo que caracteriza a esta apretada historia de la estética ilustrada es el provincialismo en que se mueven sus desarrollos. El contacto con las estéticas americanas no entra en consideración, como tampoco las orientales.  Hay que esperar a Hegel para que el resto del mundo (Asia y América) se asome circunstancialmente al reino del arte.

Este etnocentrismo de la estética es el marco dentro del cual se produce lo que Mignolo denuncia como colonización de la aistesis (la sensación) por parte de la estética (la reflexión).

El primer paso para esa colonización de la estética consistió en desplazar el objeto discursivo, desde la obra de arte entendida como sistema de reglas (clasicismo) hacia las condiciones de posibilidad de una experiencia estética (Kant). Esta subjetivación del problema del arte reproduce el esquema sujeto-objeto en el que el segundo es una entidad subalterna respecto del primero. Como consecuencia de esto las reglas del hacer artístico se convierten en obstáculos a vencer, antes que en normas que respetar y el sujeto de semejante rebeldía viene a alimentar las teorías del genio y de lo sublime en el romanticismo alemán.

Autonomía de la obra y autonomía de la reflexión fundan el espacio que la modernidad otorga a la Estética. Es un espacio reflexivo en el que las condiciones que hacen posible una experiencia de lo bello en el arte y en la naturaleza cobran independencia del objeto representado, en un proceso que llevará hasta la abstracción completa del contenido en las estéticas de mediados del siglo XX.

Tal y como lo había pronosticado Hegel, en sus lecciones de Estética, el arte tenderá a alejarse progresivamente de su soporte material, para realizarse en la poesía romántica como último paso antes de su disolución en el concepto bajo la forma de religión y de filosofía:

“Se ha quebrado, ya definitivamente, la perfecta armonía entre ambos [la forma y la materia] que era típica del periodo anterior. Ya no hay adecuación porque el espíritu no puede encerrarse en la forma sensible, que es limitada, y busca de nuevo su manifestación en el mundo interior de la conciencia, abandonando el mundo exterior de las formas visibles”[3]

Lo que deja de lado esta operación, no es solo el sistema de reglas con el que el clasicismo definía a la obra, sino la aistesis misma; es decir, el momento en el que el sujeto de la experiencia estética sale de su propia esfera para encontrarse con la sensación, con la afección que un estímulo de determinado tipo produce en el contemplador. El momento de la aistesis aliena al sujeto autocentrado del pensar puro. Lo pone en contacto con aquello que viene a afectarlo, es decir, con la otredad.

Este momento oscuro, desconocido y temible es precisamente el que revelan las artes rituales del universo no-occidental. En el caso de las culturas prehispánicas, pero también en el de las culturas africanas, es el encuentro con la alteridad de lo desconocido en la naturaleza aquello que se invoca desde las variadas manifestaciones artísticas. Es lo que Kusch llama “lo monstruoso como cosa” propio del arte prehispánico primero y latinoamericano después y que el autor ejemplifica con la obra de Libero Badii. Dice Kusch:

“La armonía occidental brota de una coordinación del signo, o sea de la palabra, mas que de la cosa. Baste recordar que primero Descartes y luego Kant dieron un fundamento a la cultura occidental, cuando convirtieron a la ciencia en un problema del sujeto y no de la realidad exterior o del objeto como había sido en Aristóteles. Lo exterior es simplemente noumeno, lo posible y lo técnicamente dominable. De ahí que la cultura occidental sea una cultura sin naturaleza y en este sentido se opone a la cultura indígena. Es una cultura sin compromiso con el mundo exterior, siempre que ese mundo exterior no sea el hombre mismo”[4]

La aistesis constituye el lado salvaje; aquello que debe ser recuperado en la mismidad del concepto (Hegel). Se necesita recuperar de alguna manera aquello que había sido rechazado; por eso a medida que se profundiza el proceso de colonización estética del mundo, aparecen los “retornos” de las formas salvajes en sus variadas versiones: exotismo, indigenismo, etnografía, nomadismo, etc.

Un ejemplo de cómo ingresó la colonialidad de la sensibilidad en América lo da Alban Achinte[5]:  desde el periodo de la conquista existió un proceso de “blanqueamiento” estético programado, a partir del cual el arte funcionó como una pedagogía colonial desde la cual se impusieron valores y jerarquías. En ese sentido, el espacio y el tiempo actuaron como categorías de colonización de las conciencias. En el caso del tiempo, la diferencia entre la contemporaneidad de la modernidad y la temporalidad de las culturas oprimidas generó una convivencia en el espacio disociada de una convivencia en el tiempo[6]. Quiebre epistemológico aprovechado una vez más por el opresor para generar una inferiorización de aquellos que “se quedaron en el pasado” frente al progreso imparable de la racionalidad occidental.

