domingo, 17 de junio de 2018

Ensayo. Poeticas Fantasmaticas Conurbanas


Poéticas Fantasmáticas Conurbanas

La riqueza acumulada solo tiene valor en el instante…
George Bataille, La Parte maldita.




I

Si el presente es siempre evocación de pasados ficcionales y anticipación de futuros posibles o imaginados, entonces no hay nada verdaderamente contemporáneo. No somos contemporáneos de nosotros mismos; el presente es sólo tragedia y colisión de las fuerzas de lo rememorado y lo anticipado. La actualidad se destruye en lo efímero y el saber se vacía en la reducción al mero canal, al mero formato de su naturaleza transactiva. La gravitación material de una experiencia queda en manos del poder de invención. Es el antiguo mandato de la biología prehistórica, ordenado en una lógica de existencia de inagotable mutación. Concentración de fuerzas semio-prácticas en un archivo, arsenal de guerra para un (a)salto sin lugar.
Para lo cual hace falta una corporeidad múltiple hecha de signos y de huesos en indiscernible complicidad. Complicidad que la gramática encadena en reducción identitaria, ilusión lingüística que engendra territorios de excepción en una ontología de lo incierto. La identidad-sustancia (o la cristalización del flujo) responde al deseo de estabilización de su incertidumbre; justifica así la disección de una “obra” fundante de su propio territorio, bajo amenaza del retorno, acción diferida[1] o residuo de la pulverización de aquella continuidad fijada con alfileres metafísicos.
Donde no hay sustancias sino devenir-sustancia, la ritualización es (imprescindible) promesa incumplida de estabilidad. Venerable decrepitud del arte que se denuncia a sí misma en ese movimiento de auto-burla cotidiana, que hace dudar no solo de su veracidad, sino sobre todo de su efectividad. Porque el arte solo produce efectos en un universo de mentiras. La veracidad determinada como contrafigura de ese acto de mentir, retorna siempre como tortura y hace del arte una obsesión morbosa. Obsesión innecesaria, desvarío de lo político, presencia trans-histórica sin proyecto y sin origen. Sacralidad de lo fortuito que invoca a lo indivisible y a sus senderos de acceso: afectos y perceptos. Invocación a una corporalidad significante auto-representada como centro de comunicaciones en un escenario de destrucción bélica. Escenario que recuerda que los nombres sólo hablan de instantes demorados en un movimiento perpetuo, y que las reglas con las que forman sentido son apenas tácticas efímeras para imaginar una cadena de producción sin productos ni mercado, sin sujeto y sin objeto, sin siquiera un para qué.
La invención de ese para qué es lo que sostiene el ritual. El salto del clavadista entre el deseo y la distancia. Una tarea de desmontaje sin sujeto y sin suelo enfrenta a los monstruos de la inconsistencia; o al menos, los caminos convergentes del nihilismo y del fanatismo. Nihilismo de la desazón depresiva o fanatismo del capricho hedonista. Ambos extavíos responden a una metafísica de la subjetividad vaciada, insensible a la evidencia del carácter social y compartido de su construcción perspectiva y de la tarea de invención. Como todo proceso de invención, éste trae a la existencia tanto a lo inventado como al inventor, a la vez que construye el espacio de sentido y sinsentido que arrastra consigo cualquier existencia nómade. Recaudo de transformar a la invención en otra mitología de la presencia. Nada surge en un multiverso vacío, ni en un sinsentido potencial. Lo que define a la invención es que ya está todo inventado. No existe espacio ni tiempo alguno a llenar con novedades, ni se trata de reemplazar piezas gastadas por otras sin estrenar. Lo único real es el poder, y ya está repartido y afirmado. Por lo cual ya no es poder, sino apenas usufructo y rapiña de comarcas heredadas. Los seres humanos poderosos son esclavos que perdieron hasta el beneficio de la reivindicación. Así, la libertad, en especial la libertad de invención, es apenas ilusa; un percepto sin noúmeno o una afección sin acción.
