viernes, 15 de septiembre de 2017

EPISTEMOLOGÍA, CONOCIMIENTO Y SABER. LA DESCOLONIZACIÓN DEL MÉTODO.


EPISTEMOLOGÍA, CONOCIMIENTO Y SABER.
 LA DESCOLONIZACIÓN DEL MÉTODO.
Martin Bolaños
Lic. en Filosofía (UBA)
Diplomado en Filosofía de la Liberación (UNJU)
martinxgraf@gmail.com[1]

Resumen.
El programa de la filosofía intercultural (y de modo similar la Filosofía de la Liberación y el Pensamiento Descolonial) incluye la revisión de las formas y criterios de conocimiento y saber heredados de la tradición moderno-colonial. La creación de una “epistemología” de la liberación es una de las tareas a llevar a cabo por las próximas generaciones en el contexto de un polilogo intercultural. En este aporte se repasan algunas propuestas provenientes de las tres corrientes mencionadas, las cuales tienen en común la indagación y valoración de los saberes populares en tanto potencias descolonizadoras de las formas, modos y ritmos de los discursos tecnocientíficos funcionales a un sistema de dominación global.
Palabras clave: conocimiento, descolonialidad, filosofía, interculturalidad

Abstract

EPISTEMOLOGY AND KNOWLEDGE. DESCOLONIZATION OF THE METHOD
The program of intercultural philosophy (and similarly the Philosophy of Liberation and decolonial schools) includes the revision of the forms and criteria of knowledge and knowledge inherited from the modern-colonial tradition. The creation of an "epistemology" of liberation is one of the tasks to be carried out by the next generations in the context of an intercultural polylogue. In this contribution we review some proposals from the three currents mentioned, which have in common the inquiry and valuation of popular knowledge as decolonizing powers of the forms, modes and rhythms of functional technoscientific discourses to a system of global domination.
Key words:, decoloniality, interculturality, knowledge, philosophy
No hay forma de conocimiento que no pretenda operar sobre la realidad en algún sentido. Ese sentido es funcional a alguien que lo necesita para algo. El alguien y el algo se determinan mutuamente. Así, por ejemplo, el conocimiento entendido como contemplación (siguiendo una concepción sacerdotal arcaica) puede ser visto a la vez como una falsedad y un ocultamiento, ya que el conocimiento que sólo sirve a quien lo busca es un conocimiento incapaz de transformar tanto al conocedor como a lo conocido.
Queda así determinado desde el comienzo el conocimiento en tanto poder, y más precisamente en tanto poder en manos de una elite. De modo que detrás de cualquier metodología se esconde la pregunta por el quien y por el para qué. No hay metodología neutra, ni en sentido epistemológico, ni en sentido ético ni en sentido político.
Más aún, la metodología construye a su alrededor un sujeto y un objeto, ambos artificios funcionales tanto al quien como al para qué.  Y al mismo tiempo teje a partir de sí misma una red enciclopédica de operadores: términos primitivos, términos derivados y reglas de deducción. Así también instaura normativas y criterios de evaluación o verificación, todos ellos sistémicos y orientados hacia una finalidad especifica. Esta finalidad siempre redefine a su vez medios y objetivos. Y redefine además la consecuente escala axiológica en la cual ambos términos pueden intercambiarse o desplazarse según el lugar que ocupen en dicha escala.
Todo esto supone, tal vez como condición necesaria, una determinación antropocéntrica del conocimiento. El relato de “la superviviencia de la especie” (que exigiría un dominio técnico de la naturaleza, mediante el conocimiento de sus leyes y el control de la materia), suele ser un incentivo para declarar dominadores y dominados, reclamar la aceptación de dichas condiciones como irremediables y convocar a la miseria generalizada a billones de seres vivos a lo largo de una insoportable historia de destrucción.
Esto responde además a un programa sacrificial de la existencia. Para que la especie humana siga existiendo, deben ser sacrificados un número potencial de miembros, considerando la escasez de recursos y la aplicación sistemática de prácticas de saqueo y acumulación de recursos materiales y cognitivos.
No todos deben sacrificarse, desde ya; las elites son necesarias e insustituibles, como los oficiales de un ejército.  Quienes deben morir son, siempre, los demás. Y no hablamos solo de muertes físicas, sino de existencias cadavéricas en sus múltiples formas de esclavitud o neutralización. En la actual etapa histórica, el consumismo cumple con ambas soluciones.