En el caso del espacio como lugar de re-presentación, Alban Achinte[7] hace referencia a la manera como la colonización actuó en relación a la autorepresentacion del oprimido:

“… se configuró todo un sistema de representación de esos otros pintados con el pincel del colono, a imagen y semejanza de su retina y de esta forma impidiendo, o tratando al menos por todos los medios de impedir, que ese otro pudiera re-presentarse a sí mismo. En esta medida la imagen del otro construida, negó la posibilidad de configurar una mismidad del sujeto colonizado, a esto Fanon (1974) lo denominó “imposibilidad ontológica”, en tanto y en cuanto ese otro se apropiaba de la representación que de él se hacía, asumiéndola como su propia re-presentación”.

La estética decolonial pone énfasis en este hecho colonizador y lo señala desde el amplio yacimiento de los procedimientos artísticos. La historia mundial del arte es la “materia” discursiva para modelar nuevas maneras de señalar la colonialidad.

Semejante situación exige que se tenga una imagen clara de lo que es, en propiedad, una estética colonizada. Es ir más allá de describir las influencias europeas en el arte del resto del mundo. Es mostrar sus usos pedagógicos, discursivos y disciplinarios en la tarea de imponer la cosmovisión occidental.

En otro lugar[8] se explcó cómo cierta liberación de la aistesis animó a los procesos artísticos que tuvieron lugar entre 1958 y 1968 en el arte argentino, desde el informalismo hasta el “conceptualismo” político y cómo estos procesos incluyeron una fuerte revisión de lo que el concepto de estética había formulado tradicionalmente como arte, espectador, obra y experiencia. Allí se hacía mención de lo político como marca regional innegable de un arte que denunciaba el centralismo geopolítico de las artes y los discursos y señalaba, con diferentes niveles de explicitación, el colonialismo en sus aspectos culturales (por ejemplo, en la obra temprana de León Ferrari).

¿Cómo se da, hoy en día, la colonización estética? ¿Cuál es la manera actual de negar la pluralidad de la aistesis e imponer la narratividad univoca en la era de un arte sin límites?

Cuando Mignolo ejemplifica con casos del arte contemporáneo lo que es para él una estética decolonial, lo hace señalando varios artistas cuya condición de migrantes los pone en una situación fuertemente intercultural[9]. Nomadismo, colonialidad e interculturalidad son las claves para develar cómo, tras la liberación de la aistesis en las estéticas informalistas del siglo XX, el siglo actual desmonta explícitamente las formas geoculturales en las que esa colonialidad se sigue manifestando en los ámbitos de circulación de los discursos artísticos.

 Dice la crítica chilena Nelly Richard:

“El multiculturalismo ha estimulado un creciente proceso de sociologización y antropologización del arte que insiste más en la politización de los contenidos que en la autorreflexividad critica de la forma”[10].

Explorar el lenguaje artístico como forma no narrativa de expresión –dimensión donde se fundan las nociones modernas de “calidad” y “valor” de una obra- es tarea propia de la función-centro, mientras que dar testimonio de manera documental, operación sobre el contenido, es la especificidad que se espera de todo arte de las periferias.

Aportes importantes de la teoría posmoderna[11] han sido el haber impulsado desde los márgenes y lo periférico una crítica de las nociones de “calidad” y “valor”, denunciando ambos pilares del arte moderno como nociones históricamente determinadas y al mismo tiempo atravesadas por antagonismos de clase, genero, raza y país entre otros.  Así, por ejemplo, la crítica feminista y la teoría decolonial han ampliado los marcos de la estética hacia lo que Richard llama un “materialismo cultural”. Materialismo cultural significa tematizar el contexto, es decir, la localidad, el lugar de enunciación y las particularidades histórico culturales; en una palabra, el valor situacional del discurso artístico. Lejos de ser esto una invitación a la libre manifestación de las diferencias, al imponerse esta división como un canon, los discursos y las prácticas se unifican dentro una sola matriz.

Richard habla de una “violencia representacional” mediante la cual la universalidad de la estética impone un discurso único que tiende a borrar diferencias y exclusiones. A ella opone una serie de luchas interpretativas que, moviéndose en las periferias, procuran desmontar el canon modernista occidental.

Estos desplazamientos han forzado a las instituciones que promueven y gestionan la circulación de discursos artísticos a desarrollar dichas contextualidades ampliando las fronteras del arte. Pero al mismo tiempo constituyen un nuevo canon normativo estableciendo límites y roles fijos. Esto en el contexto de una geopolítica[12] de la producción artística que vuelve a ser centralizada por los ejes hegemónicos occidentales.

