sábado, 26 de mayo de 2018

Geoestéticas (migraciones e interculturalidad)


Geoestéticas (migraciones e interculturalidad)



I

En un texto de convocatoria al Congreso Internacional organizado por el departamento de historia del arte de la Universidad de Barcelona, en 2015 se propone “reivindicar la dimensión geoestética como “disciplina” para interpretar aquellas prácticas y discursos que desde sus lugares de emisión son susceptibles de redefinir -o cuando menos, cuestionar- las relaciones centro-periferia”. Geoestética (en singular) como disciplina hermenéutica que interpreta prácticas y discursos disidentes.
También el crítico español Joaquin Barriendos (2007) -en el mismo contexto- se refiere a la geoestética como disciplina que expresa una oposición activa a la segmentación multicultural del circuito del arte contemporáneo: “la única fuerza crítica que podemos deducir ante los procesos de internacionalización”, consiste en aprovechar lo que el autor llama “procesos de translocalización estratégica” para abrir el juego a “una mentalidad geoestética necesariamente contestataria, crítica y reflexiva”.
Este tipo de encuadramientos que convocan desde el olimpo teórico europeo a acciones de selección y puesta en escena de propuestas que descolonizarían las prácticas de exhibición en un circuito internacional son poco creíbles. Más allá de lo que signifiquen los procesos de translocalización estratégica aludidos, parece tautológico suponer que pudiera darse una liberación de las relaciones desiguales sin desarticular el circuito de la desigualdad. En este sentido se expresa Yamandú Acosta (2017) en un texto sobre el que se volverá más adelante, cuando expresa que

“se hace necesario discernir entre ejercicios de –aparente- interculturalidad que refuerzan sobrelegitimando –eventualmente de un modo no intencional- a la monoculturalidad/multiculturalidad moderno-posmoderno-capitalista-occidental y ejercicios de efectiva interculturalidad en los términos de una interculturalidad descentrada y crítica que son aquellos que tienen lugar desde la constitutiva –y constituyente- interculturalidad de la transmodernidad”.

Este discernimiento se fundamenta en que la lógica moderna-posmoderna no puede más que declamar una interculturalidad[1] de laboratorio, precisamente porque se mueve dentro un horizonte de compresión monocultural: “no hay interculturalidad propiamente tal desde la modernidad-posmodernidad; ellas solamente admiten monoculturalidad y multiculturalidad, en cuanto lógicas culturales…” (Ibid.)

Según Acosta, la categoría de transmodernidad ha sido propuesta desde la filosofía de la liberación como una de las formas de superación de la modernidad-colonialidad eurocentrada. Esta modernidad es comprendida en dicho contexto filosófico como un monstruo de dos cabezas: por un lado se señala su vertiente “emancipatoria” que proclama el ejercicio crítico de la razón enfrentada al dogmatismo religioso, político y cultural, y por otro lado, la vertiente colonizadora, violenta e imperial justificada en aquella misma racionalidad y de la cual forman parte tanto el sistema económico capitalista como el socialismo estatal maxista-leninista, ambos productos del Logos o racionalidad monocultural europea.
La transmodernidad es un movimiento contradiscursivo y solo eventualmente materializado, que se ha manifestado de manera esporádica a lo largo de la historia moderna colonial eurocentrada, dentro de la cual ha anidado de modo “inmanente” aunque proyectando su espíritu de manera “trascendente”, es decir, orientando sus sentidos en un “más allá” de la modernidad vigente. Persigue de este modo una salida de la modernidad que potencie sus aspectos emancipatorios contra la violencia instituida por la vertiente imperialista. Se trata entonces de una “ruptura negociada” en lugar de un quiebre revolucionario, ya que siempre estuvo presente desde la conformación del dispositivo moderno-colonial, aunque de manera negada, oprimida y excluida.
 Considerando que la modernidad ha sido construida sobre la expoliación de una parte significativa de la humanidad (indios, negros, mujeres, niños, etc), se afirma que estas poblaciones sojuzgadas son constitutivas del proyecto moderno, radicalmente “otras” y radicalmente “exteriores” (en el sentido dusseliano de una “trascendentalidad inmanente”), entonces la liberación de estas humanidades oprimidas va ligada a la emergencia de una condición trasnmoderna superadora de la modernidad-colonialidad. La transmodernidad exige el abandono de cualquier monoculturalismo, en el ejercicio de una interculturalidad situada y tópica, que otorgue “voz y agencia” a las humanidades históricamente excluidas e implica a su vez una subjetividad transmoderna, en tanto sujeto colectivo dinámico y abierto a un polilogo intercultural bajo la forma de la traducción.

