viernes, 16 de junio de 2017

Siete reflexiones sobre filosofia latinoamericana


Siete reflexiones sobre un pensar filosófico nuestroamericano y liberador



Martin Bolaños







Trabajo de Integración Final



Diplomatura en Filosofía de la Liberación



Universidad de Jujuy



Febrero 2017



Introducción





Este trabajo reúne siete reflexiones sobre temáticas recurrentes en la filosofía de la América Nuestra. Se trata de una obligada selección, posible entre muchas otras, pero que permiten, espero, cartografiar una parte, siempre en movimiento, de los territorios abordados por los y las especialistas.

La intención es, acorde al requerimiento del contexto, integrar algunas problemáticas haciendo visibles sus puntos de unión. Estos lugares articulantes son múltiples, pero se ordenan en diferentes niveles. El primero y más amplio, abordado en el apartado 2, sitúa la perspectiva desde y sobre lo latinoamericano señalando los desplazamientos de las nociones de Espacio y Tiempo, entendidas políticamente como lugares de enunciación gravitantes. Si todo modelo de pensamiento está indisolublemente ligado a sus coordenadas existenciales (y por ello mismo materiales), la impronta histórico-geográfica configura una filosofía latinoamericana con peculiaridades y aportes discernibles de otras filosofías contemporáneas.

Una de esas peculiaridades es el diálogo con el pensamiento amerindio, fondo insoslayable que apela permanentemente todo intento de “universalización” o ”transculturaciòn” de valores o epistemes importadas de contrabando detrás de las carabelas léxico-conceptuales. En este orden se hallan las “disciplinas”, comenzando con la “filosofía”, que debería poder defender su estatus de reina de los saberes frente a la interpelación que la ubica como una tecnología regional dentro de la más amplia economía sapiencial marginada. Esta última incluye al mito, al conocimiento simbólico, y al dialogo con las entidades de una cultura no-humana; economía sapiencial cuyo modo de episteme es trans-subjetivo, trans-ontológico y anti-metafísico, ya que pasa por alto tanto los sustancialismos como los dualismos sobre los que se apoya la metafísica occidental.

A partir de este segundo apartado, el eje entre antropocentrismo y antropomorfismo articula las reflexiones en torno a lo religioso en América (apartado 3), a la constitución de lo político como cuerpo social a partir de heterogeneidades en tensión (apartado 4), en torno a las formas de Colonialidad, Raza, Subalternidades y Patrones de dominación (apartado 5), en torno a la educación como (posible) praxis emancipadora (apartado 6) y finalmente en torno al problema medio-ambiental, donde se recupera el legado amerindio de una meta ética de la reciprocidad como respuesta a la devastación globalizadora de las epistemes antropocéntricas (apartado 7).

Con esto procuro integrar algunas problemáticas clave de nuestro pensar, que no solo es un pensar desde la América nuestra, sino sobre todo un pensar acerca de ella, y en tanto tal, un pensar comprometido con la liberación de grandes grupos humanos de los que somos parte y que se hallan sometidos a complejos modos de dominación.




Índice temático



Reflexiones sobre las perspectivas latinoamericanas de la filosofía

Filosofía Andina. Principio de reciprocidad y economía social.

Religiones, sincretismos y teorías de la inculturación

Biopolítica de la liberación

Colonialidad y Sensibilidad

¿Educación y liberación?

Antropocentrismo, Ecología y Nihilismo.

Bibliografía











  1. Reflexiones sobre las perspectivas latinoamericanas de la filosofía





Hace ya unos cuantos años, un profesor de filosofía Hegeliana ironizaba en clase diciendo que hablar de una filosofía latinoamericana equivalía a hablar de una matemática noruega o una astronomía belga, impugnando así cualquier regionalización de los saberes.

Completaba su argumento diciendo que no existía un solo libro escrito en Latinoamérica que fuera leído y criticado en el marco internacional, entendiéndose por tal Alemania, Francia o Inglaterra.  Cuestionaba la regionalización de los saberes con pretensión de universalidad y descartaba con sorna la necesidad de un punto de vista local para la filosofía.  Más allá de la ignorancia fáctica respecto de la producción filosófica continental (creada en permanente debate, intercambio y dialogo con los principales exponentes de la filosofía “del centro”), cabe preguntarse aún por los prejuicios eurocéntricos que este profesor declaraba, antes que encubría, y por los dispositivos que aun a finales del siglo XX (la anécdota tuvo lugar en los primeros años de la década del 90 en una universidad pública porteña) permitían que un profesor titular de cátedra reprodujera semejante visión de las prácticas filosóficas en nuestro entorno.

La declaración en cuestión era, a su manera, una respuesta al desafío de Salazar Bondi sobre la existencia de una filosofía latinoamericana y sus repercusiones casi inmediatas en el libro de Leopoldo Zea y los debates subsiguientes. Una pregunta que continúa, modificada, en nosotros, pensadores y pensadoras de principios del siglo XXI, que gozamos de mayores instrumentos y perspectivas históricas para (re)plantearnos esta cuestión. Uno de esos instrumentos es el concepto de cartografía (o mapeado) que podemos reapropiarnos a partir de Deleuze y que hace referencia a la espacialización de la filosofía de y sobre lo americano, en tanto que pensamiento “situado”, histórico y (g)local.

El otro es el concepto que nos es más cercano de colonialidad del saber. Me gustaría desarrolllar en este comentario ambos conceptos en pos de hilvanar un planteo personal en torno a la pregunta en cuestión y sus vinculaciones ético-políticas.

Cuando nos preguntamos por una filosofía latinoamericana estamos problematizando los dos términos de la pregunta: qué decimos cuando hablamos de filosofía[1] y qué decimos cuando hablamos de Latinoamérica. Ambos términos se resignifican ante la pregunta y nos interpelan a la vez como sujetos de ese preguntar. Porque además de los términos cuestionados, emerge en la pregunta el quién del que pregunta y las motivaciones de ese preguntar.

Comencemos entonces por el origen de la inquietud: por qué sentimos que puede no haber una filosofía latinoamericana. De hecho, la historia de las ideas[2] nos muestra que desde muy temprano se practica la filosofía en diversas regiones del continente, aun cuando este aún era una colonia del imperio Español, y ni siquiera era la única. Sabemos a partir de esta historia que la filosofía llegó con la religión cristiana, que se cultivó desde temprano, que formaba parte de los estudios de las primeras instituciones educativas propuestas a las elites aztecas recientemente sojuzgadas. Sabemos   también que posteriormente, se alude a la filosofía política en los debates por la condición antropológica del indio, y que finalmente la filosofía de la ilustración irrumpe en las ideas libertarias de finales del siglo XVIII, acompañando la reconfiguración geopolítica que cierra la etapa virreinal e inaugura las naciones modernas. Filosofía teológica tardo-medieval primero y filosofía ilustrada después. Un tercer periodo se reconoce en la incorporación de las ideas románticas, el hegelianismo presente en un Alberdi, y el posterior positivismo comteano que repercutirá en pensadores de las postrimerías del siglo XIX. Ya en el siglo XX, se agregan las filosofías de la corriente fenomenológica, existencialista, las filosofías de origen anglosajón, fuertemente vinculadas con la crítica epistemológica y del lenguaje, y también el estructuralismo, la semiótica, las “ciencias sociales” y las informacionales, todas ellas incorporadas casi de golpe hacia mediados del siglo XX. Las ultimas apropiaciones pueden resumirse, siempre muy apretadamente, en las líneas “posmodernas”, primero muy limitadas a la narrativa francesa post-estructuralista, y luego expandidas en los “estudios culturales”, las perspectivas poscoloniales, estudios de género y diversidad, y problemáticas interdisciplinarias que incluyen los debates jurídicos en torno a la ciudadanía, inclusión y ampliación de derechos. Desde principios del siglo XX, el pensamiento marxista en sus múltiples versiones y relecturas, marca el paso e interpela a todas las corrientes filosóficas del siglo, y sus señalamientos constantes de la cuestión de clase informan e influyen en todas las discusiones que dan fisonomía a las prácticas filosóficas de nuestra América.

La filosofía como practica y tradición es una realidad descriptible desde el punto de vista histórico. Dice Salazar Bondy (1968:10):



“El pensamiento filosófico hispanoamericano, considerada su evolución a partir del descubrimiento de América y de la conquista española, tiene más de cuatro siglos de existencia. Es posible trazar ya una línea de desarrollo suficientemente prolongada como para determinar épocas y fijar rasgos característicos”



Pensada así, la filosofía en América traza una doble cartografía tanto espacial como temporal en la que aparecen referenciadas tradiciones filosóficas transcontinentales, asumidas dentro de un horizonte universalista, practicadas con rigor, compromiso y profundidad todas ellas, y en constante vínculo con los centros de validación “centrales”.

En su conocido trabajo inaugural, Salazar Bondy planteaba tres ejes para la indagación de “lo americano” en la tradición filosófica del “Nuevo” Mundo:



“1. La cuestión, fundamentalmente descriptiva, de cómo ha sido el pensamiento hispanoamericano y de si ha habido una filosofía original, genuina o peculiar en esta parte del mundo. 2. La cuestión, más bien prospectiva y normativa, de cómo debe ser la filosofía hispanoamericana si quiere lograr autenticidad y asegurar su progreso futuro. 3. La cuestión de si lo hispanoamericano (o lo peruano, lo mexicano, lo chileno, etc.) debe o puede ser tema de nuestra reflexión filosófica, y la de qué significación tiene tal tema para la constitución de una filosofía propia. 

Aquí nos haremos cargo de las tres cuestiones, pero sin separarlas totalmente una de otra, pues el debate del problema de la filosofía hispanoamericana —como se hará claro en el capítulo segundo— muestra que los planteamientos se hallan estrechamente vinculados y el enfoque y solución de cada una de ellas afecta el tratamiento de las otras”. (Salazar Bondy, 1968:11).





Ahora bien, el problema fundamental es el de la autenticidad[3] de nuestro filosofar. ¿Es autentico porque surge espontáneamente, como forma y contenido, en este continente?

La irrupción del elemento “espacial” transcribe esta cartografía del tiempo y la ubica en una dimensión totalmente distinta. La construcción de una espacialidad americana, fruto tal vez de la creatividad de los “naturalistas” románticos del siglo XIX, y reinterpretada en términos de conflictividad social por las ideas de la ilustración primero, y de su herencia socialista posterior, dio, a mi entender, origen a una nueva fenomenología del pensar, donde tanto el sujeto, como el objeto del pensamiento filosófico cambian abruptamente de punto de vista. Espacio y tiempo, concebidos ahora como entidades políticas[4], “determinadas-determinantes” (Dussel) de un pensar filosófico, superan las dos formalidades europeas, tanto la que los define como “contenedores” de los fenómenos físicos (Newton-Kant) como la que los plantea como “modeladores” de particularidades culturales (romanticismo-telurismo). En ambos casos, la marca “agonal”, conflictiva, beligerante, contradictoria, irreductible y “deformante” de la espacio-temporalidad americana desarticula las epistemes eurocéntricas que permiten delimitar y controlar demarcaciones fijas.