Artistas, filósofxs, poetas y otrxs seres inquietxs salen a cartonear en un basural colmado, transformándolo todo en enigma, tejiendo enigmas, o destejiendo enigmáticamente otros enigmas del desperdicio. ¿Arañas nietzscheanas entregadas a la gestión de lo inútil? Telaristas de naderías en un infierno borgeano desclasado? No. Todas estas son figuras muertas. Se trata más bien de liberar la duda que Descartes privatizó en nombre de una vocación imperial. El genio maligno desencadenado y suelto en el segundo cordón del conurbano, que deambula desde hace cien años revoleando la chatarra de la postcultura, muerto ya, aunque sin sepulcro.
Sospecha recurrente de que toda filosofía se resuelve en la acción. ¿Pero en qué acción? La acción es el punto ciego de la teoría, allí donde el pensamiento no puede ver. Poner en cuestión una pregunta, especialmente una pregunta por la actualidad. Acción y actualidad se niegan mutuamente debido al carácter escurridizo del presente. En ese lugar se sitúa el arte, un lugar de enunciación paratópico[2],.
¿Cómo hablar entonces sobre el arte? Si situarse “sobre” algo es ya enajenarse del mismo. La respuesta tal vez se halle en el acto de invención. La invención es siempre antidemocrática porque debe instituir el tiempo y el espacio en los que cobra sentido. En su gesto no es posible todavía compartir o distribuir el poder hermenéutico sobre lo sensible. Sin embargo, cuando no hay historia, cuando no hay secuencialidad en la narración -lo cual es propio de la invención como acto- no hay dos momentos sino uno solo: instituir y abrir un espacio de intercambio de sentidos, reparto de lo sensible. Violencia y donación. Tal vez sea este acto paratópico una acción de horadar. Una acción, no un gesto. Lo que diferencia al gesto del acto es que el gesto es idealista, pero el acto es material. La diferencia entre amenazar y lanzar la piedra. El gesto no horada ni la gramática del poder ni su montaje histórico. Pero el tránsito imprevisible del gesto a la acción, ese mesianismo de lo inventivo puede acertar, alguna vez, su blanco. Luego sobreviene otro azar, aún menos previsible que el primero: el de que ese acierto sea algo perdurable. La coraza de cualquier poder es una superficie abollada. Pero de proyectiles que aciertan y rebotan, como acciones que revierten en gestos. Los aciertos no son acumulables y sus heterogeneidades no se encolumnan hacia una resolución final.

Un método es un camino lleno de piedras; su condición no es el tránsito, puesto que cada paso es un tropiezo, sino la confirmación sacrificial de un saber ya obtenido. No puede haber una metodología del horadar, del plegamiento, del gesto o de la acción. En un horizonte de afecciones encarceladas en formato de “cultura”, todo se remite a sí mismo. Actuar en esa cámara asfixiante de relatos autocomplacientes se vuelve, inevitablemente, un método. Un método es también un prejuicio, un prejuicio moral, como diría Nietzsche. Su contrapartida es asumir el medio como un territorio existencial. Allí no hay cultura sino una barbarie recurrente. La barbarización de tener que vérselas con un deseo sin sujeto, transindividual, polisémico y protocultural.  ¿Qué se busca? Una libertad en tanto tiempo para sanar una herida, o mejor -ya que nada es sano en un mundo del que solo se sale muerto- para procesar (indefinidamente) un trauma. El arte de pivotear sobre una pregunta (pero sin respuesta).
La cultura es trabajada por la geografía, por el territorio existencial. En los ejemplos que se leerán en la segunda parte, esos territorios son los trayectos.  Kusch definió alguna vez a la espacialidad americana como un “enfrentamiento absoluto consigo mismo” [3]. Y distinguió con ello la experiencia de esta geografía sin mapas, asumida en su pathos agonal, de los artificios tecnológicos -teóricos o empíricos- con que se intenta medirla. Lo americano, dice Kusch en el mismo lugar, “entendido como un despiadado aquí y ahora”. Tiempo y espacio son despiadados en América, sin duda. Y América es algo que no puede contenerse en los mapas ni encerrarse en una disciplina científica. Simplemente esa impiedad describe -no define, ya que es indefinible- lo americano. Ante esto la cultura es apenas un domicilio provisorio o un refugio precario.