Estas líneas asumen que los métodos de conocimiento suponen y establecen diferencias axiológicas que en el fondo son de carácter ético. Esas diferencias son escondidas bajo falsas promesas de objetividad y los supuestos valorativos en que se basan quedan generalmente sin criticar. La metodología se encarga de ello, estableciendo límites a su propia autocritica. El lugar de enunciación de las teorías y los métodos suelen ser el punto ciego de sí mismos.
Por eso, si se pretende entender algo sobre cualquier materia, debe comenzarse por desconfiar de las metodologías o en su defecto construir explícitamente una metodología que hable sobre sí misma en primer lugar. La dificultad ante esto es conocida:  al intentarlo, quien busque realizar esa crítica a la metodología, se enfrentará al problema de la autorreferencialidad, ya que deberá encontrar un meta-método desde el cual dicha crítica pueda tener lugar.
Para sortear esta dificultad, quien ejerza el pensamiento crítico deberá abandonar cualquier método, pegar un salto epistemológico en el vacío y arriesgarse al azar de la creación de hipótesis, a la filosofía como actitud experimental y a la producción de un método que se construye a la vez que se piensa y no antes ni después de haber pensado. Toda actitud existencial que disponga de un espacio de opciones (y el saber es una de ellas) comienza con una decisión:
“Método supone la descripción de cómo se recorre el camino. Pero en el operar mismo no hay modo, sino apuestas en el sentido de Paul Ricoeur, a partir de un campo de objetividad surgido a medias de los símbolos populares. Se apuesta al logro de la índole de lo otro a partir del operar mismo” (KUSCH; 2010b:502),
Se ha acusado muchas veces a este decisionismo de cierta renuncia a la racionalidad y cómoda entrega al capricho. Pero si lo que se busca es honestidad, entonces habrá que reconocer que todo esto (irracionalidad y capricho) se halla en la base del más riguroso cientificismo metodológico en tanto que la experiencia humana solo acude a la razón como un exorcismo -vano- de su vulnerabilidad.
Ahora bien, hay que tener cuidado con extrapolar las condiciones necesarias para un tipo de conocimiento a las condiciones necesarias para otro tipo de conocimiento. Al respecto se ha insistido muchas veces en enfrentar conocimiento contra saber (SHEIKH; 2009), o filosofía contra Sofía (Foucault), o filosofía contra pensamiento (ESTERMAN; 2006). Se proyecta esta distinción sobre el horizonte de la “asimilación”: el conocimiento no puede más que responder a las necesidades de un sistema (por ejemplo, el capitalismo cognitivo), aportando el instrumental necesario para su reproducción y expansión; en cambio los saberes, el pensamiento o la Sofía, reclaman la interpelación ética y critica de los modos de conocer (KAUFMANN; 2011).
A quien busca lanzar un vehículo que busque agua en Marte no le será de utilidad la revisión axiológica del método. Pero sí le será de utilidad a quien deba decidir si vale la pena buscar agua en Marte cuando se la está desperdiciando en la Tierra, por poner un ejemplo trivial.
El abandono del modelo antropocéntrico y sacrificial del conocimiento es una caja de Pandora. Una vez abierto, todo se resignifica y se desplaza. En primer lugar, se disloca la idea de cualquier objetividad supuestamente garantizada por la metodología. Por otro lado, se pone en cuestión la necesidad del sacrificio y la elección sobre quiénes deberían ser sacrificados y quiénes no, en función de la supervivencia del método que no es otra que la supervivencia de sus cultores.
Dussel (1998) se ha referido a este tema apelando al “principio de demarcación”.  Distingue al respecto entre un paradigma científico general, propio de las “ciencias duras”, un segundo modelo que reproduce las exigencias epistemológicas y los criterios de validación del primero, para ser aplicado a la descripción de lo social; y finalmente un tercer criterio, que agrega a este último la dimensión crítica, reclamada por Marx, y que a diferencia de los modelos anteriores está precedido por una ética sustentada en principios formales y materiales. Dicha consideración parte, además, del reconocimiento de una “negatividad” en la base del existir, planteada como la dependencia material de la corporalidad humana respecto de los “satisfactores” (comida, abrigo, etc.) que vinculan al ser humano con la naturaleza orgánica e inorgánica. En palabras de Dussel:
“La «negatividad» de la que hablamos, en primer lugar, es el «no-poder vivir» de los oprimidos, explotados, de las «víctimas” (…) sin considerar la «negatividad» no puede haber ciencia social crítica. Pero, y en segundo lugar, debe situarse en el nivel de la «materialidad» la dicha negatividad; es decir, en el contenido de la praxis en cuanto referido a la producción, reproducción y desarrollo de la vida humana, de la corporalidad humana» (DUSSEL; 2008).
