viernes, 16 de junio de 2017

¿Es la Belleza una categoría económica?


Lo que distingue una categoría de un concepto cualquiera, es tanto su capacidad de explicar, es decir, de descubrir los sentidos implícitos en las acciones discursivas, como su capacidad de relacionar esos silencios con sus causas y sus fines.  En esta breve caracterización metodológica, se encuentra ya el significado político que hace de la epistemología un lugar político y por ende de administración del poder.
Tanto la administración como el poder son elementos de una definición de economía política, por lo que ya en la anterior caracterización de la idea de categoría (y por tanto, de un orden epistemológico tomado como “objeto” de la crítica) aparece una economía del saber, una política del conocimiento y por lo tanto una disputa por la legalidad del mismo.

No hay una categoría de todas las categorías que permita explicitar los comportamientos que hacen a ciertas categorías más importantes que otras. El devenir histórico sigue siendo algo que queda fuera del control de la lógica económica.
Por eso, la aplicación de cualquier categoría es parcial y orientada en función de intereses que salen de la narración epistemológica, no importa cuán critica pretenda ser.  Ahora bien, los discursos y narrativas cambian de matiz al cambiar el lugar desde el que se los enuncia. Y a veces pueden incluso revertir el sentido original.

Las teorías descoloniales se han adentrado en esta problemática. No se hará aquí un mapeo de sus orígenes y vertientes, ni se considerará como un bloque constituido sino como un pensamiento en progreso.

Uno de los mayores problemas que ha afectado a la filosofía tanto occidental como asiática, es su formato teológico. Aún cuando los filósofos de todos los tiempos y lugares hayan proclamado su inquietud crítica, la manera de elaborar esa crítica ha supuesto la construcción de un corpus cuando no de una summa, de aserciones, descripciones, métodos y conclusiones presentados como un modus cognoscendi, al cual se adscribiría como “solución” ante una crisis ofrecida por la realidad material enfrentada. Nietzsche hablaba de un “ideal ascético”, ideal que la filosofía habría heredado de la religión, y a su vez habría transferido a las ciencias, de manera que ninguna laicización epistemológica estaría excenta de transformarse en un dogma, cerrando la critica sobre sí misma en un finale grotesco.
Un ejemplo de esto es la historia hermenéutica del marxismo.  Es sabido que Marx nunca dio por terminado ninguno de sus libros, que su método de trabajo y su pensamiento mismo respondían a la idea de una work in progress inacabada e inacabable, y esto porque su fiolosofía respondía a una antropología del ser humano que veía a este como fuente infinita de creación de valor. Existen por otra parte también cantidades abrumadoras de pasajes donde Marx cede a una teología de la presencia –sensu Levinas- lo que dio lugar a su dogmatización posterior.  Pero las relecturas y ampliaciones del corpus marxiano a partir de los años 60 del siglo XX desplegaron lo que Dussel llama “un marx desconocido” donde el creador del materialismo dialectico aparece ya como un teólogo, un fenómenologo y un vitalista, en las antípodas del positivismo economicista al que se ha confinado a su pensamiento. Esta versión expandida de Marx, sumada a aportes de la teoría critica, como por ejemplo la dialéctica negativa de Adorno, deconstruyeron la filiación de Marx con una modernidad mecanicista y totalitaria para reponerlo como un pensamiento vivo, en vías de un programa de liberación que excede los confines de una descripción decimonónica de la burguesía y del capital.

Creo  que es posible (e importante) realizar la misma operación con el resto de los pensadores. De hecho es lo que hacemos al releerlos e interpretarlos en cada lectura individual, generacional o histórica.  Para una investigación de los procesos de colonización estéticos es muy importante abordar la incidencia de los modos y relaciones de producción dentro y fuera del arte, ya que esta tarea permite encontrar el sentido y finalidad de las categorías con las que piensan los fenomenos  multiples en relación con el arte.

Walter Mignolo ha propuesto el término de Estéticas Decoloniales para caracterizar un conjunto de discursos y prácticas artísticos que dan cuenta de los desplazamientos semánticos y conceptuales que se operan cuando estos discursos toman conciencia de su lugar de enunciación. Este lugar de enunciación es la “herida colonial”, marca cultual, pero también corporal que no puede borrarse cuando quien enuncia procede un universo mental signado por largos siglos de expoliación, negación y chantaje de una cultura por parte de otra. La toma de conciencia, llamada en este contexto una “re-existencia”, y su puesta en práctica más allá de la localización física del enunciante,  abre un horizonte capaz de llamar a la desobediencia  y al cuestionamiento de las categorías normativas sobre las que funciona el arte.