En ese refugio la trans-subjetivación desmonta la gramática del deseo. El desear gramaticalizado suele derivar bien en novela victoriana bien en pornografía. El deseo no tiene una narrativa: sus sensaciones desafían los sentidos del tiempo. La masividad de las imágenes y el archivo ponen en circulación una extraña falsificación de sueños. Memoria que no almacena recuerdos sino escenificaciones errantes de fantasías desplazadas: difusa autoría de los deseos globalizados, usurpación de corporalidades y sus espacios extensivos. La materialidad encarnada en las migraciones de la soledad. El tránsito inasible, la imposible estabilidad, la velocidad oscura del placer diferido. Recuerdos ciegos escenificados mediante universos públicos.
El impersonal que “no alcanza para constituirse en anonimato” (Blanchot) circula en la semiosfera del simulacro -esa versión paranoica de la antigua mimesis- como un demonio desencadenado que se desprende de sí mismo porque vive como una condena impuesta la serialización de lo íntimo. Y desde allí construye una estrategia de resistencia existencial[4]. No se trata de un abandono de la propia perspectiva, sino de un desmarcamiento del romanticismo metafísico del Yo. A decir de M. Foucault: “El arte de vivir consiste en matar la psicología, en crear consigo mismo y con los otros, individualidades, seres, relaciones, cualidades que no tienen nombre”[5].
A esto corresponden ciertas prácticas que no se visibilizan en el circuito cerrado de la multiculturalidad guionada. Prácticas que a falta de mejor nombre se llamará provisoriamente geopoéticas, sin indagar aquí en sus genealogías o derivas. Prácticas que no están institucionalizadas. No son ni geográficas ni estéticas. No son siquiera arte. Tal vez se las pueda describir como poéticas de una espacialidad sensitiva migrante (pero de una migración in situ). Este verdadero lado oscuro de la alteridad artística no necesita de instituciones culturales, quizás porque sea instituyente en sí misma. O porque su institución no es otra que la integración comunal de un cara a cara.  La actividad geo poética como “lugar donde la dimensión física de la estética traspasa cuerpos y espacio, transformándolos en el trazado ondulante de su naturaleza compartida” [6]. Prácticas dis-locativas que se saben conscientes de su posición invisible en el horizonte de control sistémico. Propuestas que se contraponen y entrecruzan con las lógicas de dominación. Su particularidad es pervivir en el terreno de la distopia del control.
Estetizar el mundo implica codificar sus manifestaciones, arrinconar en un espacio selectivo producciones, agentes y circuitos. Remitir el fenómeno singular a una narrativa previamente trazada. Narrativa que además es norma, criterio, medida y valor. Poéticas de apropiación del espacio y del tiempo que cuestiona el imperialismo del cronómetro y del mapa- impugnan el historicismo en el campo del arte y de sus prácticas fronterizas. La pregunta por el origen se desplaza hacia la pregunta por las condiciones y los modos en que se dan esas prácticas en un lugar. Recuperación del interés por las identidades territoriales ante la nivelación globalizada del no-lugar. Espacio donde Doreen Massey[7] se pregunta: “¿No es posible que un sentido del lugar sea progresista, que no esté encerrado en sí mismo sino abierto al exterior?” Dinámica del lugar como trayectoria de (des)encuentro zigzagueante. (Des)encuentro que emerge como despliegue de itinerarios múltiples. Espacios singulares, “lugares” vividos que, en tanto nodos de una red migratoria, son posiciones abiertas y porosas, con fronteras móviles y superpuestas. Terrenos altamente inestables frente al reclamo de una (re)integración psíquica humana, de un retorno de la alienación que no implique sin embargo repliegue en la identidad.