Porque cartografiar el espacio y el tiempo[5] implica pisar la materialidad de la tierra, vivenciar la “gravitación del suelo” (Kusch). En el caso del tiempo, ya no se trata de correr detrás de la “marcha de la razón universal”, sino de crear lo razonable a partir de las experiencias cercanas del “mundo de la vida” que se nos presenta atravesado por las dos grietas que definen la América nuestra: la herida colonial y la desigualdad social. La cartografía del espacio nos sitúa en un continente heterogéneo, multiétnico, abismalmente heterópico, inestable, socialmente conflictivo y transmoderno, donde los límites son difusos y las fronteras son liquidas.

Un continente donde el espacio reescribe el tiempo, requiere de la creación de un lenguaje de la diferencia y la multiplicidad y expresa un necesario conflicto con el Logos, el ídolo totémico de la filosofía occidental. Como dice Raimon Panikkar (2004), al describir las “tres grandes interpretaciones de la interculturalidad”: “no vivimos en un tiempo y en un espacio… sino que somos tiempo y espacio -y no solo unos okupas de un tiempo y un espacio abstractos y cosmológicos que nos son nuestros”[6].  En este sentido anti-metafisico se traza la autenticidad de un pensar de la América nuestra, y se plantea el desafío ético de la descolonización de las formas y de los contenidos.

Aquí es donde nos enfrentamos al segundo aspecto propuesto en esta reflexión: los dispositivos de colonialidad del saber, trabajados por autores y autoras como Quijano, Mignolo, Cusicanqui y muchxs otrxs. La inferiorización de la perspectiva propia es “tradición heredada” de la conquista, y opera actualmente en el diseño de los programas de investigación, en las prácticas educativas y en la burocracia administrativa de las instituciones en una línea vertical que parte de los centros internacionales de financiación y llega a las aulas en boca de profesores de filosofía como el que mencionamos al comenzar este escrito. Colonialidad es, en nuestro contexto, el momento discursivo del colonialismo, dispositivo mediante el cual una cultura dominada reproduce en su propio discurso las razones de la cultura dominante. Momento que, en su dimensión material, opera como extracción de resultados y proyectos de investigación locales por parte de los centros de producción y validación “globales”, para su neutralización y re-patentamiento: otro modo de explotación colonial del trabajo, en este caso, del llamado “trabajo inmaterial”.

Para finalizar, recupero del mismo texto de Panikkar, tres marcas (hay muchas otras) de la colonialidad del saber sobre las que una filosofía de la América nuestra trabajará ineludiblemente en los tiempos por venir: a) el principio del pensar analítico o el pensar por partes, b) el principio del pensar conceptual o pensar racional y c) el principio del pensar escrito o la ontologización del derecho. De estas tres marcas, surgen algunos desafíos que quisiera destacar a modo de programa político descolonial: 1) la articulación de un lenguaje que tematice el conflicto social desde una perspectiva local, 2) la construcción de una base jurídica orientada a la permanente ampliación de derechos, 3) la concientización de una nueva tradición filosófica desafiante del logos y una praxis afirmativa de los derechos propios de una perspectiva diferencial.




2.       Filosofía Andina. Principio de reciprocidad y economía social.



Uno de los temas más fecundos y cruciales que aparecen al pensar lo indoamericano como diferencia[7], es el de la vivencia andina respecto al cuidado de la naturaleza y la armonía de sus ciclos. Esta vivencia, una de las marcas más significativas de la América Profunda, desafía las antropologías de ayer y de hoy, redibujando la figura de los seres humanos tanto en su interioridad como en su exterioridad. Ya no hay una humanidad reflexiva, informada desde un autista “para sì”, ni hay una exterioridad negativa, objetiva, puesta “a la mano”, como entidad autónoma, primordial y autosuficiente. En la vivencia andina la naturaleza es una posición mucho más compleja, porque se trata de una (exo)interioridad sin control.

La forma humana aparece vitalmente imbricada en la cosmopolítica transgenérica de los seres, y aún así, no es el ser humano el centro ni el sentido de la creación, sino un agente entre muchos otros, tan importante y tan insignificante como aquel insecto, aquella planta, aquel mono o aquel volcán. La posición “humano” no es antropocéntrica sino antropomórfica.

En este sentido, Eduardo Viveiros de Castro (2002) opone al antropocentrismo occidental un “antropomorfismo” amerindio, antagonismo que, lejos de reducir el antropomorfismo a una actitud primitiva ligada al "pensamiento mágico", emerge desde nuestra perspectiva como una alternativa ontológica de posicionamiento frente a una cultura de la devastación y el consumo:



“A la atribución de conciencia e intencionalidad de tipo humano (para no hablar de la forma corporal y de los hábitos culturales) a los seres no humanos se le suele llamar "antropocentrismo" o "antropomorfismo" indistintamente. Creo, sin embargo, que debe entenderse que estas dos etiquetas designan actitudes cosmológicas antagónicas. El evolucionismo popular occidental, por ejemplo, es ferozmente antropocéntrico, pero no me parece que sea particularmente antropomórfico. Por otro lado, el animismo indígena se puede calificar de antropomórfico, pero, desde luego, no de antropocéntrico. Pues si una legión de seres diferentes a los humanos es "humanos", entonces nosotros, los humanos, no somos tan especiales”[8].



En este antropomorfismo, junto con el perspectivismo y el multinaturalismo, vemos el eslabón que une lo cósmico, lo económico, lo social y lo (meta)ético[9].


Joseph Esterman (2006:123-155) señala como uno de los rasgos fundamentales del pensamiento –que el autor no duda en llamar filosofía- andino el principio de reciprocidad.  No se trata allí de un principio exclusivamente ético, sino que su presencia informa las prácticas de la economía social, la relación con las entidades culturales no-humanas y los ya aludidos modos de producción y de intercambio. Las luchas actuales por la soberanía alimentaria frente al patentamiento de semillas es un ejemplo de cómo a su vez la economía social articula con la "praxis" política. Indudablemente: si el orden cósmico nos obliga a ser guardianes y cuidadores de dicho orden, el abandono de esa responsabilidad conllevará un desequilibrio en las conductas de la propia Madre tierra. Estermann (2006) considera a la filosofía andina desde una interculturalidad comparada, lo que le permite reconstruir cuatro principios interconectados y ordenados de manera jerárquica, a saber: el principio de relacionalidad, el principio de correspondencia, el principio de complementariedad y el ya mencionado principio de reciprocidad. En relación a este último, dice:

“El principio de correspondencia se expresa a nivel pragmático y ético como “principio de reciprocidad”: a cada acto corresponde como contribución complementaria un acto reciproco. Este principio no solo rige en las interrelaciones humanas (entre personas o grupos) sino en cada tipo de interacción, sea esta intra-humana, entre ser humano y naturaleza, o sea entre ser humano y lo divino… la ética no es un asunto limitado al ser humano y su actuar, sino que tiene dimensiones cósmicas… La reciprocidad andina no presupone necesariamente una relación de interacción libre y voluntaria, más bien se trata de un “deber cósmico” que refleja un orden universal del que el ser humano forma parte” (…) En el fondo, se trata de una “justicia” (meta-ética) del intercambio de bienes, sentimientos, personas y hasta de valores religiosos”.

Si algo de misticismo telúrico o "pensamiento mágico" queda en todo esto, es notable que su racionalidad no escapa, sino que se acerca, a la sensatez y la "lógica” tan reclamadas por el universalismo occidental, que parece haber renunciado ya por completo a la razón (tanto instrumental como critica). El ritual es un momento "racional" dentro de un modo de vida entendido como reciprocidad entre las actividades humanas y los ciclos naturales. Más aun, es un momento necesario. Se trata de la imprescindible apertura a un espacio-tiempo de horizonte, habitat relacional que se mantiene vivo y operante en tanto cada una de sus partes -humanos, animales, plantas, montes, ojos de agua, piedras y cuerpos celestiales- coopera en esa vitalidad. Como economía de lo viviente, el intercambio no se da en forma de valores de cambio, sino en materialidades de valor: la coca, el maíz, el tabaco, las migas de pan, son el "pago" con que se abona la continuidad de la vida en sus diferentes planos. El trueque, el intercambio de dones, la minga, el comercio entendido como actividad relacional -y no tanto exclusivamente humana- son sistemas de vínculos que expresan en este plano de kaypacha el modo de intercambios que actualiza el cosmos. Abercrombie (2006) señala el lugar de encuentro de las dimensiones vertical y horizontal del universo.

La chakana, o cruz andina, pone en imagen este encuentro que es a la vez una transmutación. En el plano de la tierra, el plano "horizontal" donde se vive la lucha entre los principios civilizadores de la agricultura instaurados por el culto solar y su ordenamiento en dia-noche y vida-muerte, las instituciones políticas, económicas, sociales y religiosas invocan a su vez y "comercian con" elementos operantes en el plano vertical, el que une cielo-tierra-infierno y ofrece los caminos que comunican diferentes dimensiones del tiempo. El tiempo anterior al tiempo, la era de los chullpas, el universo frio, húmedo, sin sol ni vida ni muerte. Accedemos así a una cronología de grandes bloques, separados por cataclismos naturales -pachakuti- rupturas temporales que cierran o abren ordenes o "cosmos" diferentes. No hay causa-efecto ni continuidades históricas. No hay temporalidad "acumulativa" -la acumulación responde a la lógica del capital abstracto- lo que no fluye se estanca y se pudre, conservar algo materialmente es destruirlo.

La eticidad emergente en la formula "tener un corazón y un rostro" interpela las experiencias de la "persona", del "sujeto" y de la "libertad" individual. Tal vez resida en esto el mayor desencuentro entre la racionalidad occidental y la racionalidad seminal. Poco o nulo valor pueden tener, en términos tanto culturales como económicos, la adoración del "ego", entidad de clausura que suprime desde la interioridad cartesiana el carácter relacional y móvil de todo acontecer. Si hasta la individualidad es prestada y se debe a una generosidad maternal de la naturaleza el habitar fugazmente una intimidad personal. La misma debe realizarse mediante las formas biológicas de la reproducción y las formas institucionales del matrimonio y la familia. Se es persona para tener familia, y no al revés. Poseer un corazón y un rostro quiere decir poder "dar la cara" existir en estado de ofrenda y reciprocidad, en el plano político y en el plano cósmico.

Caracterizada así la seminalidad de la experiencia vivencial-cultural de Abya Yala, podemos preguntarnos por nuestros modos se acceso a esa vivencia. El "nosotros" desde el que hablo es, sin duda, el de sujetos "educados" en la mentalidad científica. Se trata de una intencionalidad "objetivante", indagatoria, movida por una curiosidad nerviosa de occidentales que "buscan" perdidos en su "patio de objetos" y de palabras sin anclaje, transidos por dudas y escepticismos que flotan sobre un fondo vacío sin consuelo ni esperanzas. Todo esto se evidencia en nuestro lenguaje, en nuestra verborragia, en el llenar de palabras el espacio ya sobrepoblado que se pretende vacío. A decir de Kusch: modos de conjurar el miedo cósmico, creando a nuestro alrededor una cárcel gramatical que nos aísle de la comunidad ultrahumana de seres sobre los que no hay posibilidad de control.

