Lo que distingue una categoría de un concepto
cualquiera, es tanto su capacidad de explicar, es decir, de descubrir los sentidos implícitos
en las acciones discursivas, como su capacidad de relacionar esos silencios con sus causas y
sus fines. En esta breve caracterización metodológica, se
encuentra ya el significado político que hace de la epistemología un lugar
político y por ende de administración del poder.
Tanto la administración como el poder son
elementos de una definición de economía política, por lo que ya en la anterior
caracterización de la idea de categoría (y por tanto, de un orden epistemológico
tomado como “objeto” de la crítica) aparece una economía del saber, una
política del conocimiento y por lo tanto una disputa por la legalidad del
mismo.
No hay una categoría de todas las categorías
que permita explicitar los comportamientos que hacen a ciertas categorías más
importantes que otras. El devenir histórico sigue siendo algo que queda fuera
del control de la lógica económica.
Por eso, la aplicación de cualquier categoría
es parcial y orientada en función de intereses que salen de la narración
epistemológica, no importa cuán critica pretenda ser. Ahora bien, los discursos y narrativas cambian
de matiz al cambiar el lugar desde el que se los enuncia. Y a veces pueden
incluso revertir el sentido original.Las teorías descoloniales se han adentrado en esta problemática. No se hará aquí un mapeo de sus orígenes y vertientes, ni se considerará como un bloque constituido sino como un pensamiento en progreso.
Uno de los mayores problemas que ha afectado a
la filosofía tanto occidental como asiática, es su formato teológico. Aún
cuando los filósofos de todos los tiempos y lugares hayan proclamado su
inquietud crítica, la manera de elaborar esa crítica ha supuesto la
construcción de un corpus cuando no de una summa, de aserciones, descripciones,
métodos y conclusiones presentados como un modus cognoscendi, al cual se
adscribiría como “solución” ante una crisis ofrecida por la realidad material
enfrentada. Nietzsche hablaba de un “ideal ascético”, ideal que la filosofía habría
heredado de la religión, y a su vez habría transferido a las ciencias, de
manera que ninguna laicización epistemológica estaría excenta de transformarse
en un dogma, cerrando la critica sobre sí misma en un finale grotesco.
Un ejemplo de esto es la historia
hermenéutica del marxismo. Es sabido que
Marx nunca dio por terminado ninguno de sus libros, que su método de trabajo y
su pensamiento mismo respondían a la idea de una work in progress inacabada e inacabable, y esto porque su
fiolosofía respondía a una antropología del ser humano que veía a este como
fuente infinita de creación de valor. Existen por otra parte también cantidades
abrumadoras de pasajes donde Marx cede a una teología de la presencia –sensu
Levinas- lo que dio lugar a su dogmatización posterior. Pero las relecturas y ampliaciones del corpus
marxiano a partir de los años 60 del siglo XX desplegaron lo que Dussel llama
“un marx desconocido” donde el creador del materialismo dialectico aparece ya
como un teólogo, un fenómenologo y un vitalista, en las antípodas del
positivismo economicista al que se ha confinado a su pensamiento. Esta versión expandida de Marx, sumada a
aportes de la teoría critica, como por ejemplo la dialéctica negativa de
Adorno, deconstruyeron la filiación de Marx con una modernidad mecanicista y
totalitaria para reponerlo como un pensamiento vivo, en vías de un programa de
liberación que excede los confines de una descripción decimonónica de la
burguesía y del capital.
Creo
que es posible (e importante) realizar la misma operación con el resto
de los pensadores. De hecho es lo que hacemos al releerlos e interpretarlos en
cada lectura individual, generacional o histórica. Para una investigación de los procesos de
colonización estéticos es muy importante abordar la incidencia de los modos y
relaciones de producción dentro y fuera del arte, ya que esta tarea permite
encontrar el sentido y finalidad de las categorías con las que piensan los
fenomenos multiples en relación con el
arte.
Walter Mignolo ha propuesto el término de
Estéticas Decoloniales para caracterizar un conjunto de discursos y prácticas
artísticos que dan cuenta de los desplazamientos semánticos y conceptuales que
se operan cuando estos discursos toman conciencia de su lugar de enunciación.
Este lugar de enunciación es la “herida colonial”, marca cultual, pero también
corporal que no puede borrarse cuando quien enuncia procede un universo mental
signado por largos siglos de expoliación, negación y chantaje de una cultura
por parte de otra. La toma de conciencia, llamada en este contexto una
“re-existencia”, y su puesta en práctica más allá de la localización física del
enunciante, abre un horizonte capaz de
llamar a la desobediencia y al
cuestionamiento de las categorías normativas sobre las que funciona el arte.
En sus escritos sobre el tema, enriquecidos
por la colaboración de muchos investigadores que trabajan en el mismo campo,
Mignolo traza la historia de la reducción del concepto de aistesis, en tanto
sensación en general, hasta su conversión tardomoderna en Estética, donde la
sensación queda confinada al ámbito de lo Bello, adquiriendo esta palabra todos
los atributos de una intención colonizadora. La belleza proviene de occidente y
lo demás se mide por proximidad a ella. Así, como si se tratara de gradus ad
parnassus, de historizan las expresiones artísticas más primitivas en una línea
de tiempo que es a la vez una línea
ética y una línea política, acomodadas bajo la idea de “evolución”.