II
Tal vez el arte, entendido como geopoética, sea, entre otras cosas, la dimensión sensible de ese tránsito en el que una humanidad movediza reclama su lugar de (re)encuentro; un lugar que, si no fundante, sea al menos suficientemente estable como para permitir un desarrollo vital del sentido.
El conurbano bonaerense, sentido o pensado como escenario del desplazamiento, es rico en nodos de significación y de semiopraxis[8] poética. Entidades barriales, clubes de fomento, unidades básicas, bibliotecas populares, centros culturales y otras organizaciones de baja densidad estructural prosperaron durante las décadas de la posdictadura y se afianzaron durante la primavera que siguió al colapso institucional del 2001. La cultura barrial se abisma en diferentes niveles de activismo, desde el específicamente tumbero, hasta el relativamente “emergente”, potencial destinatario de alguna subvención honoraria bajo el lema inverosímil del “interés cultural”. Lo que importa aquí es la deriva de los talleres literarios que cultivan la poesía de los barrios y la materializan en ediciones aleatorias de encuadernado casero y de orgullo territorial. No se tematizan aquí otredades vinculadas por el territorio, la clase o las invenciones historizadas. La cultura tumbera sobredetermina sus producciones, del mismo modo como lo hace la cultura colifata, o las infinitas “subculturas” de la música, sobredeterminadas estas por la industria cultural, victimas sospechadas de un invisible dirigismo de las radios. Si bien las fronteras son porosas, el foco está puesto en la literatura no editorializada, pero sí “tallerificada”, en los encuentros de poetas de un área urbana en permanente desguace.
En los partidos de Morón, Merlo o Banfield, las geografías de la dispersión[9] son continuamente transitadas, atravesadas, sufridas o celebradas por legiones de poéticas fantasmáticas que bien pueden llamarse poéticas transhumantes de la invisibilidad. No porque sean siempre móviles ni imperceptibles, sino porque construyen sus territorios de existencia desde el viaje en tren o colectivo, o desde el caminar inseguro a través de la noche policial (“ibant obscurii sub nocte per umbram”, anota Borges evocando a Virgilio). La movilidad es una nota recurrente, pero la invisibilidad procede del propio hacer poesía, sin cobijo editorial. La palabra no dicha, solo escrita, se mueve entre el ser y el no ser, porque nadie puede verla, es negación intencional de la exhibición del grafitti, el esténcil o la pegatina, formas de arte que tienen de algún modo asegurada su improvisada vidriera callejera, una fijación material.
Pero la poesía fantasmal se despliega más allá de una intervención en el paredón o el puente, aquella poesía que se extiende cual rizoma de un trazado ferroviario, anida en el papel y viaja junto al pasajero-poeta en su metafórico inframundo que aúna lo urbano y lo rural.
La poesía habita el tercer espacio, el de lo invisible, lo portátil, lo sonoro que no es música, lo literario que no entra en un libro corpóreo y ortogonal, apenas un cosido de fotocopias y cartón, que no es tampoco fanzine, porque intenciona el libro que no quiere fraguar. El entorno desmembrado de los arrabales, donde se llega tambaleante a la madrugada con épica de supervivencia etílica, la hora incierta del bajarse del tren vacío, el cuaderno arrugado en la mochila y la birome explotada de tinta azul, un desangre que puede reivindicarse en el papel.
Se han elegido en este caso tres objetos literarios[10], vehículos de versos que no llegan a ser libros, pero tampoco son revistas ni fanzines. Son vendidos en librerías, pero también en mesas de feria montadas sobre caballetes. No tienen lomo, pero pueden ser llevados incluso a la cama. Están ilustrados, a veces por manos anónimas, otras por nombres evanescentes, y esbozan cierta intención de diseño, aunque sin voluntad de acabado.  Anidan en bibliotecas populares y en otras privadas a las que los ha arrastrado el azar.