Esta última consideración nos expone en nuestras intenciones, en el modo de conocimiento que pretendemos al esforzarnos por dialogar con la antigüa Abya Yala, desde nuestra debilitada inteligencia científico-comercial. Porque en el fondo ¿para qué queremos "estudiar" la cosmogonía andina? ¿Qué pretendemos con ello? ¿Saciar el deseo egoísta de conocimiento? ¿Saldar deudas o conjurar culpas? ¿Aclarar nuestras mentes y apaciguar nuestras almas? ¿Salvar nuestras vidas ante el colapso final de los recursos materiales? En suma ¿Qué significa este oportunismo de salir con libretas y grabadores a rescatar aquello que con tanta insistencia y sangre se quiso siempre “extirpar?[10]

 Reflexionemos ahora sobre nosotros mismos. La cárcel del lenguaje. Lo que para Heidegger era un "hogar" tal vez se haya convertido en una prisión, quedando la libertad en la exterioridad del silencio. El silencio del indio, sus respuestas esquivas, el "pasarse la pelota" a la hora de responder a los cuestionarios del antropólogo. Las respuestas en aymara al turista que regatea un precio en las ferias de La Paz. Las estrategias comunicativas de ataque y defensa contra una discursividad opresiva. Opresiva en dos direcciones: hacia el "otro", vivenciado como "exterioridad" (Dussel-Levinas) y hacia uno mismo, hacia el "occidental" que no entiende, pero se desvive por entender y hasta incluso vivenciar, al modo de unas vacaciones culturales. En fin: pretendemos vivenciar ese infinito pasado mediante las técnicas, el lenguaje y las intenciones de las disciplinas europeas de los últimos dos siglos. Pero aun cuando lo consigamos, ¿de qué nos serviría a nosotros? Si creemos más en la computadora y en internet, que en los despachos y las animas. Tal vez la arrogancia elemental esté en la base de la respuesta: tal vez queremos diseñar un nuevo continente y una nueva-vieja cultura, tal vez tengamos la arrogancia de robar el fuego de los antigales con el desatino prometeico de incluirlo en un nuevo orden político, como si de nosotros dependiera y como si tuviéramos permiso para hacerlo.

Retomo para finalizar la sugerencia del profesor Matias Ahumada, de leer en simultaneo y con dos mentalidades diferentes, las narrativas "indoamericanas" y los "papers" transnacionales que dan voz y formato a nuestras actividades universitarias. Quizás sea el paso, tortuoso pero necesario, para que abandonemos de una vez estos últimos, que los entendamos como una herramienta de "negociación" o una mediación concesiva en el regateo intercultural.

Pero el sitio donde se juega, como siempre, el quiénes somos (o mejor, el dónde estamos), sea la decisión de dónde ponemos finalmente nuestra fe y nuestro corazón. En este contexto, las palabras, las ideas, las formas y las disciplinas, son apenas mediaciones entre el deseo y la voluntad.










3. Religiones, sincretismos y teorías de la inculturación





Los redescubrimientos que la antropología fenomenológica realiza desde el acercamiento a la América Profunda no pueden soslayar el acontecer histórico en la medida de tematizar la profunda transformación que sufre el continente y sus islas tras la invasión europea de 1492. La profunda religiosidad amerindia absorbe a partir de entonces la no menos profunda religiosidad europea, religiosidad que, mediada por la Reforma y la Contrarreforma, produce la escisión de Abya Yala en dos subculturas cristianas, la del Norte y la del Sur, resultando la segunda en un sincretismo[11] múltiple cuya complejidad da forma a la especificidad latinoamericana.

Una manera de abordar semejanzas y diferencias entre tres autores paradigmáticos del filosofar desde la América nuestra que han trabajado el tema de la religión (Dussel, Kusch y Scannone), es atender a los marcos metodológicos que cada uno de ellos establece para construir conceptos y categorías originales de una filosofía de la religión latinoamericana.

Dussel desarrolla un punto de vista histórico-hermenéutico en el que aplica herramientas de al menos cinco tradiciones filosóficas occidentales: la exegesis de las escrituras bíblicas, en especial el Antiguo Testamento, la hermenéutica aplicada al Nuevo testamento, la historia intercultural comparada, la fenomenología de la alteridad de E. Levinas y una lectura de Marx en términos de las teorías anteriores.



 “El camino metódico será entonces: de la simbólica a la dia- léctica y de ésta a la analéctica, que tiene igualmente su sim- bólica. Es necesario instalarse en la Totalidad y a través de sus símbolos llegar a su fundamento (simbólica-dialéctica). Después se pone en cuestión la Totalidad por los movimientos de liberación hasta el pro-yecto de liberación abierto desde el Otro (simbólica-analéctica). Si la ontología es la introducción a la ética, la ética es la filosofía primera, no sólo porque es la introducción a la meta-física, sino porque, y no debe dejarse nunca de tener en cuenta, el cara-a-cara es realmente lo pri- mero, el acceso a la veritas prima. Se dice entonces que, ordo dicendi (por exigencias pedagógicas), la descripción ontológica es primera, pero, en realidad, el mundo de la Totalidad …” Dussel (1973:187)



Desde este complejo conceptual, puede reconstruir la matriz semítica de la religiosidad latinomaricana, en términos de una historicidad mesiánica que se manifiesta como camino y lucha hacia la liberación, camino jalonado por una concepción del tiempo histórico, con un protagonista que es el pueblo, surgido como tal mediante el acto instituyente de la Alianza con un Dios trascendente, la actividad de figuras como los profetas y mesías y la reivindicación del pobre, el huérfano, la viuda, en fin, los rostros de las victimas históricas como lugar de enunciación y reclamo. En este programa, se trata de dejar a un lado la descripción fenomenológica de lo religioso, para atacar el problema de la normatividad y dar sustento a una explicación de la religiosidad popular en América desde el punto de vista de la liberación de las víctimas.



En El humanismo semita la intención de Dussel consistió en elaborar una hermenéutica simbólica de corte ricoeuriana para demostrar que la “cultura latinoamericana” tiene su “cuna”, en tanto que foco intencional generativo, en el humanismo del pueblo de Israel. El programa consistía en esta etapa inicial del pensamiento del autor mendocino, en derribar el “mito helénico” de la superioridad del Logos, oponiéndole la raiz semítica y buscando las repercusiones de esta última en las culturas latinoamericanas. Se entiende que aquí lo propiamente americano será, al igual que en Scannone, el mestizaje cultural, la síntesis creadora, o la fusión de los horizontes, occidentales, semitas, y propiamente amerindios. El interés de Dussel está puesto en fundamentar la idea de liberación como perteneciente al núcleo generativo de lo americano en tanto geocultura colonizada y victima histórica de un proyecto de invasión, exterminio y transculturación.

J.C.Scannone (1990) traza un programa de construcción de categorías para entender la cultura popular, que se muestra como nuevo sujeto de una filosofía de la liberación. Las preocupaciones allí son las siguientes, dentro de las cuales destaco algunas nociones clave:



  • la analogía como forma del pensamiento especulativo



  • la relación recurrente entre sabiduría y ciencia, símbolo y pensamiento, praxis y reflexión



  • la inculturación del pensamiento, tanto filosófico como teológico



  • la relevancia otorgada al “nosotros”-pueblo, sin desmedro de la afirmación de las personas



  • el rol preferencial de los pobres en el pueblo como sujeto histórico y en su cultura popular



  • la comprensión de la cultura desde su núcleo ético-sapiencial y las mediaciones sociales que lo encarnan y que aquél trasciende



  • la interpretación de la historia, la cultura y el auténtico proceso de liberación latinoamericana





Esta programática se desarrolla a partir de la idea de sabiduría popular, y está fuertemente comprometida con una matriz “culturalista”. Por sabiduría popular debe entenderse que se trata a la vez de una experiencia universal en tanto es una sabiduría humana que se manifiesta en múltiples campos, y a la vez es racional, aunque su racionalidad no se identifica con el Logos occidental. Una de las características principales de esta racionalidad es su capacidad creadora de síntesis vitales con otras racionalidades. Y en esto se diferencia del Logos que es entendido desde aquí como un sistema cerrado, etnocentrico e imperial. La sabiduría popular se define, así como fruto del mestizaje (cultural, no biológico) y su marca peculiar es la apertura creativa de síntesis novedosas. La novedad, manifestación por antonomasia del mesianismo histórico, es compartida por las aproximaciones de Scannone y Dussel. El problema central en esta obra de Scannone es la articulación entre el universalismo pretendido y el carácter geo-situado de la categoría de sabiduría popular. Como Scannone parte de una afirmación fenomenológica de la cultura popular en tanto síntesis hispano-americana, describe dos horizontes que se despliegan desde la particularidad situada (el “nosotros estamos”, compartido por Kusch y su categoría del “estar ahí”) y la proyectan sobre un fondo universal: horizonte del ser (helénico) y horizonte del acontecer (semítico), dos dimensiones del pensamiento occidental que se hallan imbricadas, aunque en un segundo plano, con la dimensión del “estar”.



Esta fusión de horizontes es uno de los dispositivos que permiten hablar de inculturación desde una metodología hermenéutico - fenomenológica de la cultura popular, a la que también se refieren los trabajos de Carlos Cullen. Pero además de este acceso, Scannone propone el método de la analogía, el cual se inscribe de lleno en la hermenéutica del símbolo como mediación. La sabiduría popular, en especial en su plano religioso, se manifiesta en símbolos, ritos y ceremonias a partir de los cuales la interpretación puede “extraer” los contenidos propios del núcleo mítico-simbólico de la cultura popular. Entendida esta como una capacidad sintética-creativa de elementos universales, es posible explicar la asimilación del cristianismo por parte de las culturas amerindias.

Tal vez sea Rodolfo Kusch el autor que más se separa de las vías anteriores de pensar lo propiamente americano. La diferencia más evidente es la que hace a la elección del método[12], en el que agrega a una fenomenología simbólica, las observaciones antropológicas, el trabajo de campo, la “psicología profunda” y las teorías de los arquetipos de Jung. Con respeto a su propia noción de método, nos dice Kusch (2000_a:502):



“Método supone la descripción de cómo se recorre el camino. Pero en el operar mismo no hay modo, sino apuestas en el sentido de Ricoeur, a partir de un campo de objetividad surgido a medias de los símbolos populares. Se apuesta al logro de la índole de lo otro a partir del operar mismo”.



El acento puesto en la antropología, antes que en la historia, le permite encarar la búsqueda de la religiosidad latinoamericana en el “pensamiento seminal” de las naciones amerindias, en su sustrato más profundo y previo al contacto con las influencias europeas. Si en el Dussel del primer periodo se busca la validación de la liberación, en Kusch aparece todo intento de colonización e influencia como una empresa condenada al fracaso. Las categorías clave que Kusch pone en juego, como sabemos son las del “estar ahi” o “estar siendo” -que comparte con Scannone-, la de geocultura, la de fagocitación, la lógica de la negación, el arraigo (como categoría especifica de la situacionalidad) el pensamiento seminal y la categoría del “hedor” de lo americano. A todo esto hay que agregar un principio metodológico determinante que es la distinción entre lo Grande y lo Común, aplicado al orden del discurso: hay una “palabra común” que responde a un modo analítico, causalista y racional de “comprensión” del mundo, y una “palabra grande” que mienta lo simbólico, cuyo funcionamiento supera al mero logos y abre el horizonte de una comprensión ontológica de la existencia. En este sentido también hay una historia “pequeña” y una historia “grande”, que pueden atribuirse respectivamente a la historiografía lineal-evolutiva de la temporalidad profética frente a una temporalidad mesiánica que comprende grandes ciclos cósmicos, como la vivenciada por las grandes culturas indoamericanas, como lnca o la Azteca.