En el variado e indefinible campo de lo artístico, el objetivo de la crítica es la institución arte, desenmascarada como dispositivo sistémico. Una “división social del trabajo” que distribuye sus lugares de visibilidad en la vidriera de alquiler global. Las condiciones son claras: aceptar el programa multicultural y representar adecuadamente el papel asignado a una identidad programada. Theresse Kauffman (2011) señala al respecto la creciente adscripción de lxs artistas a programas de investigación (modelados según los usos de la investigación científica), ante los cuales sus obras funcionarían a lo sumo como “trabajos de campo” ilustrativos de dichos proyectos. De esta manera el arte queda absorbido en lo que se ha dado en llamar la colonialidad del saber. Y frente a la cual emerge una desobediencia epistémica (Mignolo, 2010).
Cualquier forma de arte es, de hecho, potencialmente subversiva. Pero ese potencial solo es capaz de actualizarse cuando contradice los códigos de aceptación, e introducen el conflicto dentro del sistema, al oponerle una alteridad irreductible, es decir, no “subsumible” en la lógica que pretende cuestionar.
Para eso debe remontarse a una crítica más amplia. Critica que ataque a la “civilización hegemónica que subsume una diversidad de culturas cuyas identidades le son de una u otra manera, funcionales” (Acosta, 2017). En términos de arte, la apropiación de la diversidad para ser exhibida como baluarte de un imperialismo artístico hipócrita, en el contexto de una pseudo-democracia de la sensibilidad posmoderna.
Frente a esto, las geoestéticas operan como despliegue sensible de la contracultura transmoderna. Continúa Acosta: “La transición a la transmodernidad es comprendida como superación crítica de la modernidad-posmodernidad y del capitalismo en cuanto modo de producción…”. Sin la conciencia de semejante transición, (aurora de un modo de vida emergente cuyas apariciones históricas han sido hasta ahora “episódicas”), las geoestéticas no pueden ser visibilizadas sino como residuos anacrónicos de una migración-basura, blanco predilecto de fusilamientos policiales y ensañamientos sádico-mediáticos.
Y esta radicalidad constitutiva alimenta los efectos de “presencia-ausencia” de una subjetividad transmoderna. Por desgracia (pero no por azar) la ausencia no es solo silencio discursivo sino ante todo corporalidad condenada. Se manifiesta en las trazas de las muertes, las desapariciones, las migraciones, y los vaciamientos, así como los encubrimientos centenarios y las memorias de la sangre y el dolor. Negatividades[2] que retornan de diferentes maneras: como duelo, memoria y reconocimiento en las producciones artísticas institucionalizadas y como color, fiesta y símbolo en las creaciones populares geoestéticas.
Frente a la geoestética como disciplina, se alzan las geoestéticas como prácticas. Las prácticas geoestéticas no se visibilizan en el circuito de la multiculturalidad guionada. No están institucionalizadas. No son ni geográficas ni estéticas. No son siquiera arte. Tal vez se las pueda describir como poéticas de una espacialidad sensitiva migrante. Este verdadero lado oscuro de la alteridad artística no necesita de instituciones culturales, quizás porque sea instituyentes en sí mismo. O porque su institución no es otra que la integridad social de un cara a cara.  Así es como ha sido descripta recientemente la actividad geoestética:

“lugar donde la dimensión física de la estética traspasa cuerpos y espacio, transformándolos en el trazado ondulante de su naturaleza compartida (…) Las prácticas de este compartir son dis-locativas, aunque se saben conscientes de su posición invisible en el horizonte de control sistémico. Sus propuestas se contraponen y entrecruzan con las lógicas de dominación. Su particularidad es pervivir en el terreno de la distopia del control”. (Cabeza Umaña, 2017).


¿Geo estéticas o geopoéticas?