Emergen de sus topografías móviles algunos tropos, a partir de los cuales se intentará un torpe esbozo de categoría efímera. Se los nombra en su contexto como figuras “recurrentes” o “invariantes”, ya que se repiten en diferentes poetas y poetizas barriales, retornando como marcas obsesivas que mapean un territorio poético identificable por mas que incierto. La zanja, el barro, el viaje en transporte público, el mar, el acecho del peligro en la caminata trans-nocturna, la herida social, o la celebración de lo local como fagocitación del espacio son algunos ejemplos. También recurren los infaltables perros, el pis y el excremento, el encuentro del sexo que sobrevuela con necesidad de abeja y el romance sin edulcorante pero con perspectiva de postal.
Se las llama aquí también poéticas fantasmáticas, porque como los espectros de Marx, vagan en un entretiempo ambiguo, viajan en tren, remis o colectivo arrastrando instancias pasadas encapsuladas en memorias con cuerpo, pero instaladas en un presente de goznes quebrados. No hay nostalgia ni melancolía, sino una certera puntería sobre lo concreto del hallazgo en el cronotopo pautado del municipio.
El poeta Gabriel Ali León escribe en un poemario (que no tiene título), al llegar desde su noche personal: “mi reflejo borroso/ mirando el mundo desde una zanja”. Esta mirada inversa a la teoría, afirma el lugar de su enunciación pero también instaura cierta resonancia de lo sublime desparramado en su lodazal de existencia.  Y en un poema titulado “Culo en Merlo”, describe la trayectoria vertiginosa de esa supervivencia fugaz: “Me quiero ir de mi/pero son las 5 de la mañana/y cuando por fin pasa el único bondi que me aleja/me doy cuenta que no tengo SUBE”. No se trata de la humorada simplona del perdedor autocomplaciente. Hay residuos de existencialismo argento en las aguas servidas de las banquinas que reflejan la parada de poste sin referencia adicional. La muerte acompaña al transeúnte porque el escenario está lleno de chorros con y sin uniforme. Gabriel Ali León se acuerda de eso cuando habla de armas: “… tendría un revolver manoteado de algún muerto/pero las balas no pueden matar a las boludeces/ sólo a los boludos”. Este poeta es abogado y recupera su profesión en jerga para zurcir, tal vez, su territorio biográfico desde la pluma errática: “amparo es una figura legal/ que utilicé para frenar las cataratas de mierda/inmunes al poder de la razón y fuerza”. La noche omnipresente entra en plano cuando el conurbano construye su semiótica: es inevitable. Las horas del día marcan un ritmo que acompaña el peregrinar.
Esto es común a las poéticas fantasmales. Dice León en “El mundo visto desde una zanja”: “los colores de noche no se ven/ los códigos y los lenguajes/se fagocitan y se cagan a sí mismos”. Semiótica autodigestiva de inequívoca resaca literaria, que a su vez invoca otra recurrencia de esta segunda sección electoral: la incidencia de los medios de comunicación, en especial el cine: porque la poética es ahora transmediatica y ha fagocitado a la tecnocomunicación de las redes sociales: “VENGO DEL FUTURO/ A TRAERLES LOS SPOILERS/en esta serie que llamamos Argentina/ los próximos capítulos van a ser ultra dramáticos”. Escrito en el año 2016, este poema que titula “El copyright del futuro” articula temporalidades de una historia política que se hunde como cadena de hierro en el abismo neoliberal: “el departamento de marketing de la policía/ decide cambiar todos los uniformes/por trajes de power rangers/ARCOIRIS DE REPRESION”.
Si hay algo que no puede predicarse de estas poéticas es el surrealismo. No hay, salvo excepciones, celebración de lo onírico o de lo trasmundano. Al contrario, impera el principio geográfico de realidad. Una lucidez de vigilia que acompaña a la fantasmática conurbana en sus derivas inciertas, aun en sus peores confesiones tóxicas: “Como me pueden importar más las cosas/ si me falta la mitad del cuerpo/y está cayendo conmigo/a través de los cielos de Merlo?” (Culo en Merlo) Y al final del poema “Panteras”, el poeta concluye, sin eufemismos: “voy a caer”.