Para Kusch el universo simbólico originario se co-implica en una dinámica deformante, que encara lo desconocido, lo incontrolable y lo atemorizante desde el lugar de la conjuración, de la magia y el ritual, mientras que la cultura occidental busca esconder esta dinámica detrás de formalismos de diverso orden, dentro de los cuales destacan la racionalidad analítica, el sujeto como unidad autónoma y el antropocentrismo que opone el ser humano a la naturaleza.

En su conferencia de 1970 sobre La Religión Nativa. Kusch realiza un trabajo de antropología filosófica comparativa, aplicada a la religiosidad popular de las comunidades rurales andinas. Comienza así:



“Algo falla en la formación del religioso y por eso es preciso ajustar el punto de partida del análisis. Por ejemplo, si Santo Tomas busca su teología en una fundamentación de Dios, partamos del punto de vista contrario. En vez de tomar a Dios tomemos al sujeto creyente.

Para entender a fondo el problema habrá que recurrir a la fenomenología, psicología profunda y un nuevo concepto de verdad”. (Kusch, 2000_b:162)



Del método de la psicología profunda, toma Kusch algunos conceptos para aplicarlos a la religión:



“… todos actuamos según el principio de lo que mi ego quiere. El yo dispone de la realidad y de las ideas y sirve de centro a la voluntad. Pero qué pasa con eso de que Dios quiere- Ante todo queda desplazado el yo. Dios predomina sobre el yo. Pero, claro está, no lo suprime. Dios en parte quiere lo mismo que yo quiero, pero tiene sus designios, quizás cosas que me disgusta. Dios, en ese sentido, representa una totalidad que encierra aspectos conscientes que mi yo entiende y aspectos que no son concientes a través de la teología. Consigo a través de la teología una relativa racionalización de los designios de Dios (…) El misterio de Dios no será comprendido si no estuviera implícita en mi propia psique esta sensación de irracionalidad de los designios de Dios. Solo porque habita dentro de mi otro habitante que es el inconciente, puedo llegar a una apertura a Dios... yo mismo debo concientizar esta profunda irracionalidad que en el fondo habita conmigo y advertir todo esto previo al problema de la existencia o no de Dios”. (Kusch, 2000_b:162-3).



En esto y a diferencia de Dussel, aparece la religión como momento previo a la constitución política del sujeto, aunque posiblemente sí se trate de un momento constitutivo de lo político, en sentido comunitario, sin pasar por la “mediación” del sujeto individual.  Esto permitiría entender a lo político como algo que puede hacerse y deshacerse de maneras más o menos “autenticas” en tanto el pueblo es entendido como potencialidad (potestas). Al contrario de la matriz semita, la idea de “persona” en América se esboza como un conjunto de acciones de cara a la comunidad -que no necesita “constituirse” ya que siempre “estuvo ahí” como una forma de inmanencia, -y no como una relación individual con alguna manifestación exterior de la divinidad.

La divinidad surge como un no-yo. La negación en el origen de la pro-yección subjetivante hacia la totalidad. En Kusch la totalidad se entiende ya como un “fondo” cósmico, no necesariamente metafísico, ya que se trata de algo que sustrae permanentemente al pensamiento y no puede actuar como fundamento sino apenas como abismo. Kusch formula en términos de una fenomenología de la conciencia esta misma situación:



“La fenomenología sirve para pensar que Dios, mundo y hombre no son, en cuanto reflexionamos sobre ellos, elementos exclusivamente externos, sino primordialmente contenidos de nuestra conciencia. Y esto me llevaría a pensar dos cosas. Si dios es solo un contenido de conciencia puedo desentenderme de él, o, si no, hacer lo contrario, precisamente por ser un contenido me obliga en mayor medida a hacerme responsable de ese contenido. Es la razón por la cual puede haber ateos por un lado y religiosos por el otro. Pero también es la razón por la cual los que no creen en Dios, creen en cambio en el ocultismo, o en el espiritismo, o en la ciencia, o en el partido político o en lo que sea. Los mecanismos de la fe son infinitos y su forma extrema, que responde a un más alto grado de integración de la psique de un sujeto es evidentemente la creencia en un Dios” (Kusch 2000_b:164).



Este recurso a una filosofía occidental con tantas marcas de época puede ser aleccionador, Por un lado, podemos dudar de la aparición de términos como conciencia o psique en un contexto de critica a los supuestos culturales de las “ciencias humanas”. Por otro lado, haría falta una ética y una política para explicar el salto desde la descripción de los contenidos de la conciencia a la “responsabilidad” que emergería del reconocimiento de dicho contenido como tal.

Lo que importa retener es que la divinidad no es ya una exterioridad trascendente, que busca mediaciones para hacerse visible al hombre, sino que se crea a partir de un impulso interior humano, cierto anonadamiento frente a lo inmanejable y ya no importa, en amerindia, si este caos deformante es individual o humano o natural, es un flujo que aqueja a toda la comunidad de los seres y los atraviesa, dibujando y desdibujando subjetividades. Para mantener aplacadas estas fuerzas es que se hace necesario el ritual, la fiesta y el sacrificio.

Cristo es una figura sacrificial. Pero no es el mismo Cristo para el criollo que para el indio.  El sacrificio aplaca la violencia del caos y mantiene momentáneamente la integridad del individuo, o de la comunidad. Kusch muestra, un poco más adelante, cómo los “campesinos” aymara rearman la religión usando nombres y símbolos cristianos, pero, a diferencia del cristianismo teológico-totémico-fetiche, operan a través de esas imágenes una religión completamente distinta.



“El campesino no ve en el sacerdote a un representante de la iglesia sino apenas a un portador de lo sagrado. Es para el campesino algo equivalente a una apacheta o una torre de iglesia, o un calvario. Sirve para determinados usos religiosos, pero siempre dentro de la cultura aymara. Por ejemplo, es útil que el sacerdote bendiga los bastones de mando o incluso que mate a los ancianos para que no se les escape el alma, pero resulta totalmente aburrido que de sermones. En este último caso suelen decir siempre que el padre es buena gente pero que no entienden que es lo que está hablando.

El sacerdote católico tiene para el campesino la categoría de un robot sacralizado. ¿Y esto está mal? De ninguna manera. Es perfectamente justificable, en razón misma de que el campesino constituye una cultura autónoma, que tiene sus propios recursos y que no necesita en el fondo de la cultura occidental” (Kusch, 2000_b:158-9).

Creo que podemos encontrar en Kusch una denuncia de la idea de “inculturación”, como la que trabaja Scannone, en el sentido de que ese “in” implica una inoculación, que dejaría fuera de la comprensión indígena previa al contacto con la cultura europea, la idea de Revelación, propia de una teología semítica de la trascendencia:



“... en el altiplano andino asistimos a los límites de la supuesta universalización de la religión católica. Mejor dicho, se trata del choque de dos tipos de universalidad, potencial en el caso aymara y actual en el caso cristiano. Y en razón misma de la actualidad de la universalidad del cristianismo, este logra imponerse al campesino, pero el campesino mantiene una subversiva resistencia a aquella.” (Kusch, 2000_b:156)



La expresión “subversiva resistencia”, tienen acá un peso específico, que nos devuelve a los planteos sobre la liberación de Dussell y revela, en el examen que hace Kusch de la religión, la instancia liberadora de un sustrato antropológico que opone su propia versión ante las diferentes variantes del colonialismo cultural.








3.     Biopolítica de la liberación





“La vida se cuida y se mantiene diferencialmente, y existen formas radicalmente diferentes de distribución de la vulnerabilidad física del hombre a lo largo del planeta. Ciertas vidas están altamente protegidas, y el atentado contra su santidad basta para movilizar las fuerzas de la guerra. Otras vidas no gozan de un apoyo tan inmediato y furioso, y no se calificarán incluso como vidas que “valgan la pena”.”

"Nadie alcanza nunca un estado final que le permita decir "ahora soy un verdadero hombre o una verdadera mujer". Esta idea de que no se puede lograr definitivamente el género fue especialmente interesante para mí. Se puede aplicar a todo el mundo. Algunas personas no alcanzan nunca su género y otras sí, pero incluso las que parecen haberlo alcanzado tienen que repetir los actos correspondientes una vez tras otra.”

“Cuando solicitemos conocer al otro o le pidamos que diga, final o definitivamente, quién es, será importante no esperar nunca una respuesta que sea satisfactoria. Al no buscar satisfacción y al dejar que la pregunta quede abierta e incluso perdure, permitimos vivir al otro, pues la vida podría entenderse justamente como aquello que excede cualquier explicación que tratemos de dar de ella.” (Buttler, 2006)





El problema de lo político emerge cuando dos miradas se cruzan. Cualquier forma de “gestión” de los medios vitales puestos “a la mano” de los seres humanos, se inserta dentro de lo político en tanto “puesta en común” de un espacio compartido. Las individualidades emergen como formas subjetivadas a partir de (pero también dentro de) ese espacio común, que muchas veces es un espacio-tiempo en disputa. La conflictividad no se explica solamente por la escases de recursos sino por una beligerancia proto-humana que ha llevado a concebir la vida misma como “voluntad de poder”.

Esta fórmula en sí misma es ya una interpretación de lo vital. Se la ha retraducido de difrentes formas: como “voluntad de voluntad”, como “voluntad de potencia”, como “voluntad de vida”, etc. En todos los casos es una forma circular que reconduce la pregunta hacia el significado de “voluntad” o bien hacia el significado de “poder”. Si seguimos a Agamben (2001), leemos que la vida misma es potencialidad, elemento plástico que no encierra en sí mismo determinaciones previas sino que solo es pensable-vivible en tanto negatividad del “acto”: negación misma del momento en que esa potencialidad se “realiza”, cristalizando en una forma objetivada que anula la potencialidad previa. La constitución de lo político en tanto “forma” es el resultado de una comprensión mecanicista de la vida, según la cual, se constituye una sociedad como un “acto”, reificando así la voluntad que le dio origen y que, al mismo tiempo, la cristaliza bajo la forma totalitaria del Estado. El paso de la potencia al acto como origen de lo social-político, ha sido criticada desde las fuentes semíticas de la filosofía de la liberación: entre otras, el mesianismo de un Pablo de Tarso, y la noción dusseliana de hiperpotencia[13].

Esta manera de plantear el problema de lo vital como negación (que reencontraremos en la filosofía de Rodolfo Kusch), se enriquece al considerar la vida como una funcionalidad genérica, desde cuya perspectiva las vidas “individuales” son ya en sí mismas formas políticas de administrar la vida general. Pero hay que preguntarse también en qué medida esta funcionalidad genérica de lo vital precede a lo político: en otras palabras, si cualquier consideración de la vida es una consideración política y en tanto tal a favor de quién o quienes se inclina su formulación en tanto tal.

Considérese, a menos como hipótesis, que existe un acuerdo previo, profundamente político, que establece qué es lo viviente y qué no. Cualquier definición de vida, depende de ese acuerdo. El acuerdo -que en realidad siempre se da como des-acuerdo- remite a la especularidad de las miradas, ya que quien acuerda algo lo hace reconociendo en el otrx el derecho a a acordar. No siempre se reconoce tal derecho, ya que, en el fondo, todo acuerdo de basa en una gestión previa de las relaciones de poder existentes entre los acordantes en el momento de “acordar” algo. Cuando ese algo es la calificación de lo viviente se está en presencia de un problema ético fundamental.