Se ha denunciado muchas veces que la expresión “estética” se aplica a un mundo cerrado sobre sí mismo. No importa si refiere a una disciplina -que no es sino declaración de un punto de vista singular- o si refiere al campo de interés que dicha perspectiva pone en escena. En ambos niveles la palabra “estética” involucra a la asfixiante condena de la colonialidad.
Estetizar el mundo implica codificar sus manifestaciones, arrinconar en un espacio selectivo producciones, agentes y circuitos. Remitir el fenómeno singular a una narrativa previamente trazada. Narrativa que además es norma, criterio, medida y valor.
Las geoestéticas -apropiación del espacio y del tiempo que cuestiona el imperialismo del cronómetro- impugnan el historicismo en el campo del arte y de sus prácticas fronterizas. La pregunta por el origen se desplaza hacia la pregunta por las condiciones y los modos en que se dan esas prácticas en un lugar. Aun cuando se trata de lugares de tránsito, muchas veces forzado.
Condición que intensifica los intercambios, fuerza los desplazamientos, yuxtapone las marcas de origen y produce subjetivaciones hibridas.
En palabras de Amalia Boyer se trata de “pensar el “medio” por el que transitan y entran en relación múltiples imaginarios de diversas procedencias” y, en consecuencia, “abordar la estética contemporánea desde la polivocidad de sus lugares de emisión” (Boyer, 2009).
No obstante, al igual que lo que ocurre con la palabra “geocultura”, la geoestética está profundamente marcada por su origen etimológico y por sus derivas históricas. La noción de “geo” (geolocalización) denuncia su connivencia militar. Y la de “estética” demarca el campo episódico de la mera “contemplación” ilustrada de lo bello. Uno de los desafíos de esta experiencia será entonces hallar su propia voz.
Frente a la estética se alzan dos palabras alternativas: Arte y Poética. Ambas remiten a la acción. No asumen el lugar del “critico del gusto” sino el del artista como “operador” de materiales y significaciones. En la idea de “arte” está presente la construcción material del objeto. En sus orígenes, se sabe, aludía tanto a la escultura como a la ingeniería naval. La Poética, en cambio, invoca a los aspectos demiúrgicos del hacer. Es la parte “negativa”, la que se sustrae a las reglas explicitas, la que presenta mundos desconocidos, enciende el asombro, articula la sorpresa y “abre” el mundo a su verdad. Se asumirá entonces que este aspecto de lo “incontrolable” de lo poético, como un hacer de lo negativo puesto en movimiento, expresa mejor la deriva de la sensibilidad migrante y popular que la noción euro-disciplinaria de “estética”. Una investigación intercultural sobre el operar de lo bello (que sólo es pensable dentro del eje belleza/fealdad), sus procedimientos de creación y recepción y su proyección en la vida de las sociedades diversas, llevará a la adopción de palabras más precisas.
El ocaso de la modernidad y la auroral transición a la transmodernidad requerirán palabras distintas para expresar experiencias “otras” de las imaginaciones migrantes. Algunas literaturas hablan de “estéticas relacionales” (Bourriaud, 2009) donde lo que habla es el “espacio intersticial” que surge del vínculo. Esta idea, junto a su subjetividad respectiva, el “radicante” (el artista en tanto migrante que expande sus raíces al desplazarse físicamente dentro de la burbuja global), se aproximan al reclamo de dinamismo, pero soslayan el potencial subversivo que la transmodernidad opera contra la colonialidad de la sensibilidad. Eluden aquella “superación crítica de la modernidad-posmodernidad” reclamada por Yamandú Acosta.
Desde la América Nuestra, se han seguido otros caminos. Nos detendremos en dos de ellos, que han sido transitados por poetas en sus exploraciones vivenciales de las que han dado testimonio en términos de reflexión.
Fernando Aínsa (2005: 4-10) pone a trabajar la palabra “geopoética” en un contexto específicamente literario. Conviene repasarlo porque atañe a una serie de experiencias de la espacialidad de la América Nuestra según aparece en escrituras que van desde Cristóbal Colon hasta Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Por un lado, describe una batalla secular entre el “logos” y el “topos” de la paisajística del “Nuevo” Mundo.  Una tradición que atraviesa la historia literaria narra los intentos renovados y conflictivos de racionalizar un espacio que se resiste a las cartografías, que burla las trazas de las sendas, borra los caminos, devora a los exploradores. Pero al mismo tiempo, la obstinada penetración de la colonialidad codifica en cada etapa esas resistencias, novelizando la lucha, “cortando y recortando” los territorios para poder ubicarlos en el imaginario utilitario de la razón occidental: El diálogo entre el conquistador y el espacio americano parece entablado sobre las bases sólidas de la posesión que sigue al deseo” (2005:6). Pero al mismo tiempo y junto con esa espacialidad construida, se desarrolla la experiencia de los “espacios negativos”, los plegamientos barrocos de un espacio indisolublemente ligado a las existencias sociales que lo construyen desde su cotidiano existir:

“El estar determina el ser, relación que la crítica ha reflejado en los análisis sobre paisajes, ambientes, descripciones que forman parte del espacio novelesco, espacio que supone el lugar donde se desarrolla la intriga, verdadera red de relaciones suscitadas por el propio texto” (2005:10).

Entre tales espacios se hallan ciertas “exterioridades” que remiten al desarraigo y al exilio. El espacio ya no es “refugio”, sino incertidumbre, búsqueda de la identidad en geografías móviles, tránsitos que no encuentran sosiego. Las geopoéticas de Aínsa exploran desde la literatura “estos modos de organizar el mundo según circunstancias creativas que generalmente son tan dinámicas como envolventes”. Narrativas que son resultado de “una tensión, de una escisión y de una disconformidad” (2005:10).
Tensión, escisión y disconformidad. Es en tal negatividad donde las propuestas geoestéticas y la propuesta geopoética coinciden. No en la descripción de las batallas entre lo topográfico y lo geográfico, entre el Logos y el Topos, sino en el testimonio emergente de espacialidades otras que, lejos de invertir los términos de la relación, anulan la relación en sí.