El libro “plenamente libre e independiente” de Javier Mascaro, con dibujos punk de Nicolás Masllorens, “Chumbando”, declara en su inicio que “…los del copyrigh y los del depósito ese que marca la ley, se van a cagar”. El poeta se adentra en su territorio barrial, “donde las medianeras son de alambre/Donde los perros chumban, no ladran/ y el fulbo se juega sin red” (“Rincones”). Los animales deambulantes en las veredas sin límites precisos son tópicos certeros, porque de alguna manera manifiestan el endemoniado deambular de las poéticas sin cronometro, otras tantas entidades inventivas que siempre están. “Un perro pisa caca de perro/van con otros dos perros más grandotes/Pasa una persona en moto y se enojan/Pasa un hombre feo en bici y no dicen nada/Paran en un árbol/Uno se rasca/el otro mea” (“Paseo por el barrio”). La sinceridad perruna es un valor clave en la axiología de la poética conurbana. Mean los perros en el árbol como mean las personas detrás de los tachos de basura. El meadero es instituyente del paisaje de la dispersión. Pone a prueba el puritanismo de la ofensa fácil del fascista higiénico y absuelve al cómplice que se identifique en la urgencia. El ingreso a la popular en cualquier estadio es a través de una cascada de pis, cuando no de vomito y de cerveza. Hay en el mismo libro un poema en prosa titulado “Clima” en el que la escatología nacional adquiere rasgos íntimos: “Cuando cagás a altas horas de la noche/es satisfactorio el goteo tímido de alguna canilla, como así también, una ventana que propicie el criquear de los grillos”.
El hedor de América se manifiesta festivo y soez, enarbolando el enigma irreverente de la nación argentina. Sombra terrible de una noche sin aurora que a veces intima en la desazón de una tristeza personal. Dice el poeta: “Remisero que te arroja en tu casa/la noche más triste de tu vida”.  La figura del remisero es otra recurrencia. En el conurbano transnocturno no hay taxis. Hay remis. Un Caronte de alquiler que salva distancias oscuras, de negruras opacas y concretas, sin detenerse en los semáforos: “La noche más terrible de tu vida termina en un reanult 18 azul sin VTV” (“De esos adolescentes finales”). En el poema titulado “Parejas” el autor encara otro invariante de la poética fantasmal, que estructura el conurbano como escenario y tránsito del dolor: la marca de clase. No hay declamación de confrontación épica pero sí señalamiento de un ethos micropolítico: no pasa desapercibido aquello que no se nombra en el olimpo cultural: “En Belgrano una pareja como sushi/ y se da unos piquitos alternadamente/En San Martin una pareja come un sanguche de milanesa/en la estación/ y se besan en las pausas/En barrio Loma Grande una pareja no come”.  Y una vez más, la violencia, agazapada como la sombra del caminante en el muro, se revela sutilmente no tanto como denuncia sino como transitoria reflexión: “Detrás de cada persona asesinada/hay otras personas que trabajan fabricando armas/para asesinar personas” (“Cómplices”).
Las experiencias colectivas de invención poética abrevan en diferentes formatos performativos, entre ellos las peñas literarias donde las palabras se recitan entre vino, empanadas, música, baile y lecturas performativas. En Merlo Norte, el espacio de fomento El Laprida, con su biblioteca popular Beatriz Urondo, organiza encuentros fantasmáticos conurbanos llamados Encuentros de la Palabra. Una heteroglosia[11] que construye la voz colectiva barrial y que cristaliza en la publicación “Orgía” (German Amato, Facundo Kishimoto), cuyo nombre se (des)dibuja en la tapa con caracteres de grafitti de hip-hop. El territorio en esta fantasmática es más disperso. Conviven poetas consagrados con activistas de género, músicos-poetas de “tierra adentro”, actores-actrices, y artistas visuales. El rejunte se autopresenta como “una amalgama de quilombos”, una “humilde cuadra de gente que dejo de mirar el espejo trucho del acelere virtual”.