En la nueva “división del trabajo” corresponde a las producciones artísticas occidentales las operaciones de significado sobre lo formal, la indagación sobre los aspectos tradicionalmente considerados como “estéticos” de la producción, mientras que a las creaciones provenientes de las diversas periferias les toca el aspecto del contenido, de la documentación y de la etnografía. Ese es el criterio que alientan las políticas curatoriales en su clave de neocolonialidad de la estética.

Aparece en este punto un lugar de fricción con la tesis de la “liberación de la aistesis” reseñada más arriba. En efecto, si corresponde a dicha liberación la revalorización de lo “real”, lo “sensible”, la “inmediatez” de las voces, es precisamente eso lo que exigen ahora los mercados internacionales del arte. Es más, se trata de un procedimiento de primitivización del otro, algo que busca ubicarlo de este modo en un lugar de subordinación dentro de las prácticas enunciativas.

La pregunta radica entonces en cómo producir una liberación de la aistesis sin ceder a la folklorización o a la simple documentalización de la situación colonial.

Para aclarar esta cuestión conviene revisar algunos aspectos:

1.      La colonialidad es un reverso de la modernidad, pero la modernidad devino posmoderna; desplazó las fronteras del arte desde la forma hacia los contenidos, desde los centros hacia las periferias, pero no alteró la estructura ni la relación de desigualdad entre ambos.

2.      Pese al descentramiento y puesta en duda de la racionalidad, occidente mantiene sus prácticas monopólicas y normativas en la gestión de los discursos.

3.      Por eso podemos hablar de una nueva colonialidad, cuyo aspecto más relevante en el arte es la diferenciación epistémica en cuanto a la función que este debe cumplir según sea su procedencia.

4.      Debe admitirse que las tendencias artísticas decoloniales sólo son posibles porque existe una situación real de colonización; en este sentido, una profunda decolonización del arte implicará un momento crítico en el que el contenido de las estéticas decoloniales habrá de centrarse en el develamiento de las operaciones que los mercados transnacionales realizan en su accionar monopólico sobre el flujo de las prácticas y discursos artísticos.

5.      Antes que la denuncia, el desvelamiento o la documentalización etnográfica, las estéticas decoloniales deben operar sobre las formas bajo las cuales aparecen colonizadas las prácticas de producción, circulación y visibilización del arte.

6.      Por eso el re-tematizar la anteriormente aludida “división del trabajo” es un aspecto fundamental.

Nelly Richard propone al respecto rechazar los binarismos simplificadores como forma/contenido o centro/periferia. De hecho las obras de arte más relevantes aúnan en su complejidad ambos aspectos: las “políticas de significado” y las “poéticas del significante”. En el caso específico del arte latinoamericano, se trata de recurrir a “la ubicuidad y oblicuidad del margen en su doble capacidad de desplazamiento y emplazamiento tácticos”. Es decir, aprovechar esa situación liminal para reaccionar ante la coyuntura de los debates internacionales. Una actitud madura de la crítica latinoamericana sería la de acentuar un aspecto u otro de la producción, evitando que lo latinoamericano se convierta en una categoría pasiva: “una diferencia que toma la iniciativa de formularse a sí misma como un acto de enunciación  y que al hacerlo se revela contra los sistemas de categorías y funciones preestablecidas”. Así, la crítica latinoamericana puede elegir entre “sobreactuar lo estético o bien, inversamente, lo político-social”. Es decir que “en algunas circunstancias, la crítica latinoamericana puede apelar a la diversidad del contexto como un argumento político en contra de cualquier idealismo del valor universal. En otras circunstancias puede reivindicar lo contrario: el derecho textualista a ejercer un necesario deconstructivismo de la representación que critique el naturalismo de lo latinoamericano con el que el arte internacional trata al “contexto” cuando de periferia se trata[13]”.

Garcia Canclini[14] (2008) señala al respecto las relaciones entre globalización, nomadismo y traducción.  El correlato estético de la era de la transnacionalización del arte operada por el sistema de bienales, museos y galerías en el contexto de la globalización ha sido el concepto de lo nómade[15]. Se trata de estéticas que buscan ser testimonio de la experiencia de producción en contextos globalizados, donde la desterritorializacion de los discursos y las prácticas ocupan un lugar destacado. Esto significa reconstruir la experiencia del vivir y crear más allá de las fronteras nacionales, en un circuito que mueve las nostalgias, las fricciones y los encuentros en una exterioridad que replantea los lazos de pertenencia y origen. Así, lo que en un primer momento se vivía como una expansión de las fronteras del arte, acabó por convertirse en un “duelo” (Ranciere) por las pertenencias perdidas. Se puede decir, con Hal Foster que el retorno de lo real se produce como experiencia de lo incomunicable.