¿Fundamental? El fundamento amenaza cualquier perspectiva ética en tanto remite a la totalidad. Esto permite a Levinas -y también a Ricoeur- pensar la primacía de la alteridad por sobre la mismidad. La ética por sobre la ontología. La ética como “prima philosophia”.  La ética emerge entonces como dimensión de apertura, ruptura y transgresión del círculo cerrado de lo político. Pero la alteridad es anterior a la ética. O es “consubstancial” a su aparición. Como lo otro, -sea una ipseidad reflexiva (Ricoeur) o una exterioridad radical (Levinas)-, se da en el mundo de la vida en tanto carencia y vulnerabilidad (la “absolute Armut” de Marx), se determina como una finitud compartida, una remisión al “estar ahi tirado” de la condición humana reclamada como interpelación ética.

El surgimiento de una institución política como un “cara a cara”, con la alteridad, indica la vía por la cual un estado solo es justificable en tanto aceptación ética de que él mismo ES el otro.

Pero para que esta remisión al “si mismo como otro” no quede atrapada en una dimensión formal, es preciso determinar quién es ese otro; con la identificación del quién ingresa nuevamente el conflicto y el interés. Por eso, Dussel establece tres niveles para el desarrollo de una “ética de la liberación”: el formal, el material y el factible. Si la vida es una potencialidad indeterminada y solo parcialmente determinable, su materialidad es tan variable como sus formas posibles. Existe así un límite, una resistencia material a lo político, un resabio de vida no politizable, en tanto el límite de toda vida y de toda política es la muerte. La ética material reclama la “producción y reproducción de la vida”, pero la muerte, individual o masiva, es al mismo tiempo límite y posibilidad de la política. “Dejar vivir y hacer morir”, declaraba el poder soberano en palabras de Foucault. Pero “hacer vivir y dejar morir” es el modo como la muerte ingresa en la (tánato) política, siendo la administración de la vida y de la muerte la marca del poder político universal. Dice Dussel:



“En cuanto al contenido y la motivación del poder, la "voluntad-de-vida" de los miembros de la comunidad, o del pueblo, es ya la determinación material fundamental de la definición de poder político. Es decir, la política es una actividad que organiza y promueve la producción, reproducción y aumento de la vida de sus miembros (…) Las víctimas del sistema político vigente no-pueden-vivir plenamente (por ello son víctimas). Su voluntad-de-vivir ha sido negada por la voluntad-de-poder de los poderosos. Esa voluntad-de-vivir contra todas las adversidades, el dolor y la inminente muerte se transforman en una infinita fuente de creación de lo nuevo”. (Dussel, 2006)



Las diferentes “modernidades” descriptas por las filosofías del siglo XX atañen siempre a este modo de “gerenciamiento” político de las sociedades secularizadas. El poder político fue problematizable desde que perdió su exterioridad teológica. El desdoblamiento de la racionalidad en su doble despliegue instrumental y especulativo, la proliferación de tensiones internas en la dialéctica ilustrada, la “escisión” de todo aquello que alguna vez fuera unitario, la sobreproducción de fantasmas, fetiches, “sombras que han perdido su cuerpo” (Marx) forman un escenario que oscila entre la “crisis” de una civilización y una “condición” de lo humano irreversiblemente perdida.

Volviendo al tema de la alteridad y del quién (ya que se trata en esta crisis justamente de la pérdida del horizonte del Otro): en una política de la liberación, que se juega en el (des)orden de lo factible, aparece la condición de ciudadanía en tanto problema de la factualización social de los derechos de las personas: derecho a migrar, derecho a trabajar, derecho a realizar la propia identidad. Como apunta la Dra. Alcira Bonilla, en la clase correspondiente de este curso, tales derechos incluyen, además, condiciones materiales de realización de aquellos declarados como humanos, universales e imprescriptibles por la tradición ilustrada europea:



“cabe señalar que el nuevo sujeto histórico emergente visualizado por la Filosofía de la Liberación (las víctimas, el pobre, los oprimidos del sistema) no fue designado en esos momentos [en los debates iniciales de la FL] con la categoría de ciudadano, por considerársela demasiado integrada al complejo ideológico del liberalismo individualista predominante, y vinculada con el ejercicio escaso y poco participativo de derechos civiles y políticos, soslayándose los económicos, sociales y culturales, que posibilitan la realización efectiva de los nombrados en primer término”.



La ciudadanía es el rostro de los derechos emergentes desde la óptica de las formas jurídicas. Emergencia en tanto urgencia y emergencia en tanto irrupción de la novedad. Y ambas, problematizan en nuestra contemporaneidad americana la liberación de lo jurídico respecto de sus “formas”. Si toda “formalidad” implica el ocultamiento (negación y eliminación) de las diferencias, la descolonización de los derechos pasará, entre otras cosas, por la destrucción de las formas ante el desborde de los contenidos.  O bien, bajo la disolución de la escisión (resabio de antigua antropología) de la vida misma. Retomando a Agamben:



“Una vida que no puede separarse de su forma... define una vida -la vida humana- en que los modos, actos y procesos singulares del vivir no son nunca simplemente hechos sino siempre y sobre todo posibilidad de vivir, siempre y sobre todo, potencia. Pero el poder político que nosotros conocemos se funda siempre en la separación de la esfera de la nuda vida con respecto al contexto de las formas de vida” (Agamben, 2001:14).








  1. Colonialidad y Sensibilidad





Junto a las grandes áreas de abordaje de las filosofías descoloniales –Colonialidad del Ser, Colonialidad del Saber y Colonialidad del Poder- aparece también lo que Walter Mignolo llama la Colonialidad de la Sensibilidad[14]. En este lugar enunciativo, aparece el patrón de poder de la Modernidad/Colonialidad operando al mismo tiempo sobre lo corporal y lo espiritual, poniendo así en escena dos de los mitos que el eurocentrismo ha instalado como modos de la Colonialidad: el mito del dualismo y el mito del etnocentrismo (el blanqueamiento de la auto-imagen de los colonizados). Es en el ámbito de la estética, y, dentro de ella, en los modelos del arte, donde vuelven a aparecer inscriptos los caracteres de la dominación bajo la forma de la auto-representación grabada en la sensibilidad de los oprimidos. Al hablar de sensibilidad hablamos de los sentidos, hablamos del cuerpo, y a la vez hablamos de una pedagogía de la Colonialidad. Pedagogía que es a la vez un dispositivo de subjetivación, en el cual el arte actúa como un espejo deformante que devuelve al colonizado su propia imagen, pero asimilada a través de la mirada del colonizador.

En el arte barroco americano, aparecen los cuerpos de indios, negros, criollos y mestizos modelados según el patrón de raza, el cual es, como sabemos, un sistema de organización social del trabajo y de control biopolítico de las poblaciones. Para que este dispositivo funcione, y para que el arte adquiera forma y estilo dentro de un patrón de poder eurocéntrico, fue necesario un movimiento de imposición de nuevas modalidades perceptivas en relación al espacio, al tiempo, y a la forma en la que los seres humanos se ven ligados a ambos. El espacio-tiempo unificado del universo agrario prehispánico debió ser sustituido por la espacio-temporalidad capitalista. Esto es: espacio y tiempo fragmentarios, cuantitativamente distribuibles y, además, abstractos, en tanto susceptibles de ser monetarizados como valor de cambio. En un segundo movimiento, esta espacio-temporalidad funda un tiempo histórico procesual y lineal, el tiempo del desarrollo (mito evolucionista) y el utopismo, como lugar abierto a la novedad –que solo puede emerger como expectativa de futuro. En palabras de Quijano:

Desde esa perspectiva, es necesario admitir que América y sus consecuencias inmediatas en el mercado mundial y en la formación de un nuevo patrón de poder mundial, son un cambio histórico verdaderamente enorme y que no afecta solamente a Europa sino al conjunto del mundo. No se trata de cambios dentro del mundo conocido, que no alteran sino algunos de sus rasgos. Se trata del cambio del mundo como tal. Este es, sin duda, el elemento fundante de la nueva subjetividad: la percepción del cambio histórico. Es ese elemento lo que desencadena el proceso de constitución de una nueva perspectiva sobre el tiempo y sobre la historia. La percepción del cambio lleva a la idea del futuro, puesto que es el único territorio del tiempo donde pueden ocurrir los cambios. El futuro es un territorio temporal abierto. El tiempo puede ser nuevo, pues no es solamente la extensión del pasado. Y, de esa manera, la historia puede ser percibida ya no sólo como algo que ocurre, sea como algo natural o producido por decisiones divinas o misteriosas como el destino, sino como algo que puede ser producido por la acción de las gentes, por sus cálculos, sus intenciones, sus decisiones, por lo tanto, como algo que puede ser proyectado, y, en consecuencia, tener sentido[15].



Caracterizar el fenómeno de la Modernidad es una tarea compleja. En primer lugar, no está claro si se trata de una etapa histórica ya abandonada, o si, por el contrario, solo padecemos una más de sus camaleónicas facetas. Por otro lado, aun admitiendo que se trate de una formación histórica, no puede explicarse como tal sin considerar que la noción de historia es un dispositivo moderno, por lo cual, pensar en la modernidad desde la perspectiva de la historia implica enredarse en una explicación circular. Tanto la Modernidad/Colonialidad como la historicidad acorde con esa matriz de poder deben ser pensadas no como bloques conceptuales homogéneos, sino como “campos” de tensiones dentro de los cuales conviven multitudes de movimientos muchas veces contrapuestos e irreconciliables. Esta complejidad dialéctica –pero de una dialéctica “negativa”, que no se resuelve nunca en una síntesis-, es lo que Quijano llama “heterogeneidad histórico estructural”. Convivencia de diferentes representaciones espacio-temporales, sedimentaciones culturales acopiadas y activas que se suman, pero no se anulan, dentro de un campo o sistema de explotación de cuerpos y subjetividades (Colonialidad del poder).

Uno de los dispositivos emergentes dentro de este patrón de poder colonial funcionó –y funciona actualmente- en las prácticas artísticas. Un ejemplo de cómo ingresó la colonialidad de la sensibilidad en América lo desarrolla Adolfo Alban Achinte en un artículo del año 2010 titulado Pedagogías de la re-existencia. Artistas indígenas y afrocolombianos[16].

Allí, siguiendo los lineamientos del grupo Modernidad/Colonialidad, describe el proceso de “blanqueamiento” estético programado, a partir del cual el arte funcionó como una pedagogía colonial desde la cual se impusieron valores y jerarquías. En ese sentido, el espacio y el tiempo actuaron como categorías de colonización de las conciencias. En el caso del tiempo, la diferencia entre la contemporaneidad de la modernidad y la temporalidad de las culturas oprimidas generó una convivencia en el espacio disociada de una convivencia en el tiempo:



“Por este sendero, el proyecto moderno/colonial occidental se resistió a contemporizar a estos pueblos que se deslizaban por los puntos de fuga de una geometría del espacio y de la vida que constreñía la posibilidad de existencia; no todos podían caber en el mismo tiempo así todos estuvieran compartiendo el mismo espacio, maravillosa escisión que localizaba en lo físico-territorial para la dominación y deslocalizaba en lo temporal para la exclusión, tamaña paradoja que se mantiene en estas sociedades que se precian de pluriétnicas y multiculturales en dónde la diversidad tiene dos caras: (1) la del reconocimiento para consolidar la narrativa de la democracia así sea construida sobre la base de las desigualdades y; (2) la del rechazo cuando se requiere impulsar megaproyectos de desarrollo que son obstaculizados por la presencia de creencias y manifestaciones culturales de esa diversidad”.