Este semblante polifónico abre una nueva topología de la dispersión. Un “cuestionario del diablo” habilita a las voces a transitar ese espacio. Cuestionario confesional donde las voces declaran sus trampas en los juegos infantiles, sus fracasos en avances sexuales, eventos ocurridos durante viajes en transporte público (otro invariante) y sus recetas improvisadas a pura ignorancia culinaria. Los registros de estas topografías de la dispersión son a veces personales pero en la vigilia eterna de sus devenires archivan datos precisos de una memoria histórica en permanente retorno: “En la época de Duhalde”, responde Walter Lezcano en su cuestionario del diablo “en Rafael Calzada para hacer las razias utilizaban los colectivos en vez de patrulleros. Fue duro ir a la comisaria por averiguación de antecedentes en una línea de colectivos que usaba casi todos los días. Siniestro”.
El mismo poeta habla con insistencia de la lluvia en las chapas y en las zanjas, del “barro monstruoso” y de una estética de lo raído, de aquello “que no dice quién sos pero si de donde venis” (“Servicio Meteorológico”). La poetisa Talata Rodriguez habla también desde su vivencia del mundo pluvial en “Rana sobre Piedra” y visita el tópico de las vacaciones en la costa en su poema “Vietnam”: “Luego de cambiar de forma/me detengo frente a su escondite/ un animal hecho con caracoles, “recuerdo de Miramar”. Escenarios postales que en el mismo poema se integran en un universo psicológico de emociones concretas: “El odio es un sentimiento fiel;/no tiene pliegues”.
Están también presentes las voces heridas del dúo poético Daniela de Felite y Julia Kornberg, quienes escriben-recitan “´Que harías si te violan? Callarte o escribir un poema?”.  Obra de relación oral, que su traducción tipográfica alterna con negritas y cursivas la voz de cada lectora (“En negrita lee Daniela/ en cursiva lee Julia”): “Lo sutil no es decirte/te re quiero coger/ sino darte a entender/ que te lo merecés”. Y la reaparición del tópico del peligro conurbano en el transitar nocturno: “Y acelerás cada vez más el paso porque sabés que podés dejarte todo lo que sos en el asfalto”. Entre dibujos e ilustraciónes de los artistas Mario Rosa y Pancho Pepe, de impronta fancinezca, emerge también la narración de Mana Bugallo, celebrando un lugar corporal de enunciación prístina: “Mujeres heterosexuales, novias y esposas del mundo, no tienen nada que temer: yo he navegado por estos mares, yo he trazado los límites de la heteronorma, yo soy el perito moreno del amor, yo soy el glaciar, mi mañana del día después de la confirmación de su relación”.
Como registro de peña barrial, -geografías que incluyen una cancha de bochas elegida para un “sitio especifico” poético-performativo (poema “Los Bochudos” de Sofia Lino y German Amato), esta desconcertante publicación busca una vez más el formato de libro-revista, siguiendo el recurrente sendero de eludir tanto al libro como a la revista o al fanzine. Una terceridad indefinida que construye su identidad desde la ya mencionada dispersión del tránsito barrial de las periferias urbanas que arman y desarman sin descanso su débil voluntad de centro.
Los desplazamientos topográficos pueden graficarse cartesianamente: circulación entre el conurbano y la capital, derivas entre localidades cercanas y lejanas de lo periférico, excursiones a lugares de liberación vacacional (casi siempre la costa atlántica) y excepcionales traslados a destinos provinciales. Resuena por su ausencia la dimensión vertical “ascenso-descenso” social. No se deja hablar a la burguesía. No se invoca la autoridad de lo extranjero. La localidad fagocita toda dimensión de espacio.