Las ciencias sociales pueden ser funcionales o críticas. Pero para que se cumpla esta segunda condición es necesaria la incorporación de la negatividad, del reconocimiento de una privación originaria llamada por las filosofías liberadoras de diversas maneras: vulnerabilidad, “estar-ahí tirado”, o la indigencia de una existencia finita y a la vez explotada. Por eso la situación de una corporalidad instrumentalizada, racializada o sexualizada, expande el criticismo sobre todas las formas de colonialidad del ser (MALDONADO TORRES; 2007): geopolítica, corpopolitica y cosmopolitica (MIGNOLO; 2010:11).
Precediendo cualquier epistemología, entonces, está la comprensión del mundo sobre el que esa epistemología va actuar. Y este no es un problema epistemológico, sino un problema sapiencial.
Se entiende aquí por sapiencial, la dimensión del saber como totalidad ética y existencial, en oposición al conocimiento “objetivo”, fragmentario, reductivista y conceptual-analítico propio de la modernidad europea. Con este término se pretende aludir a la vez a cierta “ancestralidad” de los saberes populares heredados por vías alternativas a los dispositivos de legitimación de los conocimientos académico-cientificos (por ejemplo, la tradición oral, las prácticas artísticas, el pensar simbólico, la expresión religiosa y los rituales, etc.).
Panikkar ha sostenido al respecto que, a la par de las tres grandes interpelaciones de la matriz epistemológica occidental (pensar analítico o pensar “por partes”; pensar conceptual o racional y pensar escrito) una de las caracteristicas develadoras de la colonialidad del saber es la separación entre el saber como representación y el saber como experiencia (en FORNET BETANCOURT; 2004:30). Esto implica, agregamos, una triple fragmentación del ser humano, ante si mismo, ante los otros seres humanos y ante la naturaleza como totalidad cósmica viviente.
Todo lo anterior busca desmarcar la experiencia del saber respecto de los requerimientos académico-imperiales, de sus formas y de sus criterios de autoevaluación. Busca además romper un círculo forjado en torno a milenarios prejuicios, a prácticas de secuestro de los saberes y a disposiciones de una epistemología militar que reproduce jerarquías y protege privilegios.  De aquí a constatar una colonialidad del saber (QUIJANO; 2000) hay un paso y ese es el paso con el que comienza una indagación seria sobre cualquier modo de saber.
Explicado esto en términos de método, se trata de evitar los criterios de autoridad sugeridos -o impuestos- por la tradición académica. Esto implica una serie de renuncias por un lado y de apropiaciones, por otro, tanto en el orden de las formas como en el de los contenidos, (suponiendo que exista alguna diferencia entre ambos) en el marco de lo que Mignolo (2010) llama un “desprendimiento” epistemologico[2].
Sobre las renuncias, se destacan el abandono explícito y consciente del formato normativizado del artículo, la monografía, el paper o la publicación académica.  La cita autoral, denunciada como apelación a la autoridad, queda matizada por la sospecha sobre los patentamientos personales de ideas, nociones, conceptos o teorías. Se asume que el conocimiento no es propiedad privada, y que el culto a la personalidad es el origen de una epistemología del secuestro denunciada desde la perspectiva descolonial.
Es un contrasentido de los métodos de investigación filosófica el exigir permisos burocráticos para el uso de cada idea, palabra o expresión. El lector instruido encontrará detrás de cada letra una interminable tradición de aplicaciones, personalidades y contextos. Este es un honor que los textos rinden a la lectura o, mejor dicho, a las y los lectores. La filosofía nunca está en el texto, sino en la lectura que se hace del mismo. Por eso es de mal gusto recordarle todo el tiempo a quien lee el hecho de que se trata de un texto sobre tal o cual disciplina y enmarcado en tal o cual metodología, ya que estos límites deben ser atravesados, desplazados o relocalizados en aras de un pensar fronterizo.
Otro distanciamiento respecto de una epistemología colonial reside en el recelo acerca del rigor que un texto filosófico debería observar. Un pensamiento riguroso no es otro que aquel que se ajusta a un método, con los problemas que, como se señaló más arriba, afectan a los métodos en general y en particular. Un texto no es valioso por ser más o menos riguroso, sino por ser más o menos útil para quienes lo leen (y no tanto para quienes lo escriben).  La factibilidad[3], efectividad o capacidad transformadora, emerge en la intención del texto.