Se trata de un quiebre epistemológico orientado hacia la inferiorización de aquellos que “se quedaron en el pasado” (Orientalismo) frente al progreso declamado por la racionalidad occidental (falacia desarrollista).

En el caso del espacio como lugar de re-presentación, Alban Achinte hace referencia en el mismo escrito a la manera como la colonización actuó en relación a la auto representación del oprimido:



“… se configuró todo un sistema de representación de esos otros pintados con el pincel del colono, a imagen y semejanza de su retina y de esta forma impidiendo, o tratando al menos por todos los medios de impedir, que ese otro pudiera re-presentarse a sí mismo. En esta medida la imagen del otro construida, negó la posibilidad de configurar una mismidad del sujeto colonizado, a esto Fanon lo denominó “imposibilidad ontológica”, en tanto y en cuanto ese otro se apropiaba de la representación que de él se hacía, asumiéndola como su propia re-presentación”.



En su obra Piel Negra, Mascara blanca, Fanon aborda el tema de la corporalidad a través de varias categorías que buscan –denunciando el dualismo cartesiano- desentrañar las marcas coloniales grabadas en los cuerpos y en las subjetividades de las poblaciones subalternizadas. Aquí la preocupación no es el cuerpo dado sino el cuerpo construido. ¿Cómo se construyen, cómo se intervienen los cuerpos para integrarlos en un sistema de explotación?  En el texto recién citado, esta operación, que Fanon llama “epidermización” –y cuya disciplina de estudio es la “sociogenesis”- adquiere una profundidad (sub) ontológica ya que la corporalidad, liberada del dualismo que la reduce a mera máquina, aparece como la primera determinación existencial de lo viviente, y del ser humano en tanto ser vivo.

La estética decolonial pone énfasis en este hecho colonizador y lo señala desde el amplio yacimiento de los procedimientos artísticos. La historia mundial del arte es aquí la “materia” discursiva para modelar nuevas maneras de señalar la Colonialidad.

Históricamente, el poder colonial español en América ha basado su dominio en una división racial de la sociedad, (con su consecuente “cromatización” de las funciones sociales) y en el adoctrinamiento en la sensibilidad estética, en función de la ya mencionada auto-representación. Así, según Quijano, en su trabajo del año 2001 titulado “Colonialidad del poder, Cultura y conocimiento en América Latina”[17], las identidades oprimidas, fueron



“impedidas de objetivar sus propias imágenes, símbolos y experiencias subjetivas, de modo autónomo, es decir, con sus propios patrones de expresión visual y plástica” acompañado esto por una “condición deshonrosa de su propio imaginario”.



Sin embargo, señala Quijano en el mismo lugar, existe el movimiento contrario. Si las sociedades humanas son heterogéneas y dinámicas, si desarrollan adaptaciones, mutaciones e incluso contramovimientos permanentes, cabe esperar que la actividad social, aun en el interior del sistema de explotación impuesto por los patrones de poder. Produzca alteraciones sensibles sobre dichos patrones. Uno de los lugares donde cobra literal visibilidad esta “re-originalizacion” sedimental de la corporalidad “blanqueada” es la representación artística. Continua Quijano:



“La expresión artística de las sociedades coloniales da clara cuenta de esa continuada subversión de los patrones visuales y plásticos, de los temas, motivos e imágenes de ajeno origen para poder expresar su propia experiencia subjetiva”.



Tomando los ejemplos del barroco colonial, Quijano cita a las escuelas de Cusco y Quito, así como a las esculturas del brasileño Aleijadinho, a “la iglesia de Potosí, altares barrocos, cerámica y tejidos de las áreas mexicano-centroamericanas y andino-amazónica o a la vestimenta, los adornos, fiestas, danzas y ceremonias antillanas, brasileñas y del altiplano de Bolivia y Perú”.



Estos ejemplos de “re-originalización” (por subversión y apropiación) dan cuenta de hasta qué punto elementos coloniales y colonizados aparecen en el arte como movimientos opuestos de apropiación e imposición cultural. Quijano habla en estos casos, de “subversión” rechazando las nociones de aculturación, mestizaje o hibridación. La conflictividad entre orígenes culturales diversos bajo una condición colonial de dominación no puede diluirse en categorías homogeneizadoras, donde el conflicto se resuelve en un encubrimiento de lo que Mignolo ha llamado la “herida colonial”. Así pues, resume Quijano (2001),



“… los dominados aprendieron, primero, a dar significado y sentido nuevos a los símbolos e imágenes ajenos y después a transformarlos y subvertirlos por la inclusión de los suyos propios en cuanta imagen o rito o patrón expresivo de ajeno origen. No era posible, finalmente, practicar los patrones impuestos sin subvertirlos ni apropiárselos, sin reoriginalizarlos…”



De esta manera podemos encontrar en la raíz misma del arte latinoamericano las huellas de una sorda batalla entre lo propio y lo ajeno, ajeno que no es del todo tal, ya que actúa como polo indispensable en esta configuración agonal del ser americano. 








6 ¿Educación y liberación?





“Hay un déficit del sentido liberador en la educación (…) el doble divorcio entre la ética y la rebeldía social por un lado y el de la filosofía práctica y las teorías pedagógicas por el otro”.

“En efecto, si la ética es siempre una especie de “llamado al orden” y el orden es sinónimo del “occidente ideológico”, restaurar la dimensión normativa de la educación conducirá fatalmente a acentuar la diferencia colonial”. Berisso, Daniel, Qué clase de dar es el dar clase? Antropofagia, Buenos Aires, 2015.



Es difícil, en este momento de la in-volución humana, en su demencial hundimiento en los abismos de la “post-verdad” y otras excusas ideológicas tendientes a autojustificar el cinismo, la idiotez y la crueldad individual o masiva, negar que todos los modelos educativos ensayados hasta el momento han fracasado.

Dos observaciones pueden hacerse una vez aceptados los puntos de vista liberadores-descolonizadores en la semiopraxis (la expresión es de J.L. Grosso) educativa. La primera observación atañe al eje que asocia lo “inclusivo” con la incorporación de los saberes populares expresados, por ejemplo, en las narrativas discursivas. Siguiendo a Bourdieu, se debe prestar atención a los mecanismos de absorción-identificación que aparecen en el habla cotidiana popular, de los preceptos discriminadores que orientan el imaginario de las clases dominantes. En ese imaginario, todo lo que es “popular” emerge como lo “negativo”; este dispositivo se extiende incluso a las estructuras de dominación internas de las clases dominantes, que operan tácitamente el dominio en una matriz jerárquico-patriarcal, por lo que las mujeres, jóvenes y niñxs adquieren un lugar subalternizado[18] incluso dentro de la clase social dominante. Dicha matriz se proyecta sobre las clases dominadas en dos momentos: el primero, como simple y directa discriminación; en el segundo, que en realidad es simultaneo y constituyente del primero, los sectores subalternizados incorporan y reproducen el imaginario del dominador. De manera que la acción liberadora en una pedagogía de la liberación debe apuntar a este dispositivo colonial de autoconstitución del sujeto dominado.

La segunda observación, declarada por Carlos Skliar (2000), pone en guardia frente a la inclusión entendida como un mecanismo, que también tiene dos momentos, en cuya articulación se esconde una trampa. El momento 1, siguiendo a Skliar, corresponde a la demarcación de un nosotrxs incluyente, demarcación no libre de arbitrariedades ya que ese nosotrxs, aun reclamando sus buenas intenciones de hospitalidad, instituye desde su enunciación una alteridad “dibujada” muchas veces a partir de un imaginario blanqueado sobre cuya funcionalidad no se ha practicado una crítica suficientemente profunda. En el momento 2, una vez demarcado el “nosotrxs”, se “invita” al “Otrx” a incluirse en la mismidad de la identidad hospitalaria. No suele preguntársele a ese “Otrx” cuál es su propix criterio demarcativo de la alteridad. Con frencuencia ocurre, volviendo a la primera observación, que el “otrx” de ese “otrx” no es el que suponíamos, que el otrx se siente más cercano al mundo al que se le propone incluirse (es decir, él o ella ya se siente incluido en el “nosotxs”) siendo que su otrx es, en realidad, un “otrx” que no aparecía en el universo blanqueado que habíamos “dibujado” como horizonte de integración. Al final de este círculo macabro, reaparece lo que se quería conjurar: el “otrx” visualiza y reproduce la alteridad siguiendo los mismos patrones desde los que él/ella son alterizadxs.

La instauración global de una civilización prostibularia (en el sentido de un ejercicio de la dominación por sadismo) es una evidencia cotidiana, que recorre un camino “axiológico” descendente que circula en toda la “esfera” social: no sabemos si surge del sentir de la “calle” o si es insidiosamente producido e inoculado desde la clase dominante, o si por el contrario se trata de un nihilismo espontaneo resultante de 5000 años de decadencia cultural ininterrumpida. No importa el origen. Aquel “nihilismo negativo”, del que se hablará más adelante, y que Nietzsche avizorará como fatum final de la civilización europea, ahora recorre el mundo como una corriente sanguínea. A nadie le importa diferenciar entre la mentira y la verdad, por lo que la única ley que existe es la ley del más fuerte.

La educación no es ajena a este “malestar de la cultura” (¿o de la civilización? –puesto que pone en jaque a esta última en tanto bestialización de las relaciones sociales, frente a una cultura que permanecería como sustrato auténtico o “morada” y que se habría perdido en la vorágine del egoísmo y la corrupción del sentido gregario). No solamente la educación está atravesada por ese malestar, sino que además lo reproduce.

Uno de los aspectos más evidentes de la Colonialidad del saber es la fragmentación[19], no sólo de los campos considerados como conocimientos “significativos”, que disgrega en disciplinas especificas e inarticuladas eludiendo siempre la proyección del lugar imaginario que unifica y otorga significado a lo aprendido. Debajo de esta fragmentación encontramos otra, que es la separación de los contenidos y las demandas –atentas a diferencias, necesidades y urgencias- de quienes están en el rol de “educandos”. Nunca se pregunta a los estudiantes qué es lo que consideran importante aprender. Y si se lo hace, es porque previamente se ha generado un contexto condicionante a sus respuestas. Se trata en ese caso de un “marcar la cancha” para que la encuesta ajuste sus resultados a lo que se quiere obtener de ella.

La pregunta más escuchada en las aulas de diferentes niveles es “¿para qué me sirve estudiar esto?” Pregunta fundamental que nadie sabe responder en su verdad, porque nadie tiene claro un modelo, siquiera utópico, de sociedad en la que esos saberes adquieran algún sentido. Y como el “no se sabe” del educador/a es inconfesable –ya que pondría en riesgo y evidencia la “voluntad de poder” de la narrativa pedagógico-jerárquica- se echa mano a la narración de lo “real-político” en educación: la celebración de lo funcional.