Es un hecho que no recibe el mismo tratamiento el nomadismo según este sea visto desde el centro o desde la periferia. En el primer caso, la función nómade es aceptada como un orden natural de la globalización de la civilización euro-norteamericana, en vistas a una universalización impuesta por el modelo económico y cultural vigente. En el segundo caso, se exige del nómade periférico la carta de residente y el testimonio de su lugar de procedencia como parámetro para ser aceptado en los circuitos internacionales de exhibición. Así ha ocurrido, dice Canclini, en la muestra de Arco 2005 con los artistas mexicanos, donde la selección tuvo en cuenta ante todo el aspecto testimonial de las producciones. 

El segundo eje tiene que ver con la diferencia entre lo que se postula como hecho (el nomadismo) y las realidades concretas del arte. Si bien es cierto que existe un mainstream multicultural y posmoderno que declara que todo artista es nómade y vive inserto en un mundo globalizado donde las pertenencias culturales de origen se borran y desplazan, también es cierto que  los circuitos globales son poderosos pero no abarcan todo, la problemática migratoria crece y apela con fuerza a los imaginarios, pero en muchas regiones las identificaciones étnicas, nacionales o simplemente locales siguen siendo significativas” [16]. Las mismas adquieren evidencia en las bienales programadas en los países periféricos, como por ejemplo la emblemática bienal de la Habana, la bieal del Mercosur o la bienal de Montevideo.

En este contexto cabe preguntarse por el peso relativo de los discursos respectivos de artistas, curadores y críticos. Existe en el arte contemporáneo una tensión discursiva, donde no está claro si la voz que más se escucha en cualquier dispositivo de exhibición es la del artista, la del crítico o la de los curadores. El lugar de enunciación suele variar y las intenciones originales de los artistas suelen ser desplazadas para encajar en el relato que las instituciones patrocinantes hacen de él.

El lugar del crítico suele ser el de traductor. Traductor de una traducción previa ya que la primera transliteración la hace el artista con su obra. En este sentido, si la traducción es una operación que pone en duda la fijeza del lenguaje y la rigidez de sus formas, todo arte implica, en cierto modo, a la interculturalidad. Pero el papel articulatorio del crítico está a su vez supeditado al discurso institucional que impone la tesis curatorial, a su vez ampliamente influida por intereses comerciales, turísticos, inmobiliarios e incluso políticos. Como estos territorios del poder material son también territorios apropiados por las prácticas artísticas y materias primas de las narraciones que emergen a través de las obras, las variables tienden a confundirse produciendo amalgamas conflictivas de limites no siempre claros.

A esto ha llevado, entre otras cosas, la pérdida de la otrora venerable autonomía del arte, proceso operado simultáneamente desde el arte mismo (a partir, por ejemplo, de Duchamp) y desde el contexto institucional. De modo que desde el lado de las relaciones materiales de poder asistimos a un desplazamiento del sujeto de enunciación, que se aparta de la autonomía del artista para recaer en el sujeto institucional. Lo cual le adscribe a este último el poder sobre la visibilidad de lo que es comúnmente presentado y exhibido como arte. Y esto mismo es lo que se manifiesta en la expresión colonial del arte, donde el centro de decisión y sujeto (usurpado) de enunciación coincide geopolíticamente con el centro de decisiones comerciales y culturales a gran escala. Un centro desplazado tal vez en lo que hace a la localización espacial, pero perfectamente radicado en su función-centro dentro de la repartición territorial (en sentido amplio) del mundo.



Bibliografia



Alban Achinte, R (2010) “Pedagogías de la re existencia. Artistas indígenas y afrocolombianos”, en Walsh, C. (ed) Pedagogías Decoloniales. Prácticas insurgentes de resistir (re) existir y (re) vivir, serie Pensamiento Decolonial, Quito.

Cassirer, Ernst (1993) La filosofía de la Ilustración, CFE, Mexico.

Hegel G.W.F. (1954) Estetica, tomo I, El Ateneo, Buenos Aires.

Mignolo, W, Gomez, P. (2012) Estéticas Decoloniales, publicación electrónica, Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Bogotá.

Richard, N. (2007) Fracturas de la memoria, siglo XXI, Buenos Aires.