Pero hay siempre un tercer recorrido, el que transita entre la geografía municipal y la topología del deseo, fotografiado en recuerdos de experiencias personales que ya se han visto recurrir en las voces citadas. El traslado temporal entre el presente y la memoria, como continuidades de un mismo territorio. Mana Bugallo anota su primer viaje de niña a las playas (siempre la playa) de Brasil, cuando preguntaba “¿papa, algún día se van a acabar las olas?” Y la reducción conceptual a un cuerpo que implica el contacto infantil con las aguas primordiales: “…metida en esa hermosa mugre compartida, sumergida en ese océano que me tocaba toda y no me preguntaba nada…” Por su parte Facundo Kishimoto reconstruye una historia de amor ferroviario en el trayecto Padua-Once, recopilando eventos fugaces en cada estación (Moron, Ramos Mejia, Liniers). La cartografía de los afectos escenificada una vez más en la fugaz aleatoriedad del tránsito.
También en estos trayectos de topografía continua, Mariana Ambar elabora su extensión sentimental ante sucesos públicos cotidianos, atravesada por la herida de la injusticia social: “Hay un vendedor que es el más mala onda de todos, si no le aceptas lo que vende o no le compras te dice algo como por ejemplo -¿de verdad no querés?  Y… con esa cara nadie le compra, encima el tipo vende mantecol, nadie quiere comprar eso porque está demasiado ofertado, como todo, cuando sobra parece que el deseo decae” (El Tren, Mariana Ambar).
El poemario de Mariana Ambar[12] no está inscripto en el papel, La poetisa declara sus dudas al respecto y espera paciente el momento de decantación. El universo de las poéticas cibernautas es un problema a resolver. La liquidez del medio desterritorializa y la vuelve enemiga de la solidez asfáltica exigida por la conurbanidad. Y al mismo tiempo, construye un territorio superpuesto e imbricado con la materia contundente del cuerpo frotado en el hormigón. Los mensajes de wasap entre adolescentes, sus exhibiciones liberadas de sexualidad explicita, publica, colegial, están clavados en la geografía dispersa, son materiales, físicos, pornográficos, aun en su circulación abstracta dentro del inconciente colectivo digital.
¿Otro desplazamiento en un continuo espacial que fagocita las fronteras entre una res extensa geográfica y una res ¿pensante? que articula la inconciencia colectiva del deseo que fluye (des)dibujando una hipertopografía de la periferia? ¿Qué tipo de vínculo reconecta a internet con el territorio?


[1] Foster, Hal (2001) El retorno de lo real, Akal, Madrid.
[2] Maingueneau, D. L'énonciation philosophique comme institution discursive. In: Langages, 29 année, n°119,
1995. L'analyse du discours philosophique. pp. 40-62 tr. Alcira B. Bonilla.
[3] Kusch, R.G. (1976) Geocultura del Hombre Americano, Fernando García Cambeiro, Buenos Aires.
[4] Bordeleau, E. (2018) Foucault Anonimato, Cactus, Buenos Aires.
[5] Foucault, M. (1982) Dit et Ecrits II, Gallimard, Paris.
[6] Cabeza Umaña, J. (2017) Geo -estéticas utópicas en el desierto distópico, Red de estudios visuales latinoamericanos.
[7] Massey, D (1991) Un sentido global del lugar, ed. Icaria, Espacios Críticos.

[8] Grosso, J.L. (2007) “Las relaciones interculturales en la ciudadanía y la ciudadanía en las relaciones inteculturales. Fenomenologia histórica de una modernidad social”, en Ciudadanía y Cultura, Jorge Enrique Gonzalez (editor), Bogotá, Tercer Mundo Editores.
[9] Nogue, J, (2007) La construcción social del paisaje, Biblioteca Nueva, Madrid.

[10] Leon, Ariel Ali (2016) Espacio Asterisco, Banfield.  Mascaro, Javier (2011) Chumbando, ed. Del Re(F)alon edyziones y AAVV (2015) Orgía, Fiesta, Encuentro de la palabra, Merlo Norte, Conurbano.
[11] Bajtin, M. Estética de la creación verbal, Siglo Veintinuo, México.
[12] https://marianaambar.wordpress.com