En el texto ya citado, Amalia Boyer ensaya una traslación mediante el neologismo “Archipelia”. Siguiendo algunos análisis de la obra del poeta antillano Edouard Glissant (1928-2011), construye una espacialidad geopoética de la dispersión. La metáfora del archipiélago recupera la diversidad en la unidad mediada por la práctica del tránsito, de la navegación. Desafía de ese modo tanto la insularidad de las culturas fijas y sus poéticas estancas, como el monologismo territorial del espacio continental: “el pensamiento continental es un pensamiento de sistema, incapaz de tomar en cuenta el no-sistema generalizado de las culturas del mundo. En cambio, el “pensamiento archipélico” es un pensamiento no-sistemático, cuya forma es intuitiva y frágil, y deriva de una visión poética y de un imaginario del mundo” (Boyer, 2009:20). La limitación de esta oposición aparece al aplicarla a otras geografías. La geocultura transcontinental de las migraciones actuales, los desplazamientos perpetuos dentro de las masas continentales y la oclusión de las condiciones de clase entre las diferentes experiencias migratorias, obligan a matizar la imagen de la Archipelia. Por otro lado, el archipiélago remite a una retórica de la multiculturalidad[3].






II

¿A la idea de una geocultura le corresponde la de una(s) geoestética(s)? Ambas construcciones son problemàticas desde varios aspectos; se puede comenzar por cualquiera de ellos y desembocar en el amplio delta de la espacialidad americana. Un horizonte de conflictos y ambigüedades infinitas, donde lo que define es la permanente tensión, tensión multipolar, simultánea y a la vez diacrónica, cargada de estruendos y catástrofes sin fin.
¿Cómo se expresan las identidades locales en un universo monocultural? Sabemos que no desaparecen ni se disuelven en el tiempo. No se hibridan hasta el punto de borrar sus contornos. Tampoco sobreviven meramente como estrategias y tácticas de adaptación a un mercado transactivo, ni reducen sus reclamos a aquellos que el sistema está dispuesto a atender. Si bien una parte de todo aquello es real, lo interesante es reflexionar acerca de la otra parte, aquella que no sólo no se adapta, sino que emerge imponiendo escenas que no estaban previstas en la programación aséptica de un capitalismo digital. El hedor de América es nuestro enigma eterno. Porque en ese caos insalubre se refuta todo el programa de existencia higiénica occidental.
Piénsese en la geocultura. Tanto “geografía” como “cultura” son palabras devenidas de una historia ruin. Disciplinas fraguadas en la Ilustración europea, y piezas clave de un proyecto civilizatorio de ambición imperial. ¿Por qué la conjunción de estos dos baluartes habrían de convivir en un solo termino? Y aún más: ¿por qué habría de convenir, desde cierto lugar de enunciación, reflexionar acerca de la existencia o no de una geocultura de la América Nuestra”?
No está de más preguntarse, entonces, si al agregarle la palabra “geo” a “cultura” no se está haciendo algo más que una simple adición. Si así no fuera, se trataría de un ariete fulminante en manos de la maquinaria de la colonialidad. Esto ha ocurrido y sigue ocurriendo: representaciones de lo espacial en términos de “geografía” y representaciones de las prácticas sociales en términos de “cultura”. Pero tal vez el producto de la alquimia lingüística sea otro, incluso de signo opuesto al de sus elementos de origen.
Según Rodolfo Kusch (2007:26-29), la cultura es trabajada por la geografía y no a la inversa. Esto ya supone un cuestionamiento de la oposición antropológica naturaleza-cultura, en tanto esta última se sustrae a la primera declarándola una “exterioridad”. En nuestro caso son las actividades humanas algo que la geografía modela, sometiéndolas a cierta pasividad respecto de lo “geográfico”. De lo que se trata es de desmontar y volver a armar los dibujos cartográficos heredados de las disciplinas de los siglos XVIII y XIX: naturaleza, cultura, geografía, humanidad. En contraste, Kusch define a la espacialidad americana como un “enfrentamiento absoluto consigo mismo. (Kusch [1976] 2011: 105). Y distingue la experiencia de esta geografía sin mapas, asumida en su pathos agonal, de los artificios tecnológicos -teóricos o empíricos- con que se intenta medirla. Lo americano, dice Kusch en el mismo lugar, “entendido como un despiadado aquí y ahora”. Tiempo y espacio son despiadados en América, sin duda. Y América es algo que no puede contenerse en los mapas ni encerrarse en una disciplina científica. Simplemente esa impiedad describe -no define, ya que es indefinible- lo americano. Ante esto la cultura es apenas un domicilio provisorio o un refugio precario.
La idea de una geocultura parece invertir la dirección de sus términos. Habilita un espacio-tiempo trágico que requiere de otro tipo de saber. Ni la cultura ni la geografía son ya las mismas. Por eso se ha dicho (Scherbowsky, 2015:49). que la geocultura se da como una dimensión interna al sujeto[4]: “La geocultura remite a sujetos culturales que están siempre en constitución, ya que son sus prácticas culturales (sic) las que los definen y redefinen”. Las culturas son resultados provisorios de diálogos, conflictos, infamias, encuentros y desencuentros (Fornet Betancourt, 2009). Además de condiciones vivenciales, constituyen topos hermenéuticos abiertos a reinterpretaciones mutuas y reciprocas. El dialogo intercultural es la forma que corresponde a ese “otro tipo de saber”. Un saber dialogal que interroga al mundo de sujeto a sujeto (y donde el “sujeto” no siempre es humano ni está adherido a una “identidad”), más atento a las respuestas que a las preguntas, en actitud de escucha y no de declaración. Esto contiene el germen de una ética específica, una ética que desconfía de la centralidad del sujeto (en especial del sujeto meramente humano) e incorpora los intereses de la “naturaleza” en la promoción y juicio de los comportamientos. Un saber silencioso, una modesta cultura del buen callar.