En sus escritos sobre el tema, enriquecidos por la colaboración de muchos investigadores que trabajan en el mismo campo, Mignolo traza la historia de la reducción del concepto de aistesis, en tanto sensación en general, hasta su conversión tardomoderna en Estética, donde la sensación queda confinada al ámbito de lo Bello, adquiriendo esta palabra todos los atributos de una intención colonizadora. La belleza proviene de occidente y lo demás se mide por proximidad a ella. Así, como si se tratara de gradus ad parnassus, de historizan las expresiones artísticas más primitivas en una línea de tiempo que  es a la vez una línea ética y una línea política, acomodadas bajo la idea de “evolución”.
Occidente depredó y patentó desde su origen los saberes ajenos, y los vendió nuevamente  a sus productores cargados de munición colonial. Por eso ya dudamos de aceptar la existencia de historia, porque su solo nombre está cargado de eurocentrismo, del mismo modo como dudamos de la Belleza, del Arte, de la libertad y finalmente de ética. Todos estos términos han sido secuestrados, activados y desactivados una y otra vez desde los mismo lugares y con las mismas intenciones. Existe una plusvalía semántica para eurotizar conceptos, palabras y pensamientos, devueltos finalmente como suelos estériles y agotados, inútiles ya para toda explicación o crítica.

Las políticas extractivas de los saberes, son,  sabemos, un analogon de la economía mundial en el modo global.
En el campo más estrecho del arte, parece oportuno preguntarse si las nociones mismas de arte, estética, obra y otras determinaciones de la imaginación per se, no son etiquetas mercantiles que operan para secuestrar la imaginación, cargarlas de sentidos comercializables y devolverlas luego, como cadáveres resurgidos, a una nueva generación de productores de la imaginación a quienes se prohíbe hacer uso de un capital tóxico.

En efecto, para que un artista sea visibilizado debe ser expuesto en un mercado. Es el cordero que  el capitalista lleva al matadero, en tanto que, entre todas las mercancías en venta, es la única capaz de generar  “de la nada” su propio valor. La belleza fue inventada como valor de mercado, es decir, valor de uso y valor de cambio. Con el ingreso al mercado se opera la transmutación de la aisthesis en estética, de la poiesis en arte y del chamán en “artista”. El fondo se transforma en “forma” y queda negado en tanto “monstruosidad”. El retorno de lo deforme puede ser asimilado en tanto actitud antiestética a vender. Pero la dialéctica interna al circuito mercantil subsume siempre el valor a secas a valor de mercado. No importa lo que haga el artista, lo que lo define como tal es la venta de sus excrementos en el mercado de arte.

De esta manera, si los términos con los que tanto el artista como el mercader definen su participación en el campo cultural del arte son términos pertenecientes a una economía política, actualmente circulante bajo un régimen de colonización, la opción por una re-existencia de aquello que el colonizador oculta pasa por desmontar las condiciones del mercado y en definitiva por una puesta en riesgo de la propia visibilidad.
No puede haber una estética descolonial si no existe una economía descolonial.  Este es el punto nodal del problema. Por definición, nada de lo que ocurre alrededor de una institución colonial (Museo, Universidad, galería, pabellón, bienal, etc) es realmente descolonial. Descolonizar la estética implica decolonizar las instituciones sociales dentro de las que circula el arte. Decolonizar significa alterar la dirección en la que circula el dinero, apropiarse del flujo de la riqueza y ponerla al servicio de proyectos locales. Redefinición obligada de lo “local”: la riqueza se queda en donde fue creada.

El arte puede florecer dentro o fuera del capital. Pero no puede participar de un proyecto emancipador si funciona dentro de una economía colonial.
En el primer caso se trata de la dimensión ritual. No importa si hay o no expectadores, el arte se consuma como una invocación esotérica, no requiere de divulgación ni de propietarios iluminados por un aura comercial. El artista es en este momento anónimo, la obra es un paso efímero en el tiempo y el espacio de consumación es la noche profunda, la caverna inaccesible o el ocultamiento hermético. En el segundo caso, la salida a los mercados hacen del arte y el artista objetos de consumo para una gloria global.

En este momento o determinación, el arte puede dar atisbos, señalar caminos, abrir alguna ventana, prometer utopías imaginarias, inspirar sentimientos de libertad subjetiva, pero siempre será mercancía. Siempre será “bello”. Siempre será protagonista de una dialéctica negativa que opone, confronta y supera obstáculos, pero que a la vez se subsume a una sola voluntad: la selección cuantitativa de un valor que es solamente cualidad.
Por eso dentro del capitalismo no hay arte así como no hay ética. Este es el verdadero fracaso del proyecto teórico de la Ilustración, suponer como compatibles términos contradictorios y hasta excluyentes.

Un error similar es identificar capitalismo con eurocentrismo o incluso con occidentalismo. Es sabido que el capitalismo tiene su origen en China, no en Europa. Se da en todas partes donde existe una “acumulación originaria” del excedente.  O donde este excedente comienza a reproducrise a si mismo en manos de funcionarios que cobran por ello. Y cuando ese excedente engordado se transfiere a lugares lejanos de donde se produjo. Y cuando los lugares que originaron las riquezas quedan excluidos del beneficio de las mismas.
Tenemos entonces una breve descripción de colonialismo, forma de explotación de unas sociedades sobre otras. Que a su vez reproducen esa explotación internamente.