En una práctica de pensamiento crítico la factibilidad está en abrir el paso entre densas opacidades que encubren injusticias, abusos y explotaciones que perjudican a grandes grupos humanos y a las entidades de la naturaleza también.
El rigor puede evaluarse según la precisión o la amplitud de la crítica, o incluso, concedamos, según la construcción de un método propio y acorde al texto y sus intenciones (criticas).  La fidelidad al propio método es una virtud, pero siempre es bueno revisar a quién es fiel el método mismo, y no hay mucha epistemología que permita decidir racionalmente a favor de quien o quienes se trabaja.
Otra renuncia, ya adelantada, tiene que ver con la pretensión de objetividad. Por los motivos ya expuestos (situacionalidad de todo pensar, presupuestos axiológicos inaccesibles a la reflexión, estrechez de la relación fundamental sujeto-objeto), el ideal de objetividad, se debilita una vez señaladas todas sus marcas etnocéntricas.
La pretensión de objetividad está por su parte asociada con la pretensión de universalidad de los enunciados. No existe ningún pensamiento universal.  Existen “invariantes humanos” constatables empíricamente (PANIKKAR; 2004) pero no verdades universales a priori. El pensamiento es un producto colectivo de sociedades que ocupan un lugar en el espacio y un momento en el tiempo, resultado de un pasado, de un devenir, de un contexto que configura, contiene y proyecta. (FORNET BETANCOURT; 2009). Filosofía, arte, ciencia y aun religión son expresiones plurales de numerosos puntos de vista todos ellos condicionados, y, desde cada condición, comprometidos con un esfuerzo por saltar fuera de esos condicionamientos en tanto sea posible, pero sin abandonar nunca una base, una condición material, una matriz singular, una situación local. Los productos culturales son creaciones locales, que se contrastan y complementan con los de otras procedencias. Las modalidades inclusivas/exclusivas de lo cultural, así como las complejidades de los procesos de identificación (GRIMSON; 2012) anidan en las raíces del relato, llevando consigo todas las circunstancias que dan sentido a la enunciación.
Nadie tiene el privilegio, ni mucho menos la propiedad, sobre el punto cero del saber: conocimiento que todo lo anticipa, lo programa y lo conquista.  Nadie puede salir de su propio cuerpo.  Por eso, el abandono del pensamiento etnocéntrico tiene las dimensiones épicas de una migración. Se desliza sobre los tiempos con lentitud geológica. Su comprensión es episódica y sólo vemos en cada caso un atisbo de su permanente recreación. Por eso constituye un imperativo de la sinceridad el reconocer este origen y someterlo a critica permanente.
Objetividad y universalidad son dos marcas coloniales que ya no operan en favor de ninguna clase de saber (PANIKKAR, 2004; GONZALEZ FUENTES, 2017). “Buscar el saber objetivo es un entretenimiento que nos aleja de las tomas de posición, y yo creo que el conocimiento es un proceso ético de toma de posición”, dice Raul Fornet Betancourt en una entrevista reciente (FUENTES; 2017: 174).
Una operación descolonial en el método pide, además, que quien escriba se haga portavoz de un saber colectivo y múltiple, donde la eminencia pronominal de la primera persona ceda espacio a las “heteroglosias”, a las voces múltiples que confluyen en la polifonía del sentido (HERNANDEZ; 2011). Dicho esto en relación con la “epistemología” moderno-colonial: nadie es del todo un yo.
No se trata sin embargo de diluir la noción de autor en “estructuras” más o menos determinadas, redes o dispositivos que harían de la persona individual apenas un nodo calculable dentro de las telarañas del poder. Pero tampoco se trata de hacer de la individualidad un fetiche, un ídolo inspiracional que señale el camino directo al epistemicidio de las sabidurías colectivas.
Pero hay otro estilo de descolonización del conocimiento que tiene que ver con el desvelamiento de ciertas opacidades que impiden a la reflexión acceder sobre lo que nos rodea desde nuestra situacionalidad. Y es algo que se presenta, una vez más, en una forma de pensar. Es lo que Rodolfo Kusch ([1973] 2010) llamaba la “negación”. La negación de la que habla Kusch está relacionada con la “negatividad”, ya mencionada más arriba, en tanto “desnudez” o vulnerabilidad de la situación humana -especialmente la de las victimas históricas. Pero en el caso de Kusch aparece trazando un puente entre la descripción de una circunstancia “existencial" y un modo o “estilo” que permita acceder a ella, desarticulando el andamiaje epistémico occidental.