Néstor García Canclini (2008) Geopolítica del arte y estéticas interculturales. Conferencia dictada en la Universidad de Miami, septiembre de 2008, en http://nestorgarciacanclini.net/index.php/estetica-y-antropologia/78-conferencia-qgeopolitica-y-esteticas-interculturalesq

Kusch, R. (2013) Planteo de un arte americano, Fundacion Ross, Rosario.





[1] No debemos olvidar que la modernidad, desde sus inicios hasta hoy, ha estado constituida por una matriz estructural que, en su despliegue, genera diferentes formas de colonialidad, subordinación y exclusión, entre ellas la colonialidad del poder, la colonialidad del ser, la colonialidad de la naturaleza y la colonialidad de la sensibilidad. Esta última, como colonialidad de lo sensible, se despliega en especial a través de los regímenes del arte y la estética que hacen parte de la expansión de la matriz colonial de la modernidad, en un abanico de formas mediante las cuales se pretende, más allá del exclusivo espacio del arte, abarcar la totalidad de los ámbitos de la vida” Mignolo, W, Gomez, P. (2012) Estéticas Decoloniales, publicación electrónica, Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Bogotá, p.15.

[2] Cassirer, Ernst, (1993) La filosofía de la Ilustracion, CFE, Mexico

[3] Hegel, Hegel G.W.F. (1954) Estetica, tomo I, El Ateneo, Buenos Aires, p 383.

[4] Kusch, R. Planteo de un arte americano, Fundacion Ross, Rosario, 2013, p. 29
[5] Alban Achinte, R (2010) “Pedagogías de la re existencia. Artistas indígenas y afrocolombianos”, en Walsh, C. (ed) Pedagogías Decoloniales . Prácticas insurgentes de resistir (re) existir y (re) vivir, serie Pensamiento Decolonial, Quito, Abya-Yala ,  p. 408.
[6] “Por este sendero, el proyecto moderno/colonial occidental se resistió a contemporizar a estos pueblos que se deslizaban por los puntos de fuga de una geometría del espacio y de la vida que constreñía la posibilidad de existencia; no todos podían caber en el mismo tiempo así todos estuvieran compartiendo el mismo espacio, maravillosa escisión que localizaba en lo físico-territorial para la dominación y deslocalizaba
en lo temporal para la exclusión, tamaña paradoja que se mantiene en estas sociedades que se precian de pluriétnicas y multiculturales en dónde la diversidad tiene dos caras: (1) la del reconocimiento para consolidar la narrativa de la democracia así sea construida sobre la base de las desigualdades  y; (2) la del rechazo cuando se requiere impulsar megaproyectos de desarrollo que son obstaculizados por la presencia de creencias y manifestaciones culturales de esa diversidad”. Op. cit. p 408.
[7] Op. cit.
[8] Bolaños, M. (2014) Interculturalismo y estéticas argentinas del siglo XX: los años 60 y las geopolíticas del
 arte en el discurso sobre las vanguardias. [publicación en preparación]
[9] Loa artistas citados son el afroamericano Fred Wilson, el mexicano Pedro Lasch y la belgradense Tanjia Ostojic.
[10] Richard, N. Fracturas de la memoria, siglo XXI, Buenos Aires, 2007, p. 79
[11] Las relaciones entre posmodernidad y decolonialidad no son lineales; así como por una parte la posmodernidad ha contribuido a destronar la racionalidad occidental de su centro hegemónico de poder, al mismo tiempo implica la aceptación de un orden mundial en el que la misma racionalidad se reubica, igualando las estéticas y los discursos a la luz de un nuevo universalismo de facto.
[12] Aún cuando el capitalismo transnacional desplaza físicamente los centros y las periferias convirtiendo a ambos en no-lugares.
[13] Richard, op. cit., p.92
[14] Néstor García Canclini: Geopolítica del arte y estéticas interculturales. Conferencia dictada en la Universidad de Miami, septiembre de 2008, en http://nestorgarciacanclini.net/index.php/estetica-y-antropologia/78-conferencia-qgeopolitica-y-esteticas-interculturalesq
[15]La ideología estética que quiso expresar esta condición globalizada fue, durante la hegemonía del pensamiento posmoderno, el nomadismo, o sea la exaltación de desplazamientos de todo tipo, una desterritorialización en la que ya no importarían las naciones ni lo local. Muchas obras artísticas se concentraban en los viajes y las fronteras. Los museos, aun los creados para exhibir culturas de su región, pasaron a registrar los cruces y mezclas entre imaginarios alejados, se reformularon como salas de tránsito: a veces en sentido literal, como en instalaciones que convierten los edificios de museos y galerías en aeropuertos o escenas multilocalizadas”.
[16] Op. cit.