Aquí actúa un dispositivo que los sociólogos suelen caracterizar como “sedimental”; un campo semántico en el que los contenidos de diversas épocas, modelos, proyectos y utopías se van acumulando, vaciados de sus contextos y mezclados sin objetivo ni función. Las “voces” que se tejen en los discursos y narrativas de docentes y estudiantes provienen de universos discordantes y divergentes; los valores, las expectativas y orientaciones de la educación configuran un pastiche porque la sociedad global entera lo es. La axiología prostibularia de los medios de comunicación opera de manera permanente en la escuela. Una “sociedad” que insiste en la convivencia de estas voces, por más esfuerzos críticos que ensaye para separarlas y evaluarlas, no puede ya hablar de “educación”. Apenas si llega al nivel de una serie de instrucciones que pretenden “adaptar” a los y las jóvenes a un universo demencial donde valores arcaicos deben realizarse como islas dentro de un mar de intereses egoístas sin norma ni ley. Veamos allí, saltando en la pantalla o gritando en las radios, al proxeneta presidente, al esclavista emperador, al vocero de groserías misóginas levantando su premio entre aplausos y ovaciones, al saqueador erigido en ministro, al criminal erigido en juez. Para una mente infantil ese aplauso, esa ovación, esa figura del éxito es lo real. El discurso crítico de la escuela es una tomada de pelo, una burla a la inteligencia más sencilla y una negación de la evidencia más clara.

Y dentro de esto, o mejor dicho, por encima de todo esto, la intención colonial que sustrae talentos para ponerlos a producir en un mercado de genios anónimos y fugaces, literalmente succionados por la amoralidad corporativa.

Lamento ser profundamente pesimista en mis perspectivas sobre la capacidad liberadora de la educación, haciéndome eco del déficit, aludido en el primer epígrafe de este aporte. En un mundo de esclavos, el que se declara libre es el que se lleva la peor parte. Por eso las sociedades prefieren, mediante su voto, modelos que garanticen la (re)producción de un esclavo eficaz, talentoso, inmoral, egoísta. Siempre disponible para usar y desechar, siempre dis-ponible para ser usado y luego desechado él también.

Préstese ahora atención al siguiente círculo-interrogante del tipo “el huevo y la gallina”: ¿para construir una sociedad descolonizada, hay que comenzar por educar personas y grupos “liberados”? ¿O será al revés? ¿Una educación sólo será liberadora cuando se produzca dentro de una comunidad liberada?

Como todos los círculos hermenéuticos, éste, que involucra no solo la interpretación sino especialmente y sobre todo también la praxis, se resuelve en una combinatoria de lo simultáneo: las dos cosas se construyen y se destruyen al mismo tiempo. El paso de lo descendente-vicioso a lo ascendente-virtuoso requiere de un ordenamiento cuasi fortuito de infinitas variables que ningún poder político puede controlar en su totalidad.

Entonces ¿todo queda librado al azar de la oportunidad histórica? En gran medida, sí.

Pero hay algo que en la historia nunca se disuelve, no se ha disuelto y nunca se disolverá: la insistencia. En este sentido la educación como praxis liberadora tiene su garantía en su obcecada determinación. Siempre, en todos lados, aparecen rebeldes, no importa a cuantos maten, a cuantos callen o a cuantos exhiban como trofeos del ridículo. Emerge en esto una figura de épica cuestionada pero irreductible al fin. La rebelión (no la rebeldía, que es siempre una proyección del egoísmo) como subjetividad contra-hegemónica de la Colonialidad del saber. El rebelde –individual- siempre termina muerto. La rebelión –colectiva- es una amenaza milenaria e indisoluble.

Cada época merece un tipo de rebelión diferente. En una era de las armas y el terror, la rebelión consiste en la persistencia silenciosa y no violenta de amor-amorosidad y fluctuación de los dones como trabajo operante de la gratuidad de la vida. En una era de fragmentación alienante, la rebelión emerge como praxis de la recuperación (re-existencia) de aquello que aparece como separado, desgarrado, descuartizado (como el cuerpo-cosmos de Túpac), objetivado en la religión de la eficacia. Y cuando la historia se levante como un reino imposible de homogeneidad, cohesión y totalidad, la rebelión será la insistencia en diferenciar, analizar y separar nuevamente aquello que en su existencia se da como diferente-diferido y en su individualidad se da como milagro de lo inconmensurable.








7. Antropocentrismo, Ecosofía y Nihilismo.

   



“La negación de las alternativas opera por medio de la utopización de la sociedad dada. Cuanto mayor es esa utopización, menos espacio queda para el pensamiento de alternativas. Alternativas que no se pueden pensar, tampoco se pueden realizar. El pensamiento de alternativas solo puede ser controlado cuando la sociedad que niega la posibilidad de alternativas, se presenta como la realización virtual de la utopía. El totalitarismo del siglo XX, en todos los casos, ha aparecido en nombre de la utopía realizada en la sociedad que se totaliza. Este proceso lo hallamos en las ideologías utopistas del neoliberalismo de hoy”. Hinkelammert, F. (1995)



 La condición heredada de la Modernidad, aquella que supone que existimos en un mundo mecánico hecho de partes autónomas ensambladas, ha producido una cultura planetaria de la escisión cuya fórmula más mencionada es la división entre naturaleza[20] y cultura. En su aspecto ético, esta condición puede ser planteada a partir de Marx y el concepto de alienación: alienar significa justamente dividir, escindir, enajenarse de sí mismo y perder el sentido de la unidad[21]. Si bien en un primer estrato fenoménico esto puede sentirse como una expansión de la subjetividad que se desdobla más allá de sí misma -proyectando en un gesto la energía del “desarrollo” de una fuerza viva subjetiva- en los momentos ulteriores se revela que la verdad de este movimiento no es la reconciliación del en sí y el para sí, sino el extravío de ambos en un paroxismo, que, con Nietzsche, podemos llamar nihilismo.

Dice Nietzsche en el fragmento 11(411) de los Escritos Póstumos: “Toda nuestra cultura europea se mueve desde hace ya largo tiempo con una torturante tensión que crece de década en década, como hacia una catástrofe: inquieta, violenta, precipitada, como una corriente que busca el final, que ya no reflexiona, que tiene miedo de reflexionar”

La reflexión aquí temida es la reconciliación, ya imposible, entre la naturaleza y la cultura. La orfandad globalizada del hombre respecto de la Tierra Madre, la reducción de la Matriz genética a Matriz industrial, la anulación productivista de la reproducción de la base material de la vida forma parte de esta corriente que busca el final, porque no puede volver a sí, porque la enajenación alienante ya es camino sin retorno.

 En todo esto, la voluntad de muerte de la incultura globalizada, una forma de extrema de bestialización[22] nihilista de la autopercepción humana, plantea a la indagación filosófica un paisaje donde lo ético emerge como una dimensión estratégica, instrumental, -de segundo orden respecto de una problemática prima, que reside en el campo de la antropología y la metafísica- y que se resuelve en una ética de la praxis expresada en modo condicional: si quieres seguir viviendo, reconsidera tu relación con la naturaleza.

 Como todos los condicionales, su poder de sanción queda abierto a la elección. Y ya sabemos cuáles son los resultados a la moda en materia de elecciones. En el fragmento de Nietzsche recién mencionado se habla sin embargo de una necesidad: “Tal historia puede ser relatada hoy, porque la necesidad de la misma está actuando aquí. Tal futuro ya habla a través de un centenar de signos”. Y entre estos signos, la certeza del apocalipsis frente a la condicionalidad electiva de la elección salvífica –expresada en el reconocimiento de la “dignidad” de la base material de la vida (Principio ético material en la Ética dusseliana) por sobre las múltiples y variadas determinaciones del “valor”- anuncian un final sombrío.

 Porque es un hecho constatable que la mayoría de los seres humanos no considera a la vida ni como un valor, ni mucho menos como una fuente o fundamento del mismo. No hay oídos para la palabra dignidad. De otro modo las rebeliones contra el extractivismo depredador se sucederían unas tras otras, en escala creciente, sin detenerse ante repetidos fracasos. Se trata aquí de la advertencia del epígrafe, en la que Hinkelammert nos recuerda la clausura operante en una sociedad global utopizada, que no deja lugar al planteamiento –con pretensión de realización- de alternativas.

 Ante esta duda, un camino que me propongo transitar es el de la crítica a los antropocentrismos de diferente signo, profundidad u origen. Porque la alternativa en este caso pasa por una renovada autopercepción de lo humano, y no por una decisión ética, sea individual o colectiva, que podría dar vuelta el curso de la historia (suponiendo que exista una sola historia), si los agentes que están en posición de tomar decisiones a escala global mutaran milagrosamente en seres completos dotados de corazón.



Existe en la indefinida comunidad de los seres un principio de reciprocidad, al que ya nos referimos al comienzo de este trabajo, y junto al cual aparecía asociada la idea de una meta-ética o “ruwanasofìa” (Estermann, 2006:245), que incluye a lo no-humano no solo como “objeto” de derecho, sino como agentes (en el sentido de Gell, 1988), de una reciprocidad cósmica. Esta reciprocidad opera en diferentes niveles, entre los cuales la aparición humana es circunstancial. El cuidado del equilibrio de esta reciprocidad es tarea humana, pero es solo una perspectiva entre otras y cada especie la ejerce a su modo. La ética siempre es antropocéntrica, como han aclarado Jonas y muchxs otrxs. Pero una meta-ética o ruwanasofìa, es antropomórfica, desde el momento en que se asume a la naturaleza como sujeto de intercambio de bienes. En este contexto hay que aclarar que las nociones de libertad, albedrío y subjetividad son ajenas al pensamiento andino. Concebir la ética como ejercicio de una libertad de elección incurriría en una transculturación. Donde no hay diastasis entre naturaleza y cultura –y donde implícitamente se asume la realidad de una cultura no-humana- la noción de libertad se desplaza dramáticamente hacia un ámbito donde las opciones son, al modo de los estoicos, seguir o no seguir el curso fijado por la “gran política” cósmica (con las consecuencias correspondientes a esta clase de decisión). El principio de reciprocidad obliga desde la physis, como un elemento trans-ontológico que regula la comunidad relacional de los seres.

 Sin recurrir a estudios prospectivos y prestando oídos a la experiencia vivida, se pueden anticipar apenas unos pocos escenarios en el futuro cercano: a) aumento e intensificación del deterioro ambiental, con una progresiva eliminación de seres vivientes, humanos y no humanos, hasta la estabilización cuantitativa en una escala reducida (en otras palabras, que solo sobreviva un porcentaje de la humanidad, aquella que pueda sostenerse con los recursos residuales); b) una lenta y progresiva revolución tecnológica que revierta gradualmente el deterioro, minimizando la victimización y la exclusión. Aunque sin poder evitarlas de manera completa.