III

La sociología y la antropología poseen instrumentos conceptuales prodigiosos para explicar las dinámicas de los campos culturales, la circulación de agenciamientos y los flujos constituyentes de subjetividad en situación de permanente reescritura. Pero sus descripciones, junto a los programas “civilizatorios” que las acompaña, constituyen apenas una exterioridad. Más precisamente, constituyen el lado imperial de la exterioridad. 
Aportan descripciones y definiciones útiles a la gestión política y a la crítica de la “cultura de masas” de las sociedades industrializadas. Este panorama que permite visualizar al arte como institución (Marcusse, 1972:51-58) y a la cultura como industria (Adorno-Horkheimer, 1986) dan cuenta de tales prácticas en tanto actividades sociales en funcionamiento. Descripciones sociológicas y antropológicas que articulan y desarticulan sus objetos de estudio al mismo tiempo que lo hacen con sus propios métodos, categorías y supuestos. Tecnologías que, en palabras de Michel de Certeau, refiriéndose a las estadísticas y sus técnicas de interpretación, “…no encuentran sino lo homogéneo, reproducen el sistema al cual pertenecen” (De Certeau, 2000: XLIX).
            Por eso la filosofía -que es una tecnología de inmersión- tiene en cierto modo la obligación de abrirse de la senda en que aran las ciencias sociales. No importa tanto si aquella tiene en cuenta con precisión y actualidad los resultados siempre provisorios de las aventuras metalingüísticas que las disciplinas sociales ejercen sobre si mismas, sobre sus objetos de estudio y, especialmente, sobre sus propias motivaciones. Esa obligación de la filosofía deviene de su función social: la de albergar a lo humano respecto de su propia intemperie. Especialmente cuando se entiende y acepta que lo “humano” es una posición inestable y enigmática.
Para tomar un ejemplo. Las geoestéticas suelen aparecer descriptas en términos de prácticas contrahegemónicas, lo cual las pone en el horizonte de las actividades populares, de sus demandas y sus inalcanzables anhelos. Pero ¿qué es, en términos de producción estética, lo popular?

“Lo popular no se define por una esencia a priori, sino por las estrategias inestables, diversas, con que construyen sus posiciones los propios sectores subalternos, y también por el modo en que el folclorista y el antropólogo ponen en escena la cultura popular para el museo o la academia, los sociólogos y políticos para los partidos, los comunicólogos para los medios”. (Canclini, 2013:39).