A diferencia de la noción lógico-matemática de negación, donde ésta se define a partir de la asertividad, como una dimensión analítico-formal del concepto, aquí la negación, como estilo y como método, está sustentada en una dimensión existencial-ontológica, en tanto vulnerabilidad y finitud:

“Porque parto del axioma de que existir es estar en la falsedad, esa que corresponde a las circunstancias que se oponen a mi proyecto de ser (…) La afirmación de la verdad está colocada como una totalización de mi ser a partir de la negación de las circunstancias” (KUSCH ([1973] 2010).

En otras palabras, todo proyecto de existir (de estar) surge de la “inmersión” en lo negativo, de la posibilidad de que el proyecto falle, se invierta o quede a mitad de camino. Hay en esto un “horizonte de negación” que acompaña todo estar y se encuentra vinculado con la vulnerabilidad y la finitud de toda existencia. En este sentido, la verdad científica es solo un episodio de la verdad ontológica. El conocimiento conceptual funciona en tanto negación de la negación existencial, una inversión meramente formal y, como tal, falsa. La comprensión (aquí como opuesta a conocimiento positivo) se basa en la diferencia -negación- entre proyecto (como posibilidad) y totalización (como actualización de ese proyecto). La totalización es un llegar a ser (algo). Pero ese resultado es clausura del proyecto y por tanto negación del “estar siendo” -condición que hace incomprensible, en términos científicos, a la realidad social de América.
Todo lo que es negado en la asertividad del concepto, sigue actuando en el fondo de la psiquis individual y al mismo tiempo en el núcleo simbólico de la cultura, como un “arquetipo ordenador del mundo” (KUSCH ([1973] 2010). En esta función emerge también lo emocional, lo afectivo. Sabemos que esta área particular de la experiencia humana ha sido explícitamente marginada por la epistemología moderna. También sabemos que ha sido -y sigue siendo- utilizada como factor de invalidación e inferiorización cognoscitiva.
Pero la emocionalidad no es algo irracional, ni carece de capacidades creadoras de saberes. Al contrario, da cuenta de una racionalidad “invertida y simétrica” desde una lógica que parte de lo negativo. Agrega Kusch que su valor es antagónico y a la vez compensatorio respecto de la lógica conceptual. Compensatorio porque recupera la totalidad existente que se habría fragmentado en el conocimiento analítico. Repone una comprensión frente a una aprehensión (delimitación) y al “objeto” reificado (producido por una relación sujeto-objeto) le opone una relacionalidad del tipo sujeto-sujeto. Eso explica por qué en muchas lenguas no occidentales, los sustantivos escasean, al punto de que un mismo “objeto” recibe nombres diferentes según a quien pertenezca, dónde fue fabricado, qué historia acumula, etc.
Se trata entonces de seguir un método que, partiendo de la negación, invierta el sentido lógico y científico del saber para ingresar (y hacer ingresar) en éste la pregunta total por la posibilidad del ser. Pero esto es ya una pregunta por la geocultura, entendida esta como un modo colectivo y situado de dar sentido a esa negatividad.  Se pueden listar someramente algunas características de este “método” de la negación:

·         Niega lo meramente dado a nivel perceptivo o de conceptualización.
·         Abre un campo de indeterminación donde no se dan las determinaciones occidentales a las que estanos acostumbrados.
·         Se coloca por debajo de las pautas culturales vigentes, pero entra en el área de verdad del objeto de estudio.
·         Rompe el modelo del universo que suele acompañar a la investigación científica.