Occidente depredó y patentó desde su origen
los saberes ajenos, y los vendió nuevamente
a sus productores cargados de munición colonial. Por eso ya dudamos de
aceptar la existencia de historia, porque su solo nombre está cargado de
eurocentrismo, del mismo modo como dudamos de la Belleza, del Arte, de la
libertad y finalmente de ética. Todos estos términos han sido secuestrados,
activados y desactivados una y otra vez desde los mismo lugares y con las
mismas intenciones. Existe una plusvalía semántica para eurotizar conceptos,
palabras y pensamientos, devueltos finalmente como suelos estériles y agotados,
inútiles ya para toda explicación o crítica.
Las políticas extractivas de los saberes,
son, sabemos, un analogon de la economía
mundial en el modo global.
En el campo más estrecho del arte, parece
oportuno preguntarse si las nociones mismas de arte, estética, obra y otras
determinaciones de la imaginación per se, no son etiquetas mercantiles que
operan para secuestrar la imaginación, cargarlas de sentidos comercializables y
devolverlas luego, como cadáveres resurgidos, a una nueva generación de
productores de la imaginación a quienes se prohíbe hacer uso de un capital
tóxico.
En efecto, para que un artista sea
visibilizado debe ser expuesto en un mercado. Es el cordero que el capitalista lleva al matadero, en tanto
que, entre todas las mercancías en venta, es la única capaz de generar “de la nada” su propio valor. La belleza fue
inventada como valor de mercado, es decir, valor de uso y valor de cambio. Con
el ingreso al mercado se opera la transmutación de la aisthesis en estética, de
la poiesis en arte y del chamán en “artista”. El fondo se transforma en “forma”
y queda negado en tanto “monstruosidad”. El retorno de lo deforme puede ser
asimilado en tanto actitud antiestética a vender. Pero la dialéctica interna al
circuito mercantil subsume siempre el valor a secas a valor de mercado. No
importa lo que haga el artista, lo que lo define como tal es la venta de sus
excrementos en el mercado de arte.
De esta manera, si los términos con los que
tanto el artista como el mercader definen su participación en el campo
cultural del arte son términos pertenecientes a una economía política,
actualmente circulante bajo un régimen de colonización, la opción por una
re-existencia de aquello que el colonizador oculta pasa por desmontar las
condiciones del mercado y en definitiva por una puesta en riesgo de la propia
visibilidad.
No puede haber una estética descolonial si no existe una economía descolonial. Este es
el punto nodal del problema. Por definición, nada de lo que ocurre alrededor de
una institución colonial (Museo, Universidad, galería, pabellón, bienal, etc)
es realmente descolonial. Descolonizar la estética implica decolonizar las
instituciones sociales dentro de las que circula el arte. Decolonizar significa
alterar la dirección en la que circula el dinero, apropiarse del flujo de la
riqueza y ponerla al servicio de proyectos locales. Redefinición obligada de lo “local”: la
riqueza se queda en donde fue creada.
El arte puede florecer dentro o fuera del
capital. Pero no puede participar de un proyecto emancipador si funciona dentro
de una economía colonial.
En el primer caso se trata de la dimensión
ritual. No importa si hay o no expectadores, el arte se consuma como una
invocación esotérica, no requiere de divulgación ni de propietarios iluminados
por un aura comercial. El artista es en este momento anónimo, la obra es un
paso efímero en el tiempo y el espacio de consumación es la noche profunda, la
caverna inaccesible o el ocultamiento hermético. En el segundo caso, la salida
a los mercados hacen del arte y el artista objetos de consumo para una gloria
global.
En este momento o determinación, el arte puede
dar atisbos, señalar caminos, abrir alguna ventana, prometer utopías
imaginarias, inspirar sentimientos de libertad subjetiva, pero siempre será
mercancía. Siempre será “bello”. Siempre será protagonista de una dialéctica
negativa que opone, confronta y supera obstáculos, pero que a la vez se subsume
a una sola voluntad: la selección cuantitativa de un valor que es solamente
cualidad.
Por eso dentro del
capitalismo no hay arte así como no hay ética. Este es el verdadero fracaso del proyecto teórico de la
Ilustración, suponer como compatibles términos contradictorios y hasta
excluyentes.
Un error similar es identificar capitalismo
con eurocentrismo o incluso con occidentalismo. Es sabido que el capitalismo
tiene su origen en China, no en Europa. Se da en todas partes
donde existe una “acumulación originaria” del excedente. O donde este excedente comienza a
reproducrise a si mismo en manos de funcionarios que cobran por ello. Y cuando
ese excedente engordado se transfiere a lugares lejanos de donde se produjo. Y
cuando los lugares que originaron las riquezas quedan excluidos del beneficio
de las mismas.
Tenemos entonces una breve descripción de
colonialismo, forma de explotación de unas sociedades sobre otras. Que a su vez
reproducen esa explotación internamente.