En este pasaje, Nestor Garcia Canclini presenta a lo popular de dos modos muy distintos. Como (a) conjunto de estrategias y (b) como puesta en escena. En ambos casos se roza, pero también se elude, la explicación del fenómeno descripto. En el primero, se trata de un activismo proveniente de los propios “sectores subalternos” para fijar su posición en un mercado cultural; en el segundo caso, la puesta en escena aparece fabricada por ciertos especialistas (folkloristas, antropológicos, sociólogos, partidos políticos, comunicadores mediáticos o gestores culturales). Lo popular es en este caso una instancia pasiva, ingenua, siempre a punto de caer en la trampa de su propia escenificación. En una cruzada por liberar de esencialismos la noción de lo popular, se pasa fugazmente sobre la construcción de posiciones y se desplaza la noción de lo popular hacia la de los ya mencionados “sectores subalternos”.
No es un tema menor decidir si lo popular y lo subalterno son equivalentes. O si esa equivalencia es flexible o estricta. Y, de ser flexible, cómo queda definido el espacio dentro del cual pueden darse los desplazamientos. Lo que sí queda claro es que las dos caracterizaciones de lo popular que emergen en este caso son instrumentales, exteriores, aproximaciones de diseño provenientes de las ciencias sociales.
En la calle siempre se dice que lo popular “es un sentimiento”. Algo inexpresable, vinculado con la circulación de los afectos y por tanto profundamente antieconómico. Esta definición callejera no solo es más sincera, también es más precisa. Está enunciada desde un topos geo estético. Es también posible considerar tal descripción, con Kant, como una holgazanería intelectual. Pero aún en su vagancia indolente está completando, tal vez en un aspecto más significativo, las caracterizaciones anteriores. Más allá de la estrategia, de la autoconstrucción social y de la puesta en escena de la industria cultural, aparece la representación emotiva de una negatividad (Kusch, 2013:643). Un rechazo a la distancia analítica de la forma. Un decir “no” a su valor relativo, adoptando en cambio un valor en sí. Quien anteponga la escucha al discurso, encontrará aquí una declaración en primera persona de lo que significa “lo popular”. Una respuesta incomoda, escueta, anticientífica, enmarcada por dos abismales silencios[5].
Ahora bien, contra la exterioridad de lo “geo” persiste la interioridad activa de una espacialidad en tránsito. La actividad no consiste tanto en dibujar y borrar fronteras como en superponerlas y desplazarlas. Cada posición -siempre móvil- proyecta un territorio según su uso y necesidad. Esto es un problema para la gestión administrativa de lo político. Se trata de desprolijidades que conforman una estética de lo fallido, de lo monstruoso. Corresponde al paisaje postoccidental de aquello que no se deja administrar desde afuera.  Es el sustrato de lo “interno”. No tanto en su sentido espacial (como oposición a una exterioridad geopolítica) sino en su sentido de recuperación, de reintegración de una totalidad que ha sido previamente negada y desmembrada. La manía del análisis, la disección y el descuartizamiento forman parte tanto de las epistemologías como de las practicas moderno-coloniales, desde la corporalidad de los sujetos hasta la división militar de los territorios (Cosgrove, 2002). En torno a estas fragmentaciones (que desde los mitos andinos invocan una reunificación) se mueve también la experiencia de una alienación[6].
Lo que se echa en falta es la “reconstitución”, la completud psíquica que el pensamiento simbólico-seminal despliega en sus figuras. La pregunta es: ¿cómo se reintegra la subjetividad desde su extrañamiento y fragmentación, sin recluirse en universos mitológicos que retrotraigan a culturalismos esenciales ya perdidos o a utopías eternamente desplazadas hacia un futuro inalcanzable?
La reflexión situada desde América no puede soslayar su telón de fondo, horizonte siempre deformante, que es la presencia de la alteridad radical que se resiste y resistirá por siempre a ser disuelta. La presencia inextinguible de “lo indio”-como porosidad intertextual desarticulante- es lo que impide una clausura de la modernidad sobre si misma. Es lo que impide, además, que la alienación se reproduzca sin reacción, que la dispersión no exija -y verifique- episodios de contramovimiento y recuperación.
Las ciencias geográficas y antropológicas hablan desde hace tiempo de un giro espacial (spacial turn). La expresión apunta al abandono de la temporalidad histórica como modelo epistémico central. Historia implica linealidad, evolución, teleología. Implica además hacer entrar en la “cultura” todo aquello que era no-humano, subsumir en el significante lo que correspondía al significado. En la confrontación heideggeriana entre Tierra y Mundo (Heidegger, 2000:30-31) se escenifica con aguda perspicacia esta confrontación hermenéutica. La semiosfera humana es y ha sido siempre un medio de dominación y, como tal, un mecanismo de subjetivación. Otra forma más de segmentación política de la existencia. Los diferentes y variados historicismos pueden ser pensados así como último eslabón de una línea de producción ontológica. La irrupción de la espacialidad en tanto respuesta a esta supremacía de la temporalidad se manifiesta como fenómeno de dispersión y de con-vivencia en simultaneidad. Una espacialidad relacional, también anticipada por Heidegger en su trabajo El arte y el espacio (Heidegger, 2002) y en la conferencia Construir, habitar, pensar (Heidegger, 2001).
La espacialidad en tránsito en un mundo surcado por la tecnología impone una doble migración: el desplazamiento de los cuerpos que fragmenta el espacio social (globalizando las relaciones) y el desplazamiento del espacio social hacia el interior de los cuerpos (el “capitalismo molecular” de Deleuze-Guattari). A esta clase de espacialidad migrante le corresponde la forma de un pensar fronterizo. Un pensar que interpela a las prácticas infinitas de la identidad. Para que haya identidad, debe haber al mismo tiempo diferencia. La existencia actual se juega en torno a cómo se articulan los espacios de las convivencias transmodernas.



IV

Se ha señalado muchas veces la recuperación del interés por las identidades territoriales ante la nivelación globalizada del no-lugar. Pese a la contracción espacio-temporal y a la “aniquilación del espacio por el tiempo” (Harvey, 1990 y 1994) implicada en la globalización tecnológica, “seguimos actuando como una cultura territorializada” dice Joan Nogué (2010:125). Y en torno de estas territorializaciones se producen paisajes culturales, escenarios geoestéticos que trasladan sus contradicciones y conflictos más allá de límites y fronteras. Uno de ellos, no el único, es el conflicto entre lo local y lo global. En la era de lo trans-local, los desplazamientos de cuerpos y territorios producen una paisajística del devenir migrante.
Es en este contexto de interrogantes donde Doreen Massey (1991:113) se pregunta: “¿No es posible que un sentido del lugar sea progresista, que no esté encerrado en si mismo sino abierto al exterior?” Frente a las nociones “fixistas” que asocian un espacio con una comunidad o una identidad con un territorio, Massey propone pensar la dinámica del lugar como un “punto de encuentro”. Estos encuentros, según la autora, son siempre particulares y emergen como despliegue de itinerarios múltiples. Son espacios particulares (“lugares”) vividos de manera diversa por los grupos que conviven o se enfrentan en cada localización. Pero en tanto nodos de una red migratoria, son posiciones abiertas y porosas, con fronteras móviles y superpuestas.
El lugar se proyecta sobre la región, y esta se proyecta sobre los bloques regionales, que a su vez navegan en un meta-espacio global. Todos ellos constructos, productos políticos posteriores, encarnaciones vivas de la actividad operante sobre un suelo. Terreno propicio para mestizajes e intercambios, pero altamente inestable frente al reclamo de una (re)integración psíquica humana, de un retorno de la alienación que no implique sin embargo repliegue en la identidad.
Tal vez el arte, entendido como geopoética, sea, entre otras cosas, la dimensión sensible de ese tránsito en el que la humanidad migrante reclama un lugar de encuentro; un lugar que, si no fundante, sea al menos suficientemente estable como para permitir un desarrollo vital del sentido.




V

Lo que podemos mantener es la intención de descolonizar el pensamiento sobre cada una de las figuras que hacen a la comprensión estandarizada del arte: artista, obra, contemplación, recepción, participación, interacción, circulación, exhibición, institución y un largo etcétera. Lo cual se expresa en la pregunta sobre qué pasaría con todas estas figuras si no existieran los mercados de arte ni se inscribieran las prácticas en una condición neocolonial (cuya manifestación histórica es el tardocapitalismo global). Esta última condición ha heredado de la Modernidad la necesidad de mantener en todo momento la tensión extrema entre el ya aludido fixismo de la identidad y una dinámica de la mezcolanza. En el primer caso, la identidad sirve para visibilizar y definir un nicho de mercado. En el segundo caso, la movilidad permanente de grandes flujos humanos opera como una fuerza de producción desterritorializada. En otras palabras: el primer polo ordena el mercado de consumo y fabrica una cartografía la producción; el polo opuesto representa el espacio concedido a la “innovación”, es decir, a la producción de un valor diferenciado. Dentro del reino del Capital, todas las figuras del arte se retraducen en los personajes y la utilería del mercado y la sociedad de consumo.
Pero en el zigzagueante universo de las estrategias micropolíticas, la “cultura popular”, (multi-identitaria, migrante, hibrida, informe, políticamente sospechosa y antropológicamente dudosa), ejerce una actividad deconstructiva que podría reponer la idea de una “creatividad” no productivista[7].
Es posible depositar la fe en el espacio invisible de esta corriente vital, desfondante y a la vez fundante de una contracultura del devenir. Es lo que se experimenta al recorrer los laberinticos mercados al aire libre, en el Alto paceño o en la estación de Liniers o en las “villas” de Buenos Aires. Estas espacialidades barrocas, intrincadas, exuberantes en estímulos sensoriales, cargadas de energías seculares son un buen ejemplo de lo que Michel Foucault llamaba “heterotopias”: “esos espacios diferentes, esos otros lugares, esas impugnaciones míticas y reales del espacio en el que vivimos” (Foucault, 2008:1).
Las geopoéticas no se proyectan sobre un espacio vacío ni sobre una temporalidad histórica. No tienen lugar y no tienen futuro, eluden la hoja en blanco, el lienzo vacío o el silencio de la audiencia. De ese modo manifiestan la dimensión de “profundidad” que el capitalismo avanzado necesita negar para reproducir su eterna privatización de la existencia.
La muestra titulada GeoEstéticas (debio haber sido bautizada “GeoPoéticas”) presentada en el marco de la Jornada de Filosofía Intercultural (FFyL, UBA) en diciembre 2017, proponía un trayecto visual sin otro programa que el contacto con aspectos fragmentarios de una deriva poética y migrante. Una serie de fotografías sin referencia autoral, espacial o temporal recorre geografías, culturas y poéticas en desplazamiento. Encuentros, desencuentros, intercambios y conflictos muestran una Sudamérica geoestética, que atraviesa paisajes rurales o urbanos sin jerarquizaciones ni preceptos interpretativos. Trazas de identidades patagónicas, situaciones de resistencias isleñas, mercados plurinacionales, carnavales, carreteras, locales bailables, ventas callejeras, desalojos, huaynos y cumbias al unísono desplazándose por las fisuras de la cartografía oficial. La muestra incluía (incluye) un video que registra una clase de idioma quechua para hablantes de diferentes lenguas en una villa porteña, sin subtítulos ni traducciones. Apenas un texto-marco, producto de sucesivas adaptaciones y mixturas invitan a una experiencia de aproximación. El espacio de las distopías emergentes, frente al control sistémico.


GeoEsteticas (¿o geopoéticas?. Muestra fotográfica y video. Aspectos heterotópicos de la espacialidad migrante que van dejando huellas sensibles en sus desplazamientos y retornos. Fotografías de Josefina Navarro, Martin Bolaños y material de archivo. Diciembre 2017.
















Bibliografia

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[1] Sobre los diferentes significados de la interculturalidad y su abordaje por parte de una filosofía intercultural, véase Bonilla (2013), donde se opta por un sentido fuerte de interculturalidad siguiendo los lineamientos de la escuela de Aachen.
[2] En este escrito se hace referencia a la “negación” y “negatividad” en el sentido que le asigna Rodolfo Kusch (2013:643): “Ante todo, el concepto de negación es tomado aquí como una afirmación implícita de algo que hace al Otro pensante y que nuestras categorías no logran captar del todo. Es primordialmente una negación que no implica un cierre, sino una apertura. (…) . De ahí entonces la ubicación de una trampa lógica que opera en el pensamiento popular mediante un anti-discurso, a través del cual aquél logra constituirse existencialmente en su pura emocionalidad, lo que por su parte se concreta ya sea en valores, ya sea en un puro querer o en un puro pensar desde el corazón”.
[3] Véase Grimson (2008:50), donde, siguiendo a Hannerz, se critican tres supuestos de la multiculturalidad como “archipiélago”: “1. “Se tiende a considerar a los grupos humanos como unidades discretas clasificables en función de su  cultura  como  en  otras  épocas  lo  eran  en función de la raza;  2. Esa  clasificación  se  sustenta  en  el  supuesto  de  que  esas  unidades  tienen similitudes a su interior y diferencias con su exterior; 3. Esto permitiría diseñar un mapa de culturas o áreas culturales con fronteras claras. Es la idea del mundo como archipiélago de culturas”.

[4] Para una aclaración sobre “subjetividad” americana, véase Estermann (2006).
[5] Vease ACHA et al. (1991:88). Aun reconociendo que el vocablo “popular” es “teóricamente incierto e ideológicamente turbio”, se lo entiende en este texto en su sentido más amplio, como “posición asimétrica de ciertos sectores con relación a otros” (asimetría de carácter histórico y estructural) y destacando su potencial disruptivo. La carencia en la epistemología occidental de categorías que permitan pensar las formaciones sociales desde su interioridad propia es lo que lleva aquí a reivindicar el silencio como un elemento epistemológico provisorio pero valioso. Es consustancial al conocimiento el horizonte de ignorancia sin el cual éste no puede realizarse ni mucho menos medirse.
[6] Alienación y revolución son dos ideas persistentes en Kusch, aun cuando la “lógica pueril” del materialismo dialectico sea denunciada como mera exterioridad. Tal vez las palabras alienación y revolución respondan al lado externo de nuestras experiencias históricas de desmembramiento y reconstitución.
[7] La oposición entre producción y creación aparece también en Rodolfo Kusch (2012:21). Los rasgos característicos de una estética de la producción se concentran en la imitación de formas europeas, mientras que el lado de la creación, aún ausente pero gravitante, se vincula con la destrucción orgánica de las formas operante en la “fagocitación”.