De modo que la negación actúa como saber que da cuenta de la colonialidad del ser, caracteriza ciertos modos de estar en el mundo y abre al mismo tiempo un horizonte sapiencial en el que se fusionan saber y cultura.
Además de una geocultura, existe un geosaber. Es lo que ocurre, por ejemplo, con las palabras ecosofía (Cajigas-Rotundo, 2007) o pachasofía (Esterman, 2006). Si bien en ambos casos la etimología se encuentra total o parcialmente transculturada, en la filosofía liberadora latinoamericana estas ideas aparecen trabajadas a partir de un cuestionamiento de la separación naturaleza/cultura. Dicha división, programática y etnocéntrica, es otro de los puntos de ataque para una epistemología intercultural. Términos como cosmopolitica o biopoder (este último en el sentido de Hardt y Negri (2000), como la contracara de la biopolitica) pretenden incorporar a la “natura” en tanto agente social y sujeto político y ya no como un recurso “externo” a ser conquistado.
Esta es la orientación que, a partir de los saberes amerindios, está asumiendo la crítica descolonial en materia ambiental, en tanto respuesta al “ambientalismo” tecnocientífico fraguado en la geocultura sistémico-corporativa. No se trata en este caso tampoco de una operación de exclusión, sino de un ejercicio de reflexión intercultural, que aprovecha las capacidades generadas por la cultura tecnológica, pero que invierte sus designios imperiales tras someterla a la negación, a la desobediencia y al desprendimiento de su matriz eurocolonial. En palabras del ya citado trabajo del antropólogo Caijas-Rotundo:
“En este sentido, por ejemplo, la ecosofía de la multiplicación de la vida y las ciencias de la complejidad (como desarrollo científico occidental, mas no eurocéntrico) pueden co-devenir a través de una episteme post-occidental basada en lo caótico, en lo relacional, en lo holista, en la conectividad que repercute para nosotros en nuevas estrategias tecnocientíficas y culturales que concretan una conciencia ecológica global. En la era actual y por venir se hace cada vez más relevante pensar/imaginar mundos socio-culturales-ambientales emergentes; mundos donde hay espacio para todos/as; mundos donde la potencia de vida triunfe sobre el poder de corrupción; mundos que de nuevo concreten el ensueño de la abundancia” (CAJIGAS-ROTUNDO, 2007: 189).
Es párrafo es especialmente elocuente en tanto reúne operaciones interculturales in acto; más precisamente, propone asumir (subsumir) programas de intervención tecnológica dentro del marco más amplio de una “conciencia ecológica global”. Desde ya, la formulación de esta propuesta se halla expresada en términos reconocidamente coloniales: “conciencia”, “ecología” “globalización”, no son palabras propias de una epistemología sapiencial, sino que han sido tomadas en préstamo de un relato netamente etnocéntrico. Habrá que operar entonces desde otras palabras, palabras atraviesen la coraza epistemológica y abran el mundo a una comprensión sapiencial, orientada a la vida, al saber cómo antes que al saber qué. Una poética discursiva que corresponda a la totalidad del ser y no a su fragmentación y reducción analítico-formal.
La creación de mundos posibles es otro de los postulados de la filosofía intercultural en clave liberadora. Esto implica una profunda fe en la multiplicidad de universos a ser liberados, y es misión de la filosofía desencadenar esas fuerzas mediante un programa de descolonización de saberes, métodos y valores.

Buenos Aires, agosto 2017














Bibliografía
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[1] Agosto 2017
[2] “Esto implica que una estrategia de desprendimiento consiste en desnaturalizar los conceptos y los campos conceptuales que totalizan UNA realidad” (Mignolo, 2010:35). Más aun, se trata de una tarea intercultural, en tanto “la noción de desprendimiento guía el vuelco epistémico descolonial hacia una universalidad-otra, es decir, hacia la pluriversalidad como proyecto universal” (ibid. p.17).

[3] Dussel (2016; tesis 7) habla de “factibilidad” en el contexto ético y político, al referirse a aquella dimensión de la ética que sólo puede ser válida en tanto fácticamente realizable; principio que redirige el imperativo ético formal hacia el imperativo ético material.