 Estos dos sentidos de la historia, dibujan dos antropologías diferentes y son necesidades que se dan más allá de las decisiones “responsables” de los actores éticos. En el primer caso, permanece el “Hombre” actual, en su condición bestializada y enajenada. Su proyección es la eliminación indolente de sus semejantes, a expensas de un sálvese quien pueda netamente sub-animal. La segunda línea de tiempo requiere de una reconfiguración metafísica y antropológica de la autopercepción de la especie, tampoco dependiente de decisiones de “individuos responsables”. Tal reconfiguración, desde la óptica de un post-nihilismo igualmente global, puede conjeturarse como un acto reflejo de supervivencia, que instale, tal vez por primera vez en la Tierra, una meta-cultura de la solidaridad, reponiendo la autopercepción utópica de una imagen Humana no escindida, ni consigo misma, ni con la naturaleza, como la sugerida, via negativa, en el párrafo de Marx que citamos más arriba, in nota. El modelo comunitario-agrario, en clave post industrial y las organizaciones socioeconómicas en escala regional primarían y reemplazarían el modelo consumista globalizado.

 En este sentido, siguiendo la terminología de Enrique Téllez Fabiani, una reconfiguración no destructiva de la antropología, haría primar el valor simbólico y el valor ecológico, por sobre otras determinaciones “capitalistas” del valor: valor de uso y valor de cambio (lo que conlleva a la disolución o transfiguración de las instituciones que hacen posible estos fenómenos: mercado, capital, propiedad privada y estado).





 MB enero 2017












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[1]     Para una interesante caracterización de la definición de filosofía en términos interculturales, véase Estermann, (2006, 1).
[2]  Roig (1993), Salazar Bondy (1968)
[3] Las nociones de autenticidad y originalidad son dos “mitos” fundantes de la modernidad y forman la contracara de la utopía. Se los puede pensar como punto de partida y punto final del despliegue de un relato histórico lineal y unidireccional; en Heidegger, la originalidad y la autenticidad se desvinculan de ese imaginario histórico moderno y se establecen como mitos fundantes de una ontología post-metafísica. En este sentido pueden incorporarse estas difíciles nociones en el pensar de la América nuestra: posiciones de clivaje entre la herencia moderna y el nuevo espacio intelectual que se abre con la irrupción de “lo americano” como acontecimiento destructor de la historia de la metafísica. Vease Dussel (1980:19 y ss): “En este capítulo el discurso filosófico de la liberación accede al ámbito originario, al "desde-donde" todo procede. Por ello hemos denominado nuestra reflexión una "arquelógica": un logos sobre el "origen". En griego, arjé significa "'comienzo" (como en hebreo rishit), pero también fundamento (en alemán Grund) o causa (aitía), (Ursache). Este será el sentido ontológico de la cuestión (que se tratará en el § 68). En nuestro caso queremos incluir en su significación lo que está "más allá" del fundamento (anarjé): "desde donde" todo "salta" (Ursprung) o aún mejor, lo abismal, abisal (Abgrund), más allá del fundamento. Será la cuestión metafísica por excelencia" (…) “Arqueológica" significa entonces el pensar filosófico que accede no sólo al fundamento de la totalidad sino también al "desde-donde" la totalidad procede.  
[4] Problema ya presente, por ejemplo, en el ensayo Des Cannibales de Montaigne, de 1552. Crf Bonilla (2013:87): “Segun M. de Certeau, la pregunta por el lugar del “otro” (extranjero o salvaje) desencadena en Montaigne una operación espacializadora doble. Por un lado, se redistribuye el espacio cultural, mediante la fijación o desplazamiento de las fronteras que delimitan los campos culturales (lo familiar vs. lo extranjero) y las distribuciones espaciales que sustentan y organizan una cultura; por otro, se afirma el lugar de enunciación”.
[5] Sobre las descripciones relacionales, éticas y políticas del espacio y tiempo, véase Massey (1991; 2006).
[6] Panikkar, (2004: 27).
[7] Uso la palabra diferencia a partir del examen que Derrida (1998) desarrolla a partir del vocablo francés “differance”, aunque ciertamente mi “apropiación” es heterodoxa, por lo que aclaro los usos que le doy: como “distinto” y como “diferido”. En el primer caso, aludiendo a los elementos propios de un pensamiento indoamericano que pueden ser discernibles como aporte de un pensar desde este lado del mundo; en el segundo caso, aludiendo a la característica de lo diferencial de poner en juego un movimiento ilimitado de diferenciación (diferimiento y difusión), en tanto la diferencia es multi-plicadora de sentidos. A pesar de la partícula “di” que indica dualidad o diastasis, uso la expresión diferencia en dirección de un pensar de lo múltiple que problematice una lógica binaria de la dualidad totalizante.
[8] Viveiros de Castro (2002: 345-400)
[9] Es notorio el vínculo que, aún desde una perspectiva exógena como puede ser la filosofía critica, encontramos entre los modos de producción, intercambio y organización social y la experiencia de la naturaleza como entidad vital y espacio trascendente que se erige en centro de un horizonte en el que el ser humano no se asume como protagonista principal, sino solo como uno de sus actores. Véase Sevilla Guzmán (2011), donde se desarrollan los vínculos entre las tradiciones pre y post marxistas, acerca de la cuestión agraria, y el “metabolismo social”, al tiempo que se toma como ejes los textos que le dedica Marx en El Capital. Allí puede leerse, por ejemplo: “La gran industria y la agricultura industrialmente explotada en gran escala operan en forma conjunta. Si en un principio se distinguen por el hecho de que la primera devasta y arruina más la fuerza de trabajo, y por consiguiente la fuerza natural del hombre, la segunda depreda en forma más directa la fuerza natural del suelo; en el curso ulterior de los sucesos se articulan, puesto que el sistema industrial aplicado a la agricultura también extenúa a los trabajadores, mientras que la industria y el comercio introducen en la agricultura los medios para el agotamiento del suelo (Marx, tomo iii; 1981: 1.034 y 1991: 949”). A lo que el autor agrega: “Como hemos señalado anteriormente, en los últimos 10 años de su vida y motivado por la riqueza que adquieren en Rusia los debates narodnistas en torno al primer tomo de El capital, Marx aprende ruso y bajo la influencia de esos debates se introduce en el análisis del campesinado en el proceso histórico. Al hacerlo retoma los problemas planteados en sus esquemas aclaratorios sobre la evolución de las sociedades como crítica a la economía política. Según muestran Shanin (1984) y sus colaboradores en su análisis del último Marx, éste llega a aceptar un evolucionismo multilineal del proceso histórico, así como la coexistencia de distintas formas de explotación en la estructura socioeconómica de una determinada sociedad. (p95).

[10] Dice Rodolfo Kusch (1981): “Como nos esforzamos en vivir apetencias creadas por el intelecto, nuestra soledad es solo una postura con que justificamos nuestra formación occidental, el límite a que nos concreta la vocación por una actitud cultural de tipo europeo en que nos vemos encaminados, una modalidad para dar rienda suelta a nuestro afán de expresarnos en una tierra que -lamentablemente- no posibilita ni aun necesita de esa expresión. El nuestro es nada más que un problema de existencia. Lo resolveremos con América y no con el intelecto, ya que para que una cultura surja es preciso vida”.
[11] Vease Canclini (2013); donde se distinguen (e historizan) las categorías de sincretismo, mestizaje y creolización, consideradas por el autor como casos específicos de hibridación inter e intra culturales. Scannone y Cullen, hablan síntesis, mientras que Quijano se refiere a procesos de “reoriginalización” y Kusch incorpora la categoría, a nuestro juicio más propiamente americana, de “fagocitación”.
[12] Sobre el método de Kusch véase, v.g. Viveros Espinoza (2016).
[13] Sobre el concepto de hiperpotencia, Véase Dussel, (2009, 2006). Se trata de una determinación de lo político en tanto acto fundador del orden político que sin embargo no cristaliza en la formación de un estado opresor que anularía la voluntad instituyente.
[14] Véase al respecto, Mignolo, W, Gomez, P (2012) y Mignolo, W.. (2011, 2014)
[15] Quijano (2000:216 y ss).
[16] Alban Achinte (2010:408)
[17] Quijano (2001)
[18] Spivak (2003: 297-364), donde desarrolla un extenso movimiento teórico que va desde “…una crítica a los actuales esfuerzos en Occidente de problematizar al sujeto, hacia la pregunta de cómo es representado en el discurso occidental el sujeto del tercer mundo”.
[19] “… el dominio no sólo se abastece de la disociación del individuo sino también y principalmente del aislamiento de cosmovisiones y programas de acción” (Berisso, 2015: 27).
[20] Sobre la caracterización de la noción de naturaleza y sus relaciones con las de cosmos, mundo y cultura, dice Dussel: “La naturaleza es la totalidad de entes no-culturales… comprendidos en el mundo… que sin dejar de ser parte del cosmos como cosas reales…, sin embargo, tienen por fundamento de su sentido el proyecto histórico del mundo (…)  La naturaleza es el fenómeno… del cosmos; es el aparecer del cosmos en el mundo como totalidad. La naturaleza como totalidad fenoménica está constituida por entes naturales o fenómenos (…) Es desde el mundo, desde un mundo histórico, político, erótico o simbólicamente determinado, que comprendemos a la naturaleza e interpretamos a los entes naturales. Si hay una historia del mundo, la hay igualmente de la naturaleza… Se entenderá ahora lo que se quiere indicar cuando se dice que la naturaleza es políticamente interpretada: es hermenéuticamente visualizada desde el centro o la periferia (…) La naturaleza, lo no culturalizado del cosmos en el mundo (noción entonces negativa con respecto al trabajo humano), es el aparecer fenoménico de lo que es real, de suyo, anterior al mundo como orden de la manifestación…  pero nunca interpretado del todo (debido a la exterioridad del cosmos y por ello habrá siempre posibilidad de una historia futura de la naturaleza). El cosmos, entonces, es conocido como fenómeno mundano: es decir, es constituido en su sentido histórico… como naturaleza. (Dussel, 1996:129-131).
[21] Dice Marx en los Manuscritos de 1844, Cap. XXIV: “Mediante la enajenación, la conciencia que el hombre tiene de su género se transforma, pues, de tal manera, que la vida genérica se convierte para él en simple medio (…). El trabajo enajenado, por tanto… hace del ser genérico del hombre, tanto de la naturaleza como de sus facultades espirituales genéricas, un ser ajeno para él, un medio de existencia individual. Hace extraños al hombre su propio cuerpo, la naturaleza fuera de él, su esencia espiritual, su esencia humana (…) Una consecuencia inmediata del hecho de estar enajenado el hombre del producto de su trabajo, de su actividad vital, de su ser genérico, es la enajenación del hombre respecto del hombre. Si el hombre se enfrenta consigo mismo, se enfrenta también al otro. Lo que es válido respecto de la relación del hombre con su trabajo, con el producto de su trabajo y consigo mismo, vale también para la relación del hombre con el otro y con el trabajo y el producto del otro. En general, la afirmación de que el hombre está enajenado de su ser genérico, quiere decir que un hombre está enajenado del otro, como cada uno de ellos está enajenado de la esencia humana”.
[22] La expresión “bestializaciòn” la tomo de Deleuze, (2002:232) cuando dice “La betise es la bestialidad propiamente humana”. “Bestialización” difiere tanto de animalidad como de barbarie y apunta a una (di)solución de ambas oposiciones creadas por el humanismo euro-moderno. No es una “reducción” de lo humano a lo animal, ni del estado de sociedad al estado de naturaleza. Por el contrario, sólo dentro de un “mundo” antropocéntrico encerrado en el narcisismo humano puede darse el exceso de destrucción autoaniquilante que deriva en el nihilismo que planteo en